miércoles 9  de  septiembre 2026
MÚSICA

Rey Ruiz, una voz que conquista el infinito

En Insuperable, el artista cubano renueva grandes clásicos y confirma la madurez de una voz que trasciende géneros y generaciones

Diario las Américas | YALIL GUERRA
Por YALIL GUERRA

No todos los días nace una voz capaz de conquistar corazones al compás de la salsa. Cuba dio al mundo una de ellas: potente, aterciopelada, precisa y reconocible desde la primera frase. Rey Ruiz estudió guitarra en La Habana y, después de emigrar, emprendió una travesía artística que lo llevaría a ocupar un lugar destacado en la historia de la música tropical.

Su álbum Insuperable, publicado en 2023 por Luna Negra Productions, ofrece una magnífica oportunidad para reencontrarnos con un intérprete que, lejos de descansar sobre sus éxitos, continúa explorando nuevos territorios. A través de ocho clásicos del repertorio latinoamericano e internacional, Ruiz se aparta momentáneamente de la salsa romántica que lo consagró para dialogar con el bolero, el filin, el jazz, la música sinfónica, el cha-cha-chá, la guajira y hasta el tango.

El recorrido comienza con “Si me comprendieras”, bolero de José Antonio Méndez que pertenece a la época dorada del filin cubano, aquel movimiento surgido en La Habana durante la década de 1940, cuando la canción comenzó a vestirse con armonías tomadas del jazz y una sensibilidad más íntima y confesional. En esta versión, el bolero adquiere el elegante impulse rítmico del swing, sostenido por una sonoridad orquestal que evoca las grandes producciones de Frank Sinatra.

La producción de Insuperable estuvo a cargo del propio Rey Ruiz, junto a José Aguirre. José Aguirre —trompetista, arreglista y director musical vinculado a agrupaciones como el Grupo Niche y la Cali Big Band— desempeñó un papel fundamental en la concepción sonora del proyecto, contribuyendo a ese equilibrio entre la tradición tropical, la elegancia del jazz y una sonoridad orquestal cuidadosamente elaborada.

A esta apuesta artística se suma un nombre de enorme prestigio en la industria discográfica: Humberto Gatica, responsable de la mezcla y masterización del álbum. Su trayectoria está ligada a grabaciones de figuras como Michael Jackson, Céline Dion, Andrea Bocelli y Michael Bublé, una experiencia que se percibe en la claridad, amplitud y refinamiento sonoro que distingue a Insuperable.

“El amor es libre”, del compositor argentino Ricardo Ceratto, preserva su esencia cubana mediante una guajira-son de pulso melancólico. El arreglo de metales aporta fuerza y luminosidad, mientras una inesperada modulación abre el paisaje sonoro y prepara la entrada de la guitarra española. Por un instante, la música cruza el Atlántico y nos conduce hacia España, raíz ancestral que aquí conversa con el Caribe sin perder naturalidad.

La atmósfera cambia con “Luna negra”, de Ricardo Quijano. Desde su introducción, oscura y contenida, la orquestación captura la tristeza profunda del texto. Esta canción, emblemática en la trayectoria de Ruiz, renace bajo una luz distinta: una lluvia de arpegios desciende desde el piano mientras las cuerdas sostienen largas notas y trémolos que parecen estremecer el aire. El arpa, el corno inglés y la gravedad de los trombones completan un paisaje de nocturna belleza. Más que una nueva versión, es una recreación capaz de revelar otros matices de una obra conocida.

“Smile”, de Charles Chaplin, con letra de John Turner y Geoffrey Parsons, nos reserva una de las sorpresas más cálidas del álbum: la participación de Laura Ruiz, hija del cantante. Como reza el viejo refrán, lo que se hereda no se hurta. Atreverse con esta canción después de tantas versiones memorables —entre ellas la entrañable interpretación de Natalie Cole— supone entrar en un territorio exigente. Sin embargo, padre e hija consiguen hacerlo suyo.

La adaptación tropical no solo destaca por su riqueza rítmica. El verdadero centro se encuentra en el diálogo vocal: dos generaciones unidas por la música, escuchándose y respondiéndose con complicidad. Ambos realizan un trabajo de primera línea y la última palabra, “smile”, queda suspendida como una sonrisa inconclusa. El final llega demasiado pronto y nos deja deseando escