viernes 6  de  noviembre 2026
VENEZUELA

Erasmo José Bolívar: 23 años de prisión y una vida que nadie podrá devolverle

Después de más de dos décadas en prisión, el expolicía venezolano recuperó la libertad. A los 51 años, debe reconstruir una vida que quedó suspendida cuando tenía 27

Por Antonieta Jurado

Publicado en El Nacional y reproducido por Diario Las Américas

CARACAS.- Hay libertades que llegan con una alegría difícil de explicar y, al mismo tiempo, con una tristeza que no desaparece al cruzar la puerta de una prisión. Salir de la cárcel significa recuperar el derecho a caminar sin barrotes, a mirar el cielo sin que una reja lo fragmente, a decidir a dónde ir y a sentir que la vida vuelve a pertenecernos. Pero también significa enfrentarse a una pregunta para la que no existe una respuesta sencilla: ¿cómo se recupera el tiempo que se ha perdido? Erasmo José Bolívar conoce el peso de esa pregunta.

Nació en La Guaira, en 1975, en el seno de una familia humilde y trabajadora. En el año 2000 ingresó en la Policía Metropolitana de Caracas, donde, según los antecedentes biográficos disponibles, también desempeñaba funciones como paramédico. Tenía entonces la edad y las expectativas de tantos hombres jóvenes que comienzan a construir su futuro, convencidos de que los años que vienen estarán llenos de oportunidades, proyectos y decisiones propias.

Para Erasmo José Bolívar el curso de su vida cambió en abril de 2002, durante uno de los episodios más dramáticos de la historia política contemporánea de Venezuela. El día 11 de abril, mientras se producían los acontecimientos que conmocionaron al país, se encontraba prestando servicios en una ambulancia y auxiliando a personas heridas, de acuerdo con la reconstrucción de su historia.

El 19 de abril de 2003 fue detenido. En 2009 recibió una condena de 30 años de prisión por su vinculación con los hechos de abril de 2002, en un proceso que fue objeto de cuestionamientos y denuncias por parte de sectores vinculados a la defensa de los derechos humanos.

Tenía apenas 27 años.

A esa edad, la vida suele estar todavía llena de primeras veces: los proyectos que empiezan a tomar forma, las decisiones que definen una carrera, los hijos que crecen, las amistades que se consolidan, los padres que envejecen y los sueños que todavía parecen posibles. Para Erasmo Bolívar, aquellos años que debían ser de construcción personal transcurrieron tras las paredes de distintos centros penitenciarios venezolanos, entre ellos Ramo Verde y la cárcel de Fénix, en el estado Lara.

Veintitrés años son mucho más que una cifra. Son una parte entera de la vida.

Son miles de mañanas en las que el mundo sigue avanzando mientras alguien permanece encerrado. Son cumpleaños celebrados a distancia, conversaciones que no pudieron tener lugar, abrazos postergados y acontecimientos familiares en los que una silla permanece vacía. Son también los cambios de un país, las transformaciones de una ciudad y el crecimiento de unos hijos que, mientras su padre estaba preso, fueron dejando atrás la infancia.

Hay algo especialmente doloroso en el tiempo que transcurre lejos de los hijos. La infancia no espera. Tampoco la adolescencia ni el paso a la edad adulta. Cada etapa llega una sola vez y deja recuerdos que se construyen con la presencia cotidiana: acompañar a un niño en sus primeros pasos, escuchar sus preocupaciones, ayudarlo con sus dificultades, celebrar sus logros o simplemente estar allí cuando necesita a su padre.

Ninguna sentencia puede devolverle esas escenas.

No sabemos qué conversaciones quedaron pendientes ni cuántos momentos familiares tendrá ahora que descubrir a través de fotografías y recuerdos ajenos. Pero sabemos que el tiempo de la prisión no fue solamente tiempo perdido para quien permaneció tras las rejas. También fue tiempo que transcurrió en la vida de quienes lo esperaban fuera.

Y esa es una de las dimensiones más profundas del encarcelamiento: sus consecuencias no terminan en la persona privada de libertad. Se extienden a las familias, modifican sus rutinas, alteran sus planes y las obligan a aprender a vivir con una ausencia que puede durar años.

