La elección del próximo 14 de diciembre es una de las más decisivas de los últimos decenios. ¿La razón? Deberemos escoger entre el continuismo de Gabriel Boric, expresado en la candidata comunista Jeannette Jara, líder de la izquierda hegemonizada hoy por el Partido Comunista y el Frente Amplio, o el republicano José Antonio Kast, quien representa, según las encuestas, a la mayoría de chilenos que anhela un país seguro, con fronteras controladas, donde haya trabajo, orden, eficiente gestión en materia de salud y educación públicas, y sea factible el acceso a la vivienda. Todo esto en el marco de respeto a nuestra cultura y tradiciones, símbolos e historia, en libertad y con un Estado que aplique y haga respetar la ley, y siga siendo miembro confiable de la comunidad internacional de valores que integramos.
Es la hora, por lo tanto, de gran responsabilidad también para los partidos y movimientos que hoy se identifican con el programa de emergencia de Kast, que incluye gobernar en todos los ámbitos, pero con el sentido de urgencia puesto desde un inicio en las áreas en que Chile enfrenta una situación en extremo crítica.
El reto para estos partidos consiste en desplazar a segundo plano los reajustes internos propios tras las elecciones, en especial, en las tiendas defraudadas por los comicios. Implica también priorizar el apoyo a la candidatura favorita, colocando a Chile en primer lugar.
Allí se requieren gestos por lado y lado, desde luego. En eso el sector no puede fallar. A la opción favorita, de acuerdo a las encuestas, le corresponde conservar la serenidad, la prudencia y la humildad y mostrar a la ciudadanía la foto de que hay unidad, cooperación y voluntad de enrumbar al país que vuelva a prosperar. No basta con proclamarlo, hay que exhibir todo ello antes de la elección, y cuanto antes, mejor.
Esto exige que los opositores que vieron mermados sus resultados el 16 de noviembre desplacen del centro de la mesa la natural búsqueda de las causas de la derrota y se concentren en respaldar al candidato opositor frente al continuismo.
El 14 de diciembre Chile enfrentará una disyuntiva decisiva: o seguir declinando en el ranking continental o recobrar el privilegiado sitial que hasta hace poco ocupamos gracias a los logros de los vilipendiados “treinta años”.
Por otro lado, el debate nacional no puede seguir girando en torno a si Chile “se cae o no se cae a pedazos”. Esa triste metáfora se circunscribe al ámbito material y así ignora algo peor: Chile no se cae a pedazos, sino que a muertos, a niños asesinados en escuelas, a adultos muertos en sus casas, a ejecutados en plazas, a gente baleada por defender su familia, vivienda o auto, o mientras camina o viaja en transporte público.
Más que a pedazos, Chile se cae hoy a muertos y ese es el gran drama actual. La economía volverá a marchar y lo destruido se volverá a construir, pero la muerte es la muerte, y el miedo es el miedo. Son irreversibles.
Chile no puede seguir atado de manos ante una delincuencia desatada y ante un narco que ya infiltra instituciones. No podemos seguir sin control genuino sobre ciertos barrios y territorios ni sobre trechos de la frontera, esas que, guarnecidas, nos permitieron ser la nación que somos. No exportamos emigrantes como el Socialismo Siglo XXI o el comunismo soviético este-europeo extinto en 1989.
Tenemos conciencia de que todos vinimos a este terruño de fuera. En el comienzo todos llegamos desde más allá del océano, allende la cordillera o el desierto. No somos xenófobos, pero exigimos que quienes lleguen al país lo hagan ajustándose a las reglas del juego, al fair play, respetando nuestra institucionalidad y forma de ser, de lo cual nos sentimos herederos.
Amamos y nos enorgullecemos de esta tierra en el último confín del mundo, estrecho balcón que cuelga sobre el Pacífico, tierra azotada por terremotos y tsunamis, sequías y temporales, donde nada nos ha sido regalado. Somos respetuosos de la especificidad de otros pueblos y países, pero en nuestro territorio exigimos lo mínimo de quien desea entrar a él: debe hacerlo por la puerta y ajustado a nuestras leyes.
Por todo eso, la de diciembre no es una elección más porque de ella depende que Chile se recupere del daño que se le ha causado desde el estallido octubrista, el peor ataque que ha sufrido como nación. El daño es inmenso y no fue sólo material.
Fue una guerra híbrida con objetivos diversos. Atacó la infraestructura, pero también lo cultural y espiritual (por eso incendiaron iglesias, imágenes religiosas, museos, bibliotecas, edificios patrimoniales, monumentos, símbolos patrios), nuestra dignidad (por eso el “sólo el que baila, pasa”, nuestra forma de ser (lo que nos volvió huraños y desconfiados), nuestras instituciones claves (atacadas las fuerzas armadas y policiales), y hoy somos víctimas de un chantaje (si votamos por la derecha, la izquierda volverá a incendiarnos el país).
¡No aceptamos ese chantaje! Y en ese sentido corresponde ser claros: la izquierda aún no ha condenado el estallido como arma política, y aún no condena la violencia como recurso para impedir que se cumpla la voluntad ciudadana expresada en las urnas. Los partidarios de vociferar “nunca más”, ahora “pasan”, guardan silencio, ni siquiera susurran. ¿Cuándo vendrá el grito de “nunca más” al estallido de violencia como arma política?
Los partidos opositores que experimentaron derrotas en las recientes elecciones cruzan un arduo sendero para restañar heridas. Es entendible. Deben resituarse ante un cambio de paradigma mundial y nacional, y al mismo tiempo deben anteponer los intereses del Chile en emergencia. Es un desafío enorme porque “el horno no está para bollos”, como reza el refrán español. De los partidos y movimientos opositores, se espera y exige que prioricen los objetivos y se articulen en torno al candidato del cambio y al programa opositor.
El 14 de diciembre será para el país el día de las definiciones, la jornada decisiva, “la hora de los mameyes”, como dice un refrán cubano del siglo XVIII.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos conservador y no partidista que se especializa en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto.
Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com