Hace seis meses, frente a la sede del Movimiento de San Isidro, un grupo variopinto de más de cien personas entre artistas visuales, plásticos, curadores de arte, escritores, poetas, dramaturgos, DJ, raperos, reguetoneros y músicos de concierto que reclaman libertad de expresión y un auténtico sistema democrático para su país, un adolescente flaco y extrovertido quiso saber si yo estaba esperando a Luisma, como es conocido Luis Manuel Otero Alcántara por sus amigos, vecinos y allegados.

"Sí", le respondí. "Él salió por la mañana y casi siempre llega tarde en la noche", comentó el muchacho. Le pregunto si es familia de Luisma. "No, además de su amigo, soy su vecino", contestó con un dejo de orgullo y señaló para un edificio desguazado. Otro chico se acerca. Me dicen que hace un tiempo ellos participaron en una carrera que organizó Luis Manuel con la bandera estadounidense atada a la espalda.

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Con 12 mil habitantes, San Isidro, Habana Vieja, limita por el este con el Puerto de La Habana. Fue bautizado con ese nombre en honor a San Isidro Labrador. En sus 0.3 kilómetros cuadrados de extensión se localizan las Iglesias de la Merced, del Espíritu Santo y de San Francisco de Paula. Actualmente, San Isidro no es un barrio amable de la capital. Todo lo contrario. Abundan prostitutas, burles (casas prohibidas de juego) y gente que vive de lo que se cae del camión. Las ilegalidades se han convertido en un estilo de vida y nadie quiere involucrarse en temas políticos.

"Los disidentes no son bien vistos aquí, ponen mala la zona", explica un señor que vende camarones y carne de res en el mercado negro. "Cada vez que el G-2 hace un operativo, hay que estar quieto en base. Desde los boliteros y jineteras hasta los expendedores de drogas, si no todo el mundo se va del aire. Pero Luisma es distinto, lo mismo se toma un trago obrero de la construcción que comparte con un canchinfla (homosexual). Un tipo que no mete muela ni da teque. Con palabras sencillas te explica las ventajas de tener libertad y vivir en democracia. Él es ñangué-abakuá, hombre y amigo. Una combinación de asere con intelectual. Y eso funciona en estos barrios calientes".

Una mujer sentada en la puerta de su casa, me dice que "si quiero dejarle un recado a Luisma, ella se lo hace llegar cuando regrese". Si usted quiere conocer el impacto de un líder, sea disidente, activista de derechos humanos, periodista o artista independiente, indague en el vecindario. A opositores 'famosos' fuera de Cuba, nadie los conoce en la barriada donde residen pues sus campañas políticas están diseñadas hacia el exterior. Es contradictorio: intentan convencer a los exiliados en Miami en vez de hacer proselitismo con sus vecinos.

Luisma es un auténtico opositor comunitario, aunque en San Isidro no lleva demasiado tiempo viviendo. Nacido el 2 de diciembre de 1987, su infancia, adolescencia y juventud se desarrolló en el barrio de El Pilar, Cerro. Su casa, marcada con el número 57 de la calle Romay entre Monte y Zequeira, es una típica construcción de principios del siglo XX con puntal alto, ventanales amplios y techo de viga. En las noches calurosas, las mujeres se sientan en la acera, a chismorrear, mientras los hombres hacen una ponina para comprar un litro de ron barato, revenden detergente robado de la fábrica Sabatés o matan el aburrimiento viendo un juego de béisbol en el antiguo Estadio del Cerro.

Allí creció Otero, rodeado de solares, donde drogas y sicotrópicos son parte del paisaje y las disputas suelen resolverse a machetazos. En la calle Romay lo recuerdan con cariño. Dionisio, sentado en el quicio de un solar, dice que "lo seguimos protegiendo. Si un tipo de civil con pinta de policía me pregunta por él, le digo que no lo conozco. Si veo que es friqui o culturoso, entonces le doy la seña". Boris, un joven que vive del 'invento', recuerda que cuando era chamaco "vendía ladrillos con Luisma. Lo sacábamos con un martillo y un cincel de las casas y edificios abandonados. Los vendíamos a tres o cuatro pesos cada uno". Con ese dinero ayudaban a sus familias e iban a fiestecitas los fines de semana.

"Yo mismo me construía mis propios juguetes de madera. Desde pequeño tuve esa habilidad, no sé de quién la heredé, porque en mi familia no hay ningún artesano ni escultor. Hablaba solo horas y horas. Creaba escenas y diferentes personajes. De niño me prometí llegar a ser alguien en la vida", me contaba Luis Manuel en la primera entrevista que le hice, en febrero de 2018, en su 'estudio' de San Isidro. Sentado en una rústica banqueta, con el brazo derecho apoyado en un viejo radio VEF de la era soviética, siguió rememorando aquella etapa.

"La primaria la pasé en Romualdo la Cuesta, en la calle Estévez, y la secundaria en la Antonio Maceo, que radicaba en la otrora Escuela Normal de Maestros. Siempre estaba con un pedazo de madera en las manos. Mi abuela trabajaba en Vivienda. Cuando los cubanos decidían emigrar, el Estado decomisaba sus propiedades y mucha gente le regalaba cosas, ropa de uso, electrodomésticos y así tuvimos una lavadora. De zapatos anduve escaso, tenía solo un par, a menudo rotos. Iba a la escuela con una botas horrorosas o con kikos plásticos".

Antes de inclinarse definitivamente por las artes visuales, estuvo cuatro años entrenándose como corredor de medio fondo en una pista de arcilla de la Ciudad Deportiva. "A los 17 años comienzo a ponerme en serio para la escultura. Asisto a múltiples talleres. Siempre tuve un afán tremendo por estudiar y aprender. Me colaba en los cursos que ofrecía el Instituto Superior de Arte. Soy artista autodidacta y un gran amante de la historia de Cuba", me contaba.

El régimen, que ahora intenta denigrarlo como artista, entonces le permitió exponer. En una galería en la Avenida 20 de Mayo, Cerro, Luis Manuel expuso por primera vez, en 2011. "La muestra se llamaba Los héroes no pesan. Eran piezas de madera del tronco hacia arriba, sin piernas. Estaba dedicada a los soldados mutilados durante la guerra en Angola. Invité a decenas de ex combatientes. Estaba tenso, esperando cuál sería su reacción. Al final la obra fue muy bien acogida"

Un año después comienza su activismo político. "Tenía demasiadas preguntas sin respuesta. Veía que las expectativas de la sociedad no se tomaban en cuenta. No había una puerta de salida. Todo era un discurso sin sentido. En el mundo del arte, en privado, la mayoría reconoce que las cosas deben cambiar, aunque también es cierto que en las artes hay mucho oportunismo. Percibía que algo se debía hacer", reflexionaba Otero hace dos años.

Es cuando se propone hacer cosas irreverentes, desafiar al régimen desde el arte visual. A uno puede gustarle o no lo que hace, pero lo que no se puede negar es su capacidad de liderazgo. Su carisma y empatía. Su sencillez y solidaridad. Si alguien sabe bien cómo se mueve La Habana profunda ése es Luis Manuel Otero Alcántara. Por eso ha sido capaz de aglutinar a la crema y nata de la intelectualidad disidente en la Isla y también en el extranjero.

Entre sus allegados usted verá a Carlos Manuel Álvarez, uno los mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años. A Mónica Baró, la mejor reportera cubana de la última década. A la cantante Haydée Milanés. A jóvenes músicos, poetas, actores, dramaturgos, directores de cine. A nuevos periodistas y escritores independientes como Abraham Jiménez y Luz Escobar o veteranos como Raúl Rivero, Jorge Olivera, Luis Cino y Reinaldo Escobar. La veterana economista Martha Beatriz Roque Cabello, el historiador Manuel Cuesta Morúa y la activista Iliana Hernández hicieron campaña por su liberación. Gracias al diálogo, Luis Manuel ha logrado concertación. Proponiendo. Retroalimentándose.

Su excarcelación revela importantes matices. Su causa fue capaz de convocar tendencias diversas, incluso entre la intelectualidad oficial. La presión nacional e internacional dió sus frutos. El régimen quedó en evidencia. Tampoco es para tirar cohetes. Aunque agrietada, la dictadura sigue en pie. Y Luis Manuel lo sabe.

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