"Estás loca, mi niña, debes ir a Berlín". La cita del compositor Franz von Suppé me la tomé al pie de la letra mientras era estudiante. Fuera de la aldea, gran libertad, sin fronteras. La meta era una capital, si de mi voluntad se hubiera tratado. Pero es no sucedió. "Tu primera parada es Fráncfort", me anunció mi jefe por entonces. Yo me puse a llorar y permanecí en la ciudad a orillas del Meno durante un año. Y volví a llorar cuando me fui.

Actualmente reescribo la cita de Suppé. Aún más loco que tener que dirigirse a Berlín es ir de la capital de Alemania a Fráncfort. Y voluntariamente, para desacelerar. Ir de vacaciones al estado de Hesse, a la ciudad-aldea más sofisticada del mundo. Salgo caminando de la estación de trenes. Adelante los letreros de neón parpadean en el barrio rojo, a mi izquierda el sol se refleja en las ventanas de los rascacielos. Fráncfort brilla y me da la bienvenida.

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En bicicleta pedaleo hasta el barrio de Sachsenhausen, a menos de diez minutos, sobre la otra orilla del Meno. Y no solamente la vista de la silueta de la ciudad amerita desde aquí una foto para Instagram. En el Brückenviertel las galerías de arte y las pequeñas boutiques invitan a darse una vuelta. Desde el agua, llaman la atención los mercados de pulgas y los restaurantes en barquitos.

Recorrer el paseo marítimo se asemeja a una muestra representativa de la vida social de Fráncfort. De un lado, ambiciosos banqueros trotan en la camisa de una compañía de inversiones. Por el otro, las madres turcas empujan sus cochecitos de bebés. Al igual que en cualquier aldea, uno conoce a sus vecinos, incluso cuando estos no podrían ser más diferentes.

Más de 750.000 personas de 179 naciones conviven en la metrópoli, de acuerdo con las estadísticas. Casi uno de cada tres no posee un pasaporte alemán y casi la mitad son de origen migrante. También en lo que a esto se refiere Dios adopta un carácter altamente internacional: hay templos hinduistas, bahai y mezquitas.

Ajda Bekar, de 26 años y con raíces turcas, abrió en 2015 el café "Mellow Yellow" en el sofisticado distrito de Bornheim. "Casi de cada país en el que estuve tomé cosas y creé algo propio", afirma. Esto también vale para la comida. En la pizarra, el börek se encuentra junto al "beetroot latte". Muchos comensales que llegan se sienten como en Brooklyn, París o Londres, asegura Bekar.

"De todas las grandes ciudades alemanas, Fráncfort es la que tiene la más elevada calidad de vida", concluyó alguna vez la revista británica "The Economist". Y esto no solo tiene que ver con la cercanía del Taunus y el aeropuerto internacional. En Fráncfort se encuentra todo lo que un "yuppie" puede desear: clubes nocturnos internacionalmente conocidos como "Robert Johnson", espacios de renombre como el Städel Museum y la Schirn Kunsthalle y por supuesto muchos restaurantes de moda.

Pero la diversidad por sí sola no convierte a la aldea en ciudad cosmopolita, sino las mentes que hay detrás de ella. Y de Fráncfort provienen verdaderas estrellas de la gastronomía como los hermanos Ardinast. "Fráncfort fue 'cool' en los '70", afirma James. "En los años 2000 le traspasó su creatividad a Berlín. Nosotros creímos en Fráncfort y sabíamos dónde habría música más fuerte mañana, incluso cuando hoy no se escuchase una sola nota".

El dúo con raíces judeopolacas convirtió al Bahnhofsviertel (barrio de la estación de trenes) en zona de movida. "Quieres algo por tu dinero y lo recibes", describe por su parte David la gastronomía de Fráncfort. El concepto de diseño está elaborado hasta el más mínimo detalle y muchos lugares serían visitados aunque no hubiera comida, opina.

Mientras tanto, subo a cenar al piso 39 en "Franziska". La estrella de la gastronomía Christian Mook comenta: "Mi sueño era un 'skyline'-restaurante, ya que somos una ciudad de 'skyline'". Un sueño que Mook hizo realidad en la torre de un silo de cereales en la ciudad a orillas del Meno.

dpa

FUENTE: EUROPA PRESS

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