LA HABANA.- En los debates sobre el proyecto de Constitución algunos participantes han pedido la obligatoriedad del trabajo, hasta el momento contemplado como deber y derecho. Para estas personas, todo ciudadano cubano, hombre o mujer en edad laboral, estaría forzado por la ley a permanecer en un puesto de trabajo, estatal o no, aun cuando no lo necesite por disímiles motivos o no sea su voluntad hacerlo.

Así, una persona que decida vivir de la remesa que le envía un familiar desde el extranjero o de la administración de un patrimonio heredado, estaría en peligro de ser sancionada si no cuenta con un empleo, y lo mismo sucedería con aquel sujeto espiritual o deprimido que se recoja en la soledad de su casa o el que renuncie al trabajo por conflictos con el jefe y luego no encuentre opciones acordes con su currículum, especialización y habilidades físicas o intelectuales.

La imposición del trabajo funcionaría entonces como un chantaje de amplio espectro y la fórmula sería sencilla: si no lo haces, a la cárcel. Así es el socialismo que “sueñan” ciertos “radicales”, publica CUBANET.

Para quienes se oponen a la propuesta, la obligatoriedad es un absurdo cuando no una contradicción, primero porque los salarios en Cuba, aun el mejor de ellos, no son capaces de garantizar un nivel de vida decoroso y, luego, porque haría detonar estrepitosamente otras cuestiones que el propio gobierno preferiría no hacerlas demasiado visibles a la opinión pública como índices de desempleo, niveles de pobreza asociados no solo a los bajos salarios sino a la discriminación racial, sexual y hasta ideológico-política, ineficiencia económica del sector empresarial estatal, entre otros muchísimos factores que involucraría incluso el incumplimiento de normativas pactadas con organizaciones mundiales del Trabajo y la Salud.

No obstante, como ha sucedido con otros temas a recogerse en la futura Carta Magna, se han creado facciones no solo en la sociedad sino además fracturas dentro del propio gobierno al punto que los debates ya son apreciados como “peligrosos” por una parte de los comunistas, divididos entre los que desean mantener la constitución vigente con apenas una par de variaciones y los que pretenden un cambio en profundidad que, sin colocarlos en riesgo de ceder el control, les permita mayor maniobrabilidad y flexibilidad frente a los acontecimientos internos que se avecinan debido al cambio generacional, fundamentalmente, y hasta coqueteos con fuerzas políticas y económicas externas no precisamente “amigas”.

Dentro y fuera del aparato de gobierno, están los que suponen que la obligatoriedad del trabajo pueda convertirse en un mecanismo que ayude tanto a retener como a captar una fuerza de trabajo que rechaza vincularse al sector estatal, sobre todo en aquellos empleos peor remunerados, o que la medida, al convertir la desvinculación laboral en delito mayor, contribuya a disminuir la presión sobre la imperiosidad de aumentar los salarios, transformando paulatinamente lo obligatorio en forzado, aunque con la desventaja de que exacerba un fenómeno que actualmente se da en las empresas estatales donde existen trabajadores y hasta directivos que se vinculan laboralmente como una “justificación social” que les permita enmascarar acciones delictivas, incluido el blanqueamiento de capital o el tráfico de influencias.

Reflejado en los debates al interior de la Asamblea Nacional, otro grupo ha previsto la posibilidad de que, por el contrario, la obligatoriedad fuerce a la búsqueda urgente de una solución a los bajos salarios, a la vez que reprima mediante leyes a sectores laborales y sociales no dependientes del gobierno, tal como ha pasado recientemente con el decreto 349 que pone límites a la creación artística y criminaliza al artista independiente.

Las dos vertientes de la obligatoriedad del trabajo, en gran medida se apoyan en ese leitmotiv del discurso oficialista que culpa al propio ciudadano de los problemas que enfrenta, generados más por la incompetencia y el voluntarismo de los gobernantes cubanos que por cualquier otro factor interno o externo, manipulando el estado de opinión entre aquellos que buscan una explicación fácil al inmovilismo socioeconómico del cual son víctimas.

En su mayoría son las mismas personas que aceptan convertirse en culpables de la pésima higiene en los barrios porque no echaron alguna vez los papeles en el cesto o cometieron el pecado de ausentarse de un “trabajo voluntario” aunque lo cierto sea que la insalubridad se debe a la inexistencia de planes de higienización efectivos.

Se culpan del deterioro de las viviendas porque apoyaron los pies en las paredes y no porque los recursos estatales se destinan a otros fines; de la falta de agua porque dejaron el grifo abierto cuando cepillaron los dientes y no porque se priorizan otros sectores de alto consumo como instalaciones inmobiliarias, hoteleras e industrias mineras; o de la epidemia de dengue porque no hicieron el “autofocal” y no por el abandono de las autoridades de salud; o de la falta de ómnibus porque los hijos adolescentes estamparon sus nombres en los forros de los asientos de la guagua y no por que el presupuesto para la compra de medios para el transporte urbano es menor que el destinado al traslado de turistas.

Entre los que se oponen a la obligatoriedad del trabajo no solo están quienes, desde el poder, evitan desatar los demonios de una economía que no aspira a crecer significativamente en los próximos cinco años y que tendrá que reducir los gastos de importación a menos de la mitad de lo que ha sido hasta la fecha frente a una producción que apenas logra satisfacer los planes de exportación y que escasamente, con las ganancias, cubrirá los pagos salariales de la masa trabajadora en más de la mitad de las empresas estatales que hoy existen.

También están los que, padeciendo como pueblo, ven muy claro cuál es el país donde les tocó vivir y donde estar desvinculado laboralmente no en todos los casos significa “vagancia” sino estrategia o alternativa de sobrevivencia a veces muy lúcida.

De no estar convencidos, entonces preguntemos a quienes juegan dominó de interés en las esquinas, a quienes tocan a la puerta ofreciendo algún servicio prohibido o alguna mercancía negada al ciudadano de a pie, también a quienes suben y bajan exhibiendo sus cuerpos por las calles de nuestras ciudades en busca de algo más que ocio y placer, una actividad que pareciera de puros vagos pero a la que habría que calcular cuánto capital foráneo ayuda a ingresar en las arcas del Estado a pesar del rubor de quienes aún sueñan con el hombre nuevo.

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2012)

FUENTE: CUBANET / Ernesto Pérez Chang

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