MIAMI.- Ha llegado el acontecimiento tan esperado este año del centenario de Celia Cruz: la publicación de Celia en el mundo 1962–2003, de Rosa Marquetti Torres, eminente historiadora musical cubana. El sábado 22 de noviembre, a las 5 p.m., su autora lo presenta en la Feria Internacional del Libro de Miami, Edificio 8, Salón 8503, del Miami-Dade College en el centro de la ciudad. Sus cinco capítulos, organizados cronológicamente en décadas, iluminan cómo la artista, privada del derecho humano universal de volver a su país, convirtió la separación en misión: llevar a Cuba consigo, defenderla, cantarla, humanizarla ante el mundo.
El salto al exilio
“No me pidan definición, caballero. ¡Es que yo pertenezco al mundo!” canta Celia en “Soy antillana”, de Marilyn Pupo, grabada con la Sonora Ponceña en 1979. Ese grito pareciera premonitorio de Celia en el mundo, 1962–2003, monumental estudio con que Marquetti completa el recorrido de la vida de Celia después de su salida definitiva de Cuba. Si en su libro previo, Celia en Cuba, 1925–1962 Marquetti reconstruye con precisión y devoción a la joven que conquistó los cabarets de Tropicana, Sans Souci y Montmartre, y que deslumbró en la radio y la televisión naciente, ahora la autora se adentra en el período más doloroso y, a la vez, más fecundo de la vida de Celia: su transformación en “la cantante más importante de la música popular de Cuba”, la más representativa del exilio y la máxima figura de unión entre los latinos en Estados Unidos.
En 1962 Celia quedó condenada por la dictadura a no regresar jamás a su patria. Ese golpe pudo destruirla, pero Marquetti revela cómo, al contrario, Celia emprendió una expansión artística y humana que la llevó a convertirse en figura multinacional sin perder ni por un instante sus raíces cubanas. Nos enumera minuciosamente cada éxito de Celia y cómo convirtió la pérdida en impulso y transformó el desarraigo en una conquista artística sin fronteras. Su identidad se amplió hasta abarcar continentes, públicos y culturas, pero siempre desde la fidelidad a su cubanidad.
La herida
En este volumen, Marquetti nos presenta una Celia íntima, con una ética de trabajo impecable, marcada por la nostalgia, pero dueña de una energía creadora capaz de transformar cualquier herida en amor por su patria y su pueblo. Es un amor diáfano en canciones tardías como “Por si acaso no regreso” (Siempre viviré, 2000), compuesta por Angie Chirino y Emilio Estefan para Celia, donde canta: “Y siempre me sentí dichosa de haber nacido entre tus brazos. Y aunque ya no esté, de mi corazón te dejo un pedazo. Por si acaso… por si acaso no regreso. (…) Y nunca quise abandonarte. Te llevaba en cada paso. Y quedará mi amor para siempre como flor en tu regazo.”
La capacidad de Celia para transfigurar la tristeza en arte se había evidenciado desde las primeras etapas de su exilio. “Cuando salí de Cuba”, grabada en México en 1968 con la sonora de Memo Salamanca, compuesta por el argentino Luis Aguilé y que, en su interpretación original es un lamento lento y triste, en la voz de Celia —y bajo una finísima dirección musical—adquiere un sutil aire de chachachá, que suaviza la pena sin negarla y convierte el desarraigo en una invitación al baile. Celia sabía que alegrar no significa olvidar; significa iluminar.
Para quienes crecimos con Celia en Estados Unidos —escuchándola en Chicago, Los Ángeles, Nueva York y Miami, siguiéndola en entrevistas, celebrando cada disco y cada colaboración— este libro ordena recuerdos dispersos y los vuelve legibles en un arco mayor. Marquetti consigue explicar el quién, cómo, dónde y porqué de cada concierto, cada grabación, cada gira y cada giro de su carrera, y lo hace no solo con admirable rigor sino también en una prosa de suprema elegancia. Su escritura combina el conocimiento profundo de la historiadora con la sensibilidad de quien sabe que está resguardando un patrimonio afectivo que pertenece no solo a Cuba, sino al mundo. El resultado es una obra que honra a Celia y que, al mismo tiempo, nos devuelve nuestra propia historia con un renovado sentido de claridad.
Celia eterna
En este año de su centenario, Celia en el mundo llega como una celebración y una afirmación definitiva de su lugar en la cultura universal. Hoy resuena con nueva fuerza ese grito celebratorio de “Bemba colorá” con que Celia solía cerrar sus conciertos: “Por Dios, no olviden mi nombre, yo me llamo Celia Cruz”, nombre que terminó pronunciándose en los cinco continentes. Su universalidad se me evidenció en un momento de ternura en la despedida multitudinaria a Celia en Nueva York: una señora suramericana muy humilde acompañada de su niñita de 7 años, a quien le faltaba un bracito, esperaba delante de mí en la cola para entrar a la funeraria y me preguntó, confundida: “¿Y Celia, de dónde era?” La respuesta, por supuesto, es Cuba. Pero la pregunta confirmaba que ya era —y es— del mundo.
Celia en el mundo es una obra para el presente y para el futuro. Es y será referencia obligada. El nombre de Rosa Marquetti quedará unido para siempre al de la Reina de la Salsa. Su trabajo con el Archivo de Celia Cruz, custodiado por el Celia Cruz Estate y Omer Pardillo, su discografía integral, sus investigaciones previas, sus ensayos en su blog www.desmemoriados.com y estos dos volúmenes monumentales sobre Celia constituyen una contribución sin igual en la historia de la música cubana. Este sábado en la Feria del Libro celebraremos no sólo a Celia, sino también a Marquetti, cuyo esmero y devoción han hecho posible esta obra imprescindible.
Celia es eterna, y eterno será este libro que nos permite comprender la vida ejemplar de una mujer que resistió, soñó y triunfó con su música. Leer Celia en el mundo es celebrar el centenario de la Guarachera con gratitud y alegría. Es volver a ella. Y es volver a nosotros. Gracias, Celia. Y gracias, Rosa Marquetti. ¡Azúcar!