MIAMI.- El artista de la plástica Ramon Eduardo Haiti Filiu, de visita en la ciudad de Miami, recibió a DIARIO LAS AMÉRICAS dispuesto a contar su historia en la compañía de un buen cafecito. Hace alrededor de 10 años, varios azares llevaron al pintor cubano a instalarse en Noruega, donde en verano los días son eternos y en invierno reina la oscuridad.

A estos contrastes, la diferencia cultural, de idioma y clima, Haiti Filiu ha sabido adaptarse gracias a su sensibilidad para comunicarse a través de las artes plásticas. Con su sencillez e innegable talento se ha ganado el respeto de los noruegos.

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Un viaje lleno de sorpresas

En el 2006 tenía planeado viajar a Argentina para participar en una exposición, pero la oportunidad no se dio y en cambio recibió una invitación para exponer sus piezas en Noruega.

“Una profesora noruega de Lengua Española me comentó que había un festival de latin jazz en Bodø, una ciudad muy al norte de Noruega, y una Universidad era la encargada de planificar y organizar todo. Por primera vez se iba a invitar un artista plástico, pues era un festival de música y por tanto no había un local o una galería especial para mí”, contó Haiti Filiu, que ha tomado clases en la Escuela de Arte Paulita Concepción, la Academia San Alejandro y el Instituto Superior de Arte de La Habana.

“Ese primer viaje fue algo surrealista desde que salí de Cuba hasta que llegué a Noruega, porque los cuadros no llegaron conmigo. Normalmente se hace un chequeo en el aeropuerto. Iba con mis planillas y le digo a la funcionaria, ‘mira, esas son obras de arte’, y me dice ‘no hay problemas no tienes que hacer nada más’. Me monté en el avión, pero cuando pasaron la valija vieron que eran obras de arte y las retiraron, me llamaron por todas partes y ya yo estaba sentado en el avión”, relató.

Entonces apareció una especie de ángel. “Me encontré una señora muy simpática, delgada, como de unos 70 años, hablaba como cuatro idiomas, muy maquillada, vestida con un sobretodo de piel blanco y negro, medallones y sombrero. Cuando le expliqué todo, ella me pidió hacerle un dibujo y me dio un beso en la boca. Había bebido mucho. La aeromoza tuvo que buscarla en el baño a punto de aterrizar en Oslo”, recordó el pintor.

“Cuando esa señora se enteró de que mis obras no llegaron a Oslo, discutió en el aeropuerto, dijo de todo, hicieron unas planillas y nos despedimos. Gracias a esa gestión la aerolínea se encargó absolutamente de todo y me dejaron mis pinturas en la puerta de la Universidad”, recordó el pintor, que tuvo que trabajar contra reloj para montar sus piezas en los bastidores.

“La exposición comenzaba a las dos de la tarde y yo como a la una y media llevé mi último cuadro”, agregó.

El artista agregó que su obra “solamente iba a estar en el lobby del Radisson SAS Hotel, que era la sede entonces de toda la exposición. Fue increíble, se vendieron casi todas; llevé como 19 obras, y solo quedaron dos o tres cuadros”.

Una de las piezas que restaron de esa exhibición fue comprada para un centro psiquiátrico, algo que al pintor le pareció muy peculiar. “Fue extraño, pues la idea de ese cuadro para mí no tenía que ver nada con un psiquiátrico, pero gustó y ahí está; es una mujer casi desnuda con un fondo verde”, afirmó el artista entre risas.

Enamorado de Bergen

Desde la primera vez que pisó ese país nórdico, su arte atrajo las miradas de entusiastas y críticos de arte.

“Tengo obras en varias galerías y cuando hago una exposición se llena, tiene muy buena acogida. Es algo increíble: hacen cola para comprar las obras, gustan mucho y creo que es por el colorido”, comentó. Y el pintor, a su vez, devuelve a los noruegos ese cariño y respeto por la cultura que lo acogió y que se ha convertido en su segunda patria.

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La obra Anillos de mar.
La obra Anillos de mar.

“Cuando fui a Berguen yo me dije ‘esta es mi ciudad, me encanta’, y me quedé allí”, dijo Haiti Filiu.

Desde su taller en Bergen, segunda ciudad más grande del país y rodeada por siete montañas, se ve uno de los emblemáticos fiordos. “Cuando entro a mi taller me relajo, me paso allí casi todo el tiempo. Ahí van a verme, me llaman. Es un local enorme donde hay varios artistas, músicos, escultores”, contó. Allí el artista cubano defiende su pasión por lo que mejor sabe hacer, y se considera afortunado al vivir de sus creaciones, algo que en estos tiempos resulta un desafío para muchos artistas.

La pasión de una espátula que acaricia y hiere las texturas, el uso de distintas técnicas que acentúan su poética visual y la fuerza de sus imágenes que por momentos sugieren entes afrocubanos, definen su peculiar sello.

En sus paseos en bicicleta se alimenta de la arquitectura, de historias ajenas, y del dorado de los eternos días de verano, en los que se puede tomar un baño de sol en plena medianoche.

Pero no olvida a su isla caribeña, donde nació su amor por la pintura e impartió clases de artes plásticas y escultura por varios años, además de presentar su obra en diversas exposiciones. “Mi padre se llamaba Ramón Haití, escultor también, de la época de los años 70. Él fue del Grupo Antillano, fundado por Wifredo Lam. Tuve como primer profesor e influencia a mi propio padre”.

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Las piezas El jardín de Elegguá (izq) y El guía (der).
Las piezas El jardín de Elegguá (izq) y El guía (der).

Como aseguró, “siempre busco elementos que me lleven a nuestra cultura. De nada me sirve con la cultura noruega porque no soy noruego, mi pintura es muy caribeña. No he cambiado mi manera de pintar. He enriquecido más mi técnica. Yo pinto con óleo, con espátula, utilizo elementos adyacentes que agrego a las pinturas, así que es una técnica mixta. Uso yute, textiles. La textura se vuelve algo tridimensional. Como soy escultor, puedo explorar la profundidad del cuadro. Siempre me han gustado el impresionismo y las pinturas apasteladas”, explicó el pintor, que tiene entre sus planes exponer en Wynwood, Miami.

Cuba aflora en la intensidad de sus colores, sus juegos con máscaras que por momentos recuerdan a deidades yorubas, sus alusiones directas a Eleggúa, la inclusión de las polimitas (caracoles endémicos de la isla, considerados los más bellos del mundo), los gallos, y en el movimiento sensual de cuerpos que se descomponen, se entrelazan en una especie de baile sobre el lienzo.

“Reflejo cómo vivimos los seres humanos, la relaciones, el lenguaje que tenemos. Como no soy escritor, me expreso con formas, símbolos. Utilizo muchas características y estilos de pintura que recuerdan a Wifredo Lam, aunque no simbolizo mucho los elementos afrocubanos. Es un lenguaje de nuestra vida, que es bastante corta; es la relación humana entre hermanos, amigos, familia. Cada persona es un gran universo”, aseveró el artista, que suele hacer obras de gran formato.

“Hay lecturas de la gente que me asombran muchísimo. Es muy divertido escuchar sus interpretaciones, lo que me dicen. Cada persona es un individuo, y eso tiene que ver con lo que pinto. Entonces eso me da pie para hacer otro cuadro”, relató el pintor, que atesora entre sus recuerdos el día en que una mujer le agradeció haber creado un cuadro que estaba hecho para ella.

“Una vez se me acercó una mujer que había tenido cáncer y se enamoró de una de mis obras, llamada Apoyo en sí mismo. El médico le había recomendado que se apoyara en sí misma. Se identificó tanto con ella que se la llevó”, dijo.

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La pieza Apoyo en sí mismo.
La pieza Apoyo en sí mismo.

“Tengo siempre una libretica y estoy dibujando”, afirmó. La inspiración de Haiti Filiu no se detiene; fluye como los vientos nórdicos, brilla como el agua de los fiordos y repiquetea como los tambores batá.

Para ver sus trabajos, puede visitar el sitio: http://ramonhaitifiliu.com/es.

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