MIAMI.- Hay carreras que se explican mejor por las personas que por los productos. La de Unisound, la compañía de tecnología musical fundada por Gregorio Torres y Andrés Ginebra, es una de esas: empieza mucho antes de que existiera la empresa, en la amistad de dos adolescentes que compartían audífonos, sesiones de estudio y la certeza de que la música podía ser, a la vez, vocación y oficio.
Gregorio Torres aprendió a producir a los doce años, solo, mirando tutoriales y sin más laboratorio que una computadora. Esa autodisciplina lo llevó después a Berklee College of Music y a las consolas de los estudios de Miami, donde trabajó como ingeniero y acumuló créditos junto a nombres mayúsculos de la industria —de Kanye West a Timbaland— e incluso en producciones para pantalla. Andrés Ginebra, su amigo de toda la vida, tomó un camino paralelo pero complementario: se formó en datos e inteligencia artificial y llevó esa experiencia técnica al desarrollo de infraestructura de IA antes de reencontrarse con Gregorio para emprender. Uno entendía la música por dentro; el otro, la tecnología que hoy la está transformando.
Esa combinación es el ADN de Unisound. La empresa nació, en sus propias palabras, como un marketplace en línea donde los productores podían vender y licenciar sus proyectos. Pero el negocio, como suele ocurrir con las buenas ideas, fue más listo que el plan original. "Evolucionó hacia una plataforma que ayuda a las editoriales musicales a utilizar nuestros agentes de inteligencia artificial para identificar regalías que les pertenecen pero que no están cobrando, ya sea por errores en el registro de obras o por falta de registros", explican desde la compañía. En una industria donde millones de dólares quedan sin reclamar por simples fallos administrativos, esa promesa no es menor.
El punto de quiebre llegó cuando Andreessen Horowitz (a16z) —uno de los fondos de capital de riesgo más influyentes del mundo— decidió invertir en Unisound a través de su iniciativa Talent x Opportunity, pensada para fundadores con talento y ambición pero sin la red de contactos tradicional de Silicon Valley. Para los socios, ese fue el momento cumbre. "Cuando a16z invirtió capital en Unisound, validó que la industria musical ya se encuentra al mismo nivel que las startups de tecnología, finanzas, biotecnología y otras industrias de gran escala", relatan. Traducido: la música dejó de ser vista como un nicho cultural para convertirse en un activo tecnológico de primer orden.
Hoy Unisound opera con un equipo de apenas tres personas, una de esas estructuras mínimas y febriles donde cada fundador hace de todo. El foco comercial está puesto en alianzas, ventas y estrategia de salida al mercado, además de toda la adquisición de música para los acuerdos de licenciamiento orientados a inteligencia artificial: el segundo gran pilar del negocio. Porque a la recuperación de regalías se sumó una línea inesperada. Las propias compañías que desarrollan modelos de IA para música y audio empezaron a pedirles que actuaran como intermediarios, rastreando millones de canciones y gestionando los derechos necesarios para entrenar esos modelos de forma legal y transparente.
De ese trabajo ya hay resultados concretos. Unisound ha licenciado música a plataformas como LANDR y Serato, y mantiene conversaciones con gigantes tecnológicos globales que, por ahora, permanecen bajo reserva. En el caso de LANDR, la colaboración se da a través del intermediario de datos ERISV, dentro del programa Fair Trade AI: una iniciativa que permite a los proveedores de contenido generar ingresos recurrentes cuando su catálogo se utiliza para entrenar herramientas musicales asistidas por IA, en lo que se describe como el primer modelo maduro de atribución por adhesión de la industria.
La historia de Gregorio y Andrés tiene algo de fábula contemporánea: dos creadores que entendieron que el futuro de la música no se juega solo en el estudio, sino también en el código y en los registros de derechos. Y que, a veces, los mejores negocios nacen del lugar más simple del mundo —dos amigos haciendo música— y terminan en la mesa donde se decide cómo será la próxima era del entretenimiento.