Cuando en 1990 El Lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz ganó el Premio Internacional “Juan Rulfo”, ya no había forma de silenciar lo inevitable. Se desataron las amarras de un fenómeno que marcó la década y la Cuba venidera. Todos queríamos leer el cuento, ver las versiones teatrales y revisitar una y mil veces Fresa y Chocolate, la película que, sobre el texto, habían hecho en 1993 Titón y Tabío y que llegó tan alto como el cuento original. Este filme fue, para mi generación, el grito de una Cuba oculta a simple vista y prohibida al mismo tiempo. Nos golpeó tan fuerte que jamás volvimos a ser los mismos.
Reencontrarme una vez más con Fresa y Chocolate, esta vez en el Teatro Trail de Miami, no estaba en mis planes, lo confieso. Fue un reencuentro con la escena luego de tres años de mi salida de Cuba, de voltear la cara y poner una pausa al oficio que por 25 años fue sostén y camino.
Llegar al Trail es un lujo, hay una dramaturgia muy bien construida que pulsa cada momento de la travesía por los espacios previos a la escena. El trato, los saludos, el ambiente cómplice de los que disfrutan y hacen arte.
Desde que el imaginario telón se descorre, los actores-cantantes y los bailarines, te invitan a un viaje por los cimientos del teatro vernáculo cubano. Sientes el espíritu de tantos artistas que hicieron historia en el Alhambra, el Pairet, el Martí, el Teatro Musical de La Habana y tantas otras salas a lo largo y ancho de la Isla, dando vida a los personajes más auténticos de nuestra cubanía.
Cortesía Yusnel Suárez
La obra teatral "Fresa y Chocolate", en el Teatro Trail.
Cortesía Yusnel Suárez
Fresa y Chocolate, heredera de esta tradición, pone en escena nuevos tipos nacionales que dialogan desde el exilio con el alma en los tablados de la Isla. La herencia de un teatro musical auténtico se desata para recibir al espectador entre la sátira política, el choteo y la deslumbrante utilización de la tecnología, recreando una Habana, símbolo nacional, que mueve nostalgias e indignación. La banda sonora es un elemento dramatúrgico que el director ha sabido hilar inteligentemente en el entramado artesanal de la acción, contando con el histrionismo de un elenco capaz de hacer este tipo de espectáculos, lo cual aporta un valor agregado al mismo.
Las imágenes audiovisuales, devenidas en decorados funcionales, dotan a la puesta en escena de belleza y objetividad , su carga simbólica y moderna es uno de los primeros indicios del profundo ejercicio de adaptación al que fue sometida la historia original. La marca de un gusto por lo funcional se refuerza en las islas escenográficas que recrean los espacios de acción y sus no menos complicados montajes y desmontajes a vista del público, resueltas con la maestría de un equipo de trabajo que se articula como una maquinaria perfecta. En ocasiones solo aplaudimos el resultado de los actores sobre la escena, pero la dramaturgia espectacular es más amplia y sus verdaderos protagonistas anónimos operan desde las sombras. En esta puesta, vale mencionarlos, alabar sus roles y el enorme trabajo que hacen.
Susana Pérez en la obra teatral "Fresa y Chocolate". Cortesía Yusnel Suárez
Susana Pérez en la obra teatral "Fresa y Chocolate".
Cortesía Yusnel Suárez
La ubicación de la acción en la Cuba contemporánea, posibilita la aparición de nuevos signos y reafirma la universalidad del discurso de la obra en un contexto similar o peor que el escogido por Senel Paz para su historia original. La dramaturgia textual agradece las adiciones realizadas, necesarias para la actualización. La sabiduría con que se han reelaborado los textos y los espacios de acción para el lenguaje del teatro crean un puente perfecto entre pasado y presente, entre texto original, dígase material cinematográfico y adaptación teatral. Los derrumbes, la acostumbrada “lucha” del cubano de a pie, la vida nocturna, el recuerdo de la UMAP, hecho acción dramática y contado en primera persona. Todo encaja y deja, además, espacio a los chistes, la improvisación, todo es permitido siempre y cuando el teatro vibre de emoción.
No hay dudas de que el plato fuerte de una obra teatral son sus actores, sin ellos nada sería posible. En este espectáculo, sobran halagos para reiterar el valor del elenco. Los consagrados Susana Pérez y Alberto Pujols ejercen una vez más su magisterio sobre la escena integrándose al reparto desde la defensa de personajes secundarios que se agigantan por su autenticidad. Aunque la mayoría de los cubanos estamos acostumbrados a disfrutarlos en la televisión o el cine, ambos demuestran una vez más su extraordinaria versatilidad, en lo particular, Pujols, recuerda al actor que un día encontró cobijo y asidero en el “Teatro Musical de la Habana”, y Susana, me transporta a las tablas de “Teatro El Público”, donde la disfruté por primera vez siendo yo estudiante de teatro.
No menos consagrados, Yerlin Pérez, Yuliet Cruz y Roberto San Martín, cada uno transitando desde el humor más criollo a la sobriedad del drama, cada uno con su conflicto, su lucha y su genialidad actoral. Yerlin tiene esa naturalidad para el chiste oportuno, la pausa que te mata de risa, también la mirada que te pone a pensar. Es una digna heredera de las divas del teatro popular cubano que tantas alegrías regalaron a la escena nacional.
Cortesía Yusnel Suárez
La obra teatral "Fresa y Chocolate", en el Teatro Trail.
Cortesía Yusnel Suárez
Yuliet, indiscutiblemente, es una actriz inmensamente querida por los cubanos, dentro y fuera de la Isla, su presencia en los medios y su paso arrollador por “Argos Teatro”, le han valido un puesto de honor en el firmamento escénico cubano contemporáneo. Su desempeño es fabuloso, la sinceridad y limpieza con que aborda su personaje crea conexiones emocionales que rebasan la lástima y la comprensión de su rol. Desde la platea, quieres a Nancy, quieres subir, ayudarla, hablar con ella, hacerte su amigo. Nancy es la mujer-Isla, la que comete errores y rectifica, la que hace lo que le da la gana y es feliz, la que no acepta dogmas y abre sus brazos al mundo como una madre protectora que es capaz de comprender y perdonar. Nancy-Yuliet, es Cuba en resistencia.
Roberto, dibuja con sobrada maestría la caracterización de estos tristes personajes que tanto daño han hecho y siguen haciendo. Todos sentimos el asco y la repulsión por su papel gracias a la verdad con que lo encarna. Hecho a la medida de su histrionismo, el Miguel, de San Martín, se agiganta, a mi juicio, más que el de Francisco Gattorno en la película de 1993, al asumir un discurso contemporáneo que revela sin paños tibios la desvergüenza, el oportunismo, la doble moral, la falta de principios y la degradación de un sistema que no ha dejado de mentir, perseguir y marginar.
Una ovación aparte merece Luis Manuel Bangán, su presencia en la escena teatral de la diáspora cubana en Miami es habitual para muchos seguidores. En este caso particular, Luis Manuel, dotado de un talento indiscutible, redimensiona el personaje de Germán, con su gracia criolla e impecable manejo de los códigos de la comedia; es capaz de hacernos reír sin forzar el chiste, sin trucos farsescos. Nos regala un personaje hermoso, divertido, y desgarrador. Germán necesita a toda costa respirar otros aires aunque se traicione a sí mismo, para él no es tiempo de tener tantos escrúpulos, es tiempo de sobrevivir. Por eso estalla ante Diego y le reprocha sus acciones, al punto de desearle la muerte en la que, para mí, es la escena con más intensidad y belleza de toda la puesta. El dolor que Luis Manuel puso en Germán es el dolor de las pérdidas, de los que han tenido que sacrificar sus principios para salir adelante, de los que se han traicionado a sí mismos para poder escapar, de los que han renunciado a la familia para poder ayudar y amar desde la distancia. Esos son dolores muy profundos que se cargan muy hondo. German no es un “pájaro” más, no es un artista más , German es el símbolo del cubano asfixiado, ansioso por ver otra luz, capaz de lo que sea por un poco de libertad. ¡Bravo! Luis Manuel Bangán.
El binomio creado por Jeffry y Yusnel, en los roles protagónicos, es delicioso. Batista, es dueño de una frescura que encanta y seduce, siendo un soporte que refuerza el rol. Me complace mucho verlo en escena y no solo en la pantalla del móvil en breves situaciones hilarantes. David, es el milagro deseado, la oportunidad de paz y concordia que no llega. David, el hombre nuevo, resultó tan nuevo y tremendamente humano que sus mismos creadores ordenaron su purga, y eso lo captó muy bien Batista, a pesar de no ser hijo de esa época. Con una dicción limpia, una pulcritud en sus acciones y esa chispa de comediante que no puede negar, Batista no solo encarna un David diferente, sino que nos ilusiona al hacernos pensar que toda su bondad se esparcirá sobre la Isla como un encantamiento para acabar con la maldad. Es que hay mucho de Jeffrey en David, su juventud, su sinceridad y hasta una ligera dosis de ingenuidad y picardía.
Yusnel, lleva sobre sus espaldas, la peor parte, el triple rol de actor, director y dramaturgo es como una danza sobre la cuerda floja. Felizmente, una danza que él domina y sabe muy bien sus pasos, sabe cómo mover sus pies para no caer y lograr el balance adecuado. Diego, es un universo de contradicciones, de voces cubanas que claman desde todos los confines del planeta; es un personaje que ha llegado para quedarse definitivamente en el universo literario y cinematográfico de la Isla. Hacer el papel de Diego no es una tarea fácil, el actor corre el riesgo de quedar aplastado por tanta tristeza y dolor. Suárez lo logra, le da vida desde sus propias experiencias, desde el dolor que sabe suyo y de todos. Este Diego, sabe lo que es el exilio, la añoranza, por eso es tan incisivo, tan brusco a veces en el decir. El Diego de Yusnel, no se limita a contarnos hechos de una Cuba pasada, no es sólo un hombre culto que alfabetiza a los más jóvenes dejando en ridículo al Sistema. Es un Diego salvador que advierte sobre el dolor de la partida y el desarraigo, y vas nos insta a permanecer, a luchar. Aunque él no sabe lo que se siente estando lejos de la Patria, Yusnel sí lo sabe, y entonces, muchas veces en escena ya no es Diego quien dialoga, sino Yusnel, sin normas, sin frenos, sin darse cuenta que es pura ficción, pero es su momento de gritar, de decir que la asfixia es real, que la lucha no puede cesar y que nos merecemos algo mejor.
Guiar un colectivo teatral tan diverso implica muchos retos. Imagino las largas jornadas de ensayo, las mareas de criterios y la búsqueda de consenso, así pasa siempre, pero vale la pena, cada vez que al final de la función el público premia con aplausos el trabajo. Es por eso que, aunque no me corresponda, lo voy a decir: ¡Misión cumplida, Yusnel Suárez!
Fresa y Chocolate, vuelve convertida en obra teatral, en refrescante tono de comedia y teatro musical. ¿De qué otra forma se puede ser tan profundo y visceral si no es desde la risa reflexiva?
Sobran los elogios, y estas letras, no recogen más que el impulso de quien necesitaba expresar gratitud por lo vivido. Gracias, Yusnel y equipo de trabajo, por entregarnos un pedazo de Patria, rota, deshecha, pero Patria al fin. Gracias, Fresa y Chocolate, por tu sabor a libertad.