WILMA HERNÁNDEZ

TULIO CASAL

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La entrega y pasión por el periodismo de Fernando del Rincon han definido su trayectoria en los medios, desde que dejó su natal México para continuar ejerciendo la profesión en los EEUU, donde probó los sinsabores de trabajar como indocumentado, y desde donde ha defendido los pilares de la profesión a favor de la democracia y la justicia social.

DIARIO LAS AMÉRICAS conversó con el periodista y presentador de CNN en Español sobre su carrera, sus convicciones y la dedicación con la que cubre la actualidad en Latinoamérica a través de los programas que conduce, Conclusiones y Fuentes Confiables.

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Del Rincón defiende la cobertura que da a la crisis venezolana, pues a su juicio no se trata solo de un país sino de un “problema global” y aclara: “Venezuela es noticia todos los días, cada minuto cambia, (…) Venezuela ya no es solo de los venezolanos”.

¿Venezuela tiene un peso importante en tus coberturas, cómo haces para elegir los temas de tus programas?

Yo le decía a Juan Guaidó cuando lo entrevisté que Venezuela ya no es de los venezolanos, es un tema que ha involucrado a todo el mundo. Así que hablar de Venezuela es hablar de la política estadounidense, de la posición de Cuba, de Nicaragua, de Bolivia, es hablar de la neutralidad entre comillas de México y de Uruguay, de lo que el Papa ha dicho o no ha dicho, o sea, es hablar del mundo entero. En Conclusiones y en Fuentes Confiables tratamos de atender lo que marca la agenda latinoamericana.

¿Cómo valoras la figura del presidente encargado Juan Guaidó y el giro que le ha dado al tema venezolano?

Para quienes hemos cubierto la realidad de las calles de Venezuela desde el principio, Juan Guaidó no es un desconocido, nunca lo fue, porque dentro de todas esas caras de jóvenes que vi en la calle y de casos de detenciones, estaba el rostro de Guaidó. Yo sabía quién era, porque estuvo “comiendo” gas como dicen allá, le tocaron unas rociadas pesadas de lacrimógenos y perdigonazos. Es una persona que conoce y está conectada a esa realidad. Creo que pocas figuras de la política venezolana en la actualidad han estado ahí como Juan Guaidó. Y es muy importante entender eso. Juan Guaidó no era nadie, pero estando en medio de las protestas pudo vivir esa realidad del pueblo sin un blindaje por ser conocido ni tener el reconocimiento de la prensa internacional. Y esa gente que ha estado en la calle, que es una generación que ha ido creciendo, lo identifica, porque ha compartido el mismo estandarte de reclamo y necesidad de todos esos que han salido a protestar.

¿Qué ves diferente en este momento de la crisis venezolana y del papel de la oposición para lograr un desenlace?

El síntoma clave de todo esto es EEUU. La administración Trump no va a quedar en ridículo. Trump no le va a permitir a ningún país que lo deje en ridículo. Y ya EEUU se metió en el tema de Venezuela. Si la oposición la “embarra”, si vuelven a salir con divisiones, todo eso es un tema independiente a EEUU, y EEUU no da marcha atrás cuando anuncia que va a hacer algo.

¿Cómo te nace ese amor por Venezuela?

Me nace por Venezuela, Cuba, Nicaragua, Guatemala, Honduras. Creo que en el caso de Venezuela, mi trabajo se ha vuelto muy visible. Primero, por el cierre de medios allá, y segundo porque sin darme cuenta hicimos un trabajo titánico cuando las marchas del 2014 y acabé metido en medio de las protestas, en Lecherías (estado Anzoátegui), en San Cristóbal, cuando no había un reportero internacional cubriéndolas, entonces cobró muchísima visibilidad. Pero he tenido la misma pasión con el tema de Guatemala, estuve en las últimas elecciones, en la primavera guatemalteca, en los enfrentamientos de la CICIG (Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala) con Jimmy Morales. En Honduras también he estado metido hasta los huesos.

La gente piensa que yo entré al tema venezolano por mi esposa, pero no es así. Ya yo estaba involucrado antes de conocerla. El hecho de compartir mi vida con ella me da otras referencias que yo no conocía sobre cómo vivir dentro de una familia venezolana dividida y separada por la crisis.

¿Cómo fueron tus inicios en los medios en los EEUU como inmigrante?

La pasé muy mal por causa de una promesa inicial por parte de la empresa que me trajo a EEUU, esto fue después del 11 de septiembre. Vine dos o tres veces como invitado antes de trabajar para ellos. Y cuando decidí dar el gran paso de dejar Televisa, trabajé casi un año sin papales. Durante todo ese tiempo la empresa no me ayudó con ese trámite, básicamente, trabajé con una visa de turista como cualquier otro inmigrante, andaba como que medio ilegal en una cadena nacional y la pasé muy mal. Uno se siente como clandestino o como prófugo de la justicia; si se te acerca una patrulla, te escondes. No quisiera imaginarme a mis paisanos en Los Angeles o en otros lugares. Una vez, hablábamos de inmigración en un programa y me traicionó el subconsciente, me incluí en el paquete y me referí a nosotros, los indocumentados, porque me sentía así.

Entonces, cuando estaba a punto de regresar a México, Univision me hizo una oferta, les planteé la situación y me dieron la garantía de que se encargarían de que mi estancia fuera legal. Y así se dio el cambio. Y creo que fue una de las grandes razones por las que decidí venir a EEUU.

El periodismo requiere de entrega y dedicación, ¿hoy en día tienes la misma pasión por la profesión?

Creo que hoy tengo mucho más. Tengo una relación de amor y odio con el periodismo, porque amo la profesión muchos días y otros la odio, porque nos roba el sueño, la salud, la convivencia con la familia. Hay mucho sacrificio, entonces odio cuando me roba esos momentos, pero también amo ser testigo de primera mano de acontecimientos históricos, poder tener alguna influencia a través de una entrevista o un editorial sobre decisiones que toman los gobiernos. Y también traer a la luz lo que tratan de esconder debajo de un tapete los políticos latinoamericanos, y normalmente eso es muy difícil de hacer en nuestros países. En EEUU podemos hacerlo y hacerlo para y por nuestra gente en Latinoamérica y el Caribe.

Denunciar es el trabajo del periodista, ¿pero crees que debe haber una línea entre el periodismo y el activismo?

Sí, definitivamente eso es otra cosa. Eso de hacer un llamado a la acción y decir: ‘vamos todos a la marcha y yo los acompaño’, ya no es periodismo. La línea es muy fina, porque uno tiene ganas y obligaciones como periodista, pero también tiene derechos como ciudadano.

¿Sientes que en algún momento has cruzado esa línea en el caso venezolano o simplemente has hecho tu trabajo con pasión?

No creo que en ningún momento haya pasado la línea hacia el activismo. De hecho, me he limitado mucho, por ejemplo, me han invitado a muchos eventos de venezolanos o reconocimientos y no he participado, no por rechazo ni por ser mala gente, precisamente, para no caer en la línea del activismo. Lo que sí he sido muy claro y frontal, no he tenido ninguna pena en señalar lo que creo que hay que señalar: a quién viola los derechos humanos y explicar por qué, según lo que dicta el derecho internacional. He llegado hasta ahí, muchos periodistas no quieren hacerlo, bueno que no lleguen, cada quien hace el trabajo a su manera.

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