Aunque se le conoce como una súper herramienta en el ámbito de la cosmética, el ácido hialurónico es un biopolímero con múltiples aplicaciones. Se trata de una sustancia transparente y pegajosa, presente en algunos órganos, en el tejido conectivo que sostiene la columna vertebral, en los cartílagos, en el líquido sinovial de las articulaciones y hasta en nuestra piel.
La principal propiedad del ácido hialurónico es su capacidad para atraer y retener agua en un porcentaje equivalente a miles de veces su peso. Pero a medida que vamos envejeciendo, la presencia de esta sustancia en el organismo va mermando, un proceso que se hace evidente especialmente en la piel, con la aparición de arrugas, flacidez y pérdida de firmeza.
Fue descubierto en el año 1934, por los farmacéutico Karl Meyer y John Palmer, quienes lograron aislar la hasta entonces desconocida sustancia, a partir del cuerpo vítreo de los ojos de las vacas, y la llamaron ácido hialurónico.
Sin embargo, no fue hasta 1942 que comenzó a comercializarse, gracias a las técnicas de extracción perfeccionadas por el científico húngaro Endre Balazs, quien usó como fuente natural las crestas de los gallos, que hoy en día son el elemento básico para su producción, aunque también se obtiene a partir de las aletas de tiburón, las articulaciones de las vacas, del cordón umbilical, y de los residuos del pescado procesado.
Balazs patentó el primer uso del ácido hialurónico, un sucedáneo de la clara de huevo en los productos de pastelería, pero no solo eso, sino que concentró su trabajo de investigación en las múltiples posibilidades que ofrecía este biopolímero.
Ahora bien, la revolución que ha causado en el mundo de la cosmética comenzó en la década de los 90, ya que a lo largo de los años, y en cualquiera de sus presentaciones, a saber: inyecciones, cápsulas, polvo, crema y gel, este producto ha demostrado su capacidad para corregir los signos del envejecimiento cutáneo a partir de su enorme poder de hidratación.
Novedosa medicina
Actualmente este producto no solo se usa como suplemento antienvejecimiento, sino que además, se aplica a nivel médico, por ejemplo, como cicatrizante en heridas y úlceras, aunque también ha demostrado su capacidad para sustituir el líquido sinovial perdido durante las artroscopias.
Es también un excelente material de relleno en cirugía y odontología estética, especialmente en casos de implantes. Funciona como suplemento nutricional para las articulaciones y los tejidos conjuntivos y conectivos, y ayuda a eliminar los radicales libres, así como los subproductos dañinos relacionados con la aparición de inflamaciones y cáncer.
Ha demostrado su utilidad en el tratamiento de la cistitis y la atrofia vaginal, un problema común e las mujeres durante la menopausia. Y además, estudios recientes realizados en Canadá con deportistas de alto rendimiento, han confirmado que el ácido hialurónico es capaz de acelerar la recuperación después de un esguince de tobillo.
El aliado de la belleza
El ácido hialurónico es la segunda sustancia más buscada en el mercado después del botox, porque se le considera la fuente de una piel suave, tersa y joven más allá de la edad. Su poder como hidratante permite que las células mantengan su turgencia y elasticidad, siendo además un aliado excelente en el proceso de renovación celular.
Tanto inyectado como en aplicación tópica, este producto tiene un efecto casi inmediato al rellenar pequeñas arrugas y líneas de expresión. Se aplica con éxito especialmente en el contorno y comisura de los labios, en lo surcos, y alrededor del ojo para contrarrestar las temidas “patas de gallo”.
Pero no sólo eso, sino que además como relleno, permite perfeccionar el contorno de los labios y los pómulos, e incluso, reducir cicatrices como las estrías y las que deja el acné severo.
Este biopolímero también puede consumirse vía oral. Estos comprimidos están especialmente diseñados para ayudar a que nuestro cuerpo genere ácido hialurónico de forma natural, logrando que la piel de todo el cuerpo se mantenga hidratada y tersa. Sus efectos den el organismo son acumulativos y se hacen más evidentes después de entre seis meses y un año de tratamiento.