MIAMI.- El largometraje de ficción Santa y Andrés no ha podido exhibirse en Cuba, donde se filmó y para cuyo público, en primer lugar, fue ideado por su escritor y director Carlos Lechuga, uno de los más interesantes cineastas cubanos en lo que va de década. Sin embargo, podrá ser visto en el Miami Film Festival.
Cineastas y críticos esperaban ver la cinta en la 38 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana el pasado diciembre. Pero según se escribió en algunos medios digitales, la presidencia del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) le notificó a su realizador que no competiría ni se exhibiría en el Festival. Y tampoco sería distribuida en la red de cines del país. Al menos no por el momento.
Santa y Andrés transcurre en el oriente cubano a finales de los años ‘70 y principios de los ‘80. Santa es una campesina apegada a las ideas supuestamente humanistas del proceso revolucionario. Y Andrés es un escritor homosexual e irreverente, de quien el régimen desconfía. Santa tiene la misión de vigilar a Andrés mientras se efectúa un congreso por la paz. A partir de ahí se construye una metáfora de la nación en las últimas seis décadas que los policías culturales no se podían permitir mostrarle al país.
Contra todo pronóstico, entre estos dos dispares protagonistas germina una sugestiva relación, llena de intensos encontronazos e intimidades, marcada por una premisa que su director logra hilvanar: “las cosas que los unen son más importantes que las que los separan”, dijo Lechuga a la periodista Cecilia Crespo en entrevista para la plataforma OnCuba.
Pero justamente las cosas que los separan han sido el eterno pretexto de los censores del castrismo. Desde 1959 los líderes revolucionarios se adjudicaron el derecho de controlar y manipular ideológicamente las artes, el entretenimiento y la cultura en general, del mismo modo que controlan todos los medios de comunicación. Y Santa y Andrés tiene un mensaje peligroso, nocivo para el sistema.
Por supuesto que no es la primera vez que ocurre. En la era castrista, larga y monótona, no pocas películas han sido prohibidas. Algunas veces, para no incurrir en un acto de censura abierto y vulgar, se han exhibido una o dos en veces en horarios y sitios a los que se supone no asistiría demasiado público. Una forma quizás más sutil de la censura, si es que la censura sabe de sutilezas. Y a eso hay que sumarle el efecto de la desmemoria y la casi nula información que sufren la mayoría de los cubanos.
En la historia de la marginación y la censura en la Isla, es imposible olvidar el documental PM (1961) de Sabá Cabrera Infante y Orlando Giménez Leal, prohibido porque, según los comisarios políticos, aunque reconocían valores técnicos del filme, “ofrecía una pintura parcial de la vida nocturna habanera que, lejos de dar al espectador una correcta visión de la existencia del pueblo cubano en esta etapa revolucionaria, la empobrecía, desfiguraba y desvirtuaba”. Esto escribieron en su informe los censores de PM.
Y aunque los censores de Santa y Andrés (que no son los mismos de entonces, pero sí muy parecidos) no han dado a conocer las razones de su veto, no deben ser diferentes en esencia. Aún puede escucharse el eco oscuro de aquellas temerarias Palabras a los intelectuales de Fidel Castro, generadas a partir del caso PM, que terminaron con el periódico Revolución y con su suplemento cultural Lunes de Revolución y que instauró la política cultural más absurda, arbitraria, discriminatoria y empobrecedora de la historia del país.
Algunas películas cubanas han apelado a las galimatías de la crítica revolucionaria, la crítica mansa al burocratismo, a epidérmicos problemas económicos, el éxodos desde la nostalgia, “errores y tendencias negativas” compartidos y que el propio Partido Comunista (que rige al ICAIC) se ha permitido revisar o autocriticarse, siempre bajo la bandera de hierro de que todo sea dentro de la revolución, pues fuera de ella nada es ni será posible. Simplemente no puede existir. Todo lo contrario será anulado. Y eso es lo que ha pasado con Santa y Andrés. Su realizador se ha atrevido a representar sin medias tintas el dolor de personajes que han sido marginados, casi asesinados, por la ideología revolucionaria. Son víctimas del proyecto que han intentado vender como todo lo contrario. Santa y Andrés desmonta, le quita la careta al sistema.
Carlos Lechuga ha dicho que el tema de Santa y Andrés es “la libertad, la libertad y la libertad”. Y es algo maravilloso. Una premisa, un acto de fe y de valentía que los artistas cubanos que viven en la isla deberían repetir en sus obras y en sus prácticas cotidianas. Pues aunque la libertad allí a veces pareciera un fantasma, tabú, estatus a medias, pánico, concepto incomprensible, experiencia poco común o una mala palabra, siempre tendrán derecho a reclamarla, ya sea a quienes se la limitan o intentan arrebatársela como a sus propios deseos y caminos. Santa y Andrés es también una película sobre el dolor, ese hondo dolor que causa no disponer de libertad y con el que muchos viven.
Miami es la Cuba posible de quienes, escapando o siendo desterrados, han resuelto vivir en libertad. Siempre será una suerte, aunque duela, poder ver en Miami obras hechas por cubanos que a los cubanos en Cuba no les permiten ver. Gracias Miami. Gracias Miami Film Festival. Gracias Carlos, Santa y Andrés.