Cuando la espera también se convierte en una condena

En la cárcel, el tiempo adquiere otra dimensión. Los días pasan, los meses se acumulan y los años terminan convirtiéndose en una parte demasiado grande de la vida. Al principio, quizás, se espera una audiencia, una decisión judicial, una oportunidad para demostrar la propia versión de los hechos. Se cuentan los días y se alimenta la esperanza de que pronto habrá noticias. Pero, ¿qué sucede cuando el tiempo transcurre y no llega la audiencia? ¿Cuando no hay un juicio a la vista ni una fecha que permita imaginar el final del encierro?

La espera comienza entonces a pesar de otra manera.

Los proyectos que parecían posibles se aplazan. Los sueños pierden nitidez. La incertidumbre se instala en la rutina y el desánimo puede abrirse paso entre las paredes de la celda. No es solamente la privación de libertad: es vivir sin saber cuándo podrá terminar, sin poder organizar el futuro y sin tener la certeza de que el próximo mes traerá una respuesta distinta.

Para quien permanece encarcelado durante años, la ausencia de noticias puede convertirse en una fuente cotidiana de angustia. Cada día parece repetir al anterior. La vida transcurre afuera, pero dentro de la prisión el horizonte continúa siendo el mismo. Y mientras el calendario avanza, la pregunta vuelve una y otra vez: ¿hasta cuándo?

¿Cómo se sostiene una persona en esas circunstancias? ¿De dónde obtiene fuerzas cuando la esperanza empieza a desgastarse?

Quizás una de las respuestas se encuentre en saber que alguien la espera. Que, más allá de los muros, hay una familia que no la ha borrado de su vida, personas que preguntan por ella, que recuerdan su nombre y que conservan un lugar para su regreso. Saber que se sigue siendo hijo, padre, hermano o amigo puede convertirse en un vínculo con el mundo exterior, una razón para resistir cuando resulta difícil encontrar otra.

Pero ese vínculo también puede doler. Porque saber que los hijos crecen, que los padres envejecen y que la familia atraviesa momentos que uno no puede compartir hace más visible todo aquello que el encierro arrebata. El amor sostiene, pero no elimina la ausencia. La esperanza ayuda a resistir, pero no consigue detener el paso del tiempo.

¿Cómo borrar ese dolor? No hay una respuesta sencilla. Quizás tampoco sea posible borrarlo. Lo que una persona puede intentar es encontrar maneras de convivir con él sin permitir que ocupe cada rincón de su existencia.

Ayudar a otros para no quedar atrapado en la espera

En la historia de Erasmo José Bolívar hay un aspecto que merece atención: su disposición a ayudar a otros detenidos mediante labores de servicio social dentro del entorno penitenciario, según los antecedentes disponibles. Esa faceta permite explorar una dimensión distinta de su vida: la posibilidad de encontrar un propósito incluso en medio de la adversidad.

Ayudar a otro preso, acompañarlo en una dificultad o dedicar tiempo a una tarea útil puede parecer poca cosa frente a una condena de décadas. Sin embargo, dentro de una prisión, esas acciones pueden adquirir un significado especial. Permiten dirigir la atención hacia alguien más, sentir que todavía se puede contribuir a algo y recordar que la identidad de una persona no tiene por qué quedar reducida a su condición de encarcelada.

La ocupación también importa. Tener una responsabilidad, una actividad o una tarea que cumplir puede ayudar a estructurar el día y a desplazar, aunque sea por momentos, la atención de la incertidumbre permanente. La mente encuentra otro foco: algo que hacer, alguien a quien ayudar, una tarea que terminar. No desaparece la angustia ni se resuelve la incertidumbre judicial, pero el día deja de ser únicamente una sucesión de horas dedicadas a esperar una audiencia que no llega.

En ocasiones, ocuparse de los demás es también una manera de protegerse a uno mismo. No porque el sufrimiento desaparezca, sino porque la posibilidad de ser útil devuelve una pequeña parcela de sentido a una existencia sometida a numerosas limitaciones.

Si la vocación de servicio estuvo presente antes de su encarcelamiento, en su trabajo policial y en las funciones de asistencia que se le atribuyen, la ayuda a otros detenidos podría revelar una continuidad entre el hombre que fue y el que intentó seguir siendo dentro de la prisión. Es una línea humana de su historia que merece ser contada con cuidado, sin atribuirle pensamientos o palabras que no haya expresado públicamente.

