MIAMI.-Para el pintor Vicente Dopico-Lerner las artes plásticas, sea a través del dibujo, del óleo sobre el lienzo o de la cerámica, son un medio de expresión necesario, una forma de exorcizar esos demonios que viven en él. Muestra de ello es su reciente colección Demons Inkpirations, que presentará en el Kendall Art Center de Miami este 9 de diciembre.

Entrar al estudio donde trabaja Dopico-Lerner (La Habana, 1943) es llegar a su mejor estado, ese donde es más honesto y humano. Desde las paredes, decenas de rostros asoman en sus pinturas, como si nos miraran o quisieran decir algo. Hay una especie de magia o cápsula temporal en la que pueden pasar muchas horas sin que nos demos cuenta.

Allí el pintor agrupa los trabajos que serán parte de su nueva muestra y, según confesó a DIARIO LAS AMÉRICAS, después de muchas exposiciones sigue teniendo esa ansiedad de no saber cuáles serán las piezas que finalmente vayan a las paredes de la galería. De 28 obras hechas con la técnica de tinta sobre papel, unas 12 irán a las paredes de Kendall Art Center.

Vicente es un habanero de pura cepa. “Mi abuela vivía en Oficios y Luz, donde yo nací”, contó el artista. Y justamente los nombres de estas calles no le pueden hacer más justicia. Su oficio ha sido el de jugar con la luz. Donde parecería que las figuras están abocadas a un inevitable abismo, surge un trozo de luz: a veces, una línea que sobrevuela a las demás formas, otras, una manchita agachada en una esquina.

Tras enfrentar los primeros años de revolución castrista, Dopico llegó a EEUU en 1963. Una vez en Miami, en 1967 estudió artes plásticas en el entonces Miami Dade Junior College. Posteriormente estudió en Florida Atlantic University y luego en la Universidad de St. Thomas, donde obtuvo un master en 1976. Pero su paso por la Art Student League, en Nueva York, marcó un antes y un después en su formación.

“Cuando vivía en Nueva York visitaba regularmente el Museo Guggenheim”, comentó. En las paredes de ese museo se encontró con la intensidad de un Francis Bacon, que le hizo cambiar muchas de las ideas que tenía de las artes plásticas. Otro de sus referentes es Caravaggio, por su uso del claroscuro, el volumen y la luz, elementos que Dopico aplica en su obra.

Entre luces y sombras

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<i>After fog</i>, 2018, tinta sobre papel, de Vicente Dopico-Lerner.
After fog, 2018, tinta sobre papel, de Vicente Dopico-Lerner.

Caprichosas y a veces inquietantes, las obras de Vicente tienen una versión distinta para cada persona que las aprecia. El artista de 75 años ya tenía experiencia en acuarela y tinta, pero recientemente se ha enfocado en el trabajo con la tinta. Hace unos seis meses salió al patio y echó tinta sobre un papel. “Me salió una cosa rarísima”, confesó.

“La tinta es el primer paso de una transición en mi obra. Tiene un juego con el papel. Cuando haces una pintura en lienzo tú creas la textura. El papel, en cambio, es el que te da la textura. La ventaja del agua, la acuarela, es que toman vida propia. El elemento más importante para un pintor de acuarela es que el papel viva, ese juego de contener la tinta en el papel”, dijo el artista multidisciplinario.

En las piezas que reúne para esta exhibición se percibe una aguda canalización del dolor y de las emociones en sus sombras y negros densos, que conviven con la pureza del blanco y a veces juegan entre el gris. Ha dejado esta vez la abundancia de colores a un lado para optar por el blanco y el negro, además de los inevitables grises que derivan de ellos.

Dopico rescata del caos a seres estrambóticos y a la vez humanos, demuestra su gusto por una figuración surreal, travestida, angelical por momentos y otras veces terriblemente oscura. El pathos radica allí donde su trazo no se ata a una tendencia, sino que vuela libre, inquieto e irracional por donde la creación le lleve, así sea con tintes neofigurativos, expresionistas, abstractos o surrealistas.

La espontaneidad es un hecho clave en su obra. En su cosmogonía conviven esos mismos seres que están en su cabeza, y como si los sacase a pasear a un lienzo o papel, los muestra en su más desnuda expresión. Como los hombres de las cuevas prehistóricas, que pintaban un animal para tener poder sobre él, Dopico nos muestra sus demonios “dominándolos y haciéndoles una ofrenda a la vez”. El artista libra una batalla encima del papel, deja caer la tinta, la esparce con ayuda del bambú, la licúa, la deja correr libremente o la restringe. Entonces ocurre la magia.

“Busco la verdad”

En medio del ruido que puede representar el mercado del arte actual, entre ferias masivas, curadores y expertos en denominaciones plásticas, Dopico se apega, según explica, a “la vieja escuela”, la de quienes entienden una obra de arte como un producto del crecimiento personal, de los dolores y procesos humanos. Para el artista su obra tiene que ser honesta y, de alguna forma, una autobiografía, un fragmento de su vida. Y estas piezas son el reflejo de aquello que le inquieta y duele en medio de su reciente transición a la tinta.

“El arte está comercializado, para vender arte y vivir de eso tienes que convertir tu obra en mercancía”, señaló.

Dopico es consciente de que aquello que hace una buena pintura no es que sea “bonita para llenar una pared, adornar una esquina o impresionar a los invitados”, sino que sea una pieza vibrante, que comience a vivir cuando alguien la mire, la viva e interprete, pues para él “el arte pretende comunicar sentimientos, no perseguir la belleza externa”.

“La pintura tiene que hacerse con amor. Me levanto por las mañanas y si me siento bien puedo trabajar mucho. En todo lo que hago siempre busco la verdad”, concluyó.

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