Porque incluso cuando una persona pierde el control sobre casi todos los aspectos de su vida, todavía puede buscar una manera de relacionarse con los demás, de ofrecer algo y de preservar una parte de sí misma.

Nada de esto devuelve los años perdidos. Tampoco sustituye el derecho a un proceso judicial con las debidas garantías ni justifica que una persona permanezca indefinidamente sometida a la incertidumbre. La solidaridad entre presos no debería convertirse en una forma de compensar las carencias del sistema penitenciario, ni la fortaleza individual puede servir de excusa para prolongar una situación sin respuestas.

Pero sí nos recuerda algo esencial: aun en las circunstancias más difíciles, las personas necesitan encontrar un motivo para levantarse cada mañana.

Para algunos será una carta de la familia. Para otros, una llamada, una visita o la esperanza de volver a abrazar a sus hijos. Para otros, la posibilidad de ayudar a quien atraviesa una situación todavía más difícil. A veces, la razón para continuar no es una gran promesa de futuro, sino una pequeña tarea que permite atravesar el día.

Y así, entre la espera y la incertidumbre, entre el dolor de lo que se pierde y la necesidad de seguir adelante, transcurre una parte de la vida de quienes permanecen encarcelados durante años.

La libertad y el desafío de volver a empezar

El 19 de mayo de 2026, Erasmo José Bolívar recuperó su libertad mediante una medida humanitaria. Habían transcurrido más de dos décadas desde su detención. A los 51 años de edad, el hombre que salió de prisión ya no era el joven que había ingresado en ella.

El mundo tampoco era el mismo.

La tecnología había transformado las comunicaciones, las ciudades habían cambiado y muchas de las personas que formaban parte de su vida habían envejecido. Sus hijos habían crecido durante los años en los que él no pudo acompañarlos como habría querido. El país que encontraba era distinto del que había conocido en su juventud.

Para quien ha vivido tanto tiempo bajo las restricciones de una prisión, recuperar la libertad implica mucho más que abandonar una celda. Significa volver a enfrentarse a decisiones que otros toman diariamente sin pensarlo demasiado: organizar el propio tiempo, desplazarse, recuperar relaciones, encontrar un lugar en una sociedad que ha seguido adelante y comenzar a construir una rutina propia.

También significa descubrir que la libertad exterior no elimina automáticamente las consecuencias de tantos años de encierro.

Hay experiencias que no se borran con una excarcelación. Hay ausencias que necesitan tiempo para ser comprendidas y relaciones que deben encontrar una nueva forma de encontrarse. La vida familiar no puede reanudarse exactamente en el punto en que quedó interrumpida, porque las personas cambian, maduran y aprenden a vivir durante la separación.

Volver a empezar, por tanto, no consiste en regresar al pasado. Consiste en intentar construir un futuro con lo que queda, con los vínculos que sobrevivieron, con las oportunidades que todavía existen y con la paciencia necesaria para aceptar que algunas cosas ya no podrán ser como antes.

A los 51 años, Bolívar tiene por delante esa tarea. No se trata de exigirle que recupere de inmediato el tiempo perdido ni de convertir su libertad en una historia de superación con un final sencillo. Se trata de reconocer la dificultad de reconstruir una existencia después de que más de dos décadas de ella hayan transcurrido bajo custodia del Estado.

Su excarcelación no equivale, por sí sola, a la anulación de su condena. Las condiciones judiciales impuestas tras su salida también forman parte de su nueva realidad y deben considerarse al describir el alcance de su libertad.

Lo que el tiempo no devuelve

A menudo, cuando una persona sale de prisión, la noticia se cuenta en términos de fechas: el día de la detención, los años de condena, la fecha de excarcelación. Son datos necesarios, pero no bastan para comprender lo que significa una vida atravesada por el encierro.

Las estadísticas no muestran la cantidad de veces que alguien imaginó el momento de volver a casa. Tampoco registran las conversaciones que se ensayaron mentalmente, los abrazos que se esperaron durante años ni la incertidumbre de preguntarse si, al recuperar la libertad, todo seguirá estando en su lugar.

Nadie puede devolverle a Erasmo José Bolívar los años que pasó en prisión. Nadie puede entregarle de nuevo los 27 años con los que entró en aquella etapa de su vida, ni repetirle la infancia de sus hijos, ni hacer que los días transcurridos vuelvan a estar disponibles para él.

El tiempo no funciona así. No admite restituciones.

Por eso, la reflexión que deja su historia va más allá de un nombre o de un caso judicial. Nos obliga a pensar en el valor de la libertad, en la responsabilidad que tiene el Estado cuando priva a una persona de ella y en la necesidad de que los procesos judiciales respeten plenamente las garantías que protegen a todos los ciudadanos.

La prisión no debe convertirse en una condena que se extienda, de manera silenciosa, sobre cada aspecto de la existencia de una persona y de su familia. Y cuando una detención prolongada está rodeada de controversias sobre el proceso que la originó, la obligación de examinar los hechos, las pruebas y las garantías judiciales adquiere una importancia todavía mayor.

Pero esta historia también nos habla de algo íntimo, algo que cualquiera puede comprender sin necesidad de conocer los detalles de la política venezolana: la fragilidad del tiempo que tenemos para estar con quienes amamos.

Damos por sentado que habrá otra Navidad, otro cumpleaños, otra conversación, otra oportunidad para visitar a nuestros padres o acompañar a nuestros hijos. Pensamos que siempre habrá tiempo para reparar una distancia o recuperar una relación. Sin embargo, la vida demuestra que no todos los momentos regresan y que algunas ausencias dejan marcas que ni los años ni las circunstancias pueden borrar por completo.

La historia de Bolívar invita a mirar de otra manera esas cosas que parecen pequeñas mientras forman parte de nuestra rutina: compartir una comida, escuchar a un hijo, caminar por una calle conocida, visitar a un amigo o llegar a casa sin tener que pedir permiso.

Para algunos, son gestos cotidianos. Para quien ha pasado 23 años privado de libertad, pueden representar una parte esencial de aquello que significa volver a vivir.

Una vida que todavía tiene futuro

El desafío de Erasmo José Bolívar no termina con su salida de la cárcel. Quizás comienza allí una etapa para la que no existen instrucciones ni garantías. Tendrá que reencontrarse con su entorno, reconstruir espacios familiares y descubrir qué lugar puede ocupar en una sociedad que ha cambiado mientras él permanecía encerrado.

No sabemos cómo será ese camino ni cuánto tiempo necesitará. Tampoco sería justo exigirle que transforme de inmediato el sufrimiento en fortaleza o que encuentre una explicación para todos los años que perdió.

Volver a empezar no siempre significa hacerlo con entusiasmo. A veces significa levantarse cada día y aprender a vivir con aquello que no se puede cambiar. Significa aceptar que el pasado existe, que algunas oportunidades se han ido y que, aun así, el futuro no está completamente cerrado.

A los 51 años, Erasmo José Bolívar no puede recuperar la juventud que pasó entre rejas. Pero todavía tiene derecho a construir una vida, a compartir tiempo con su familia, a encontrar nuevas razones para levantarse cada mañana y a ser algo más que el expediente judicial que durante tantos años determinó su destino.

Su historia no debe reducirse a la imagen de un hombre que sale de prisión. Es también la historia de alguien que debe aprender a vivir de nuevo en libertad después de haber pasado buena parte de su vida sin ella.

Y quizás esa sea la reflexión más importante que deja su caso: la libertad puede recuperarse, pero el tiempo perdido no se devuelve.

Por eso, cada día que una persona permanece privada de libertad representa algo que va mucho más allá de una fecha en un expediente. Es una parte de su existencia que desaparece, una experiencia que no podrá vivir y un recuerdo que nunca llegará a formar.

Cuando las puertas de una prisión se abren, comienza una nueva etapa. Pero nadie debería confundir ese momento con la reparación de todo lo ocurrido.

A Erasmo José Bolívar le queda por delante el trabajo difícil, silencioso y profundamente humano de reconstruir su vida. No puede volver a ser el joven que entró en prisión a los 27 años. Solo puede intentar encontrar, a los 51, una manera de seguir adelante.

Porque hay pérdidas que no admiten reparación y años que ninguna sentencia, ninguna medida humanitaria y ninguna celebración pueden devolver.

Y, sin embargo, mientras exista futuro, siempre quedará la posibilidad de empezar de nuevo. No para recuperar lo que se perdió, sino para intentar que el tiempo que queda pueda vivirse en libertad.

FUENTE: Con información de El Nacional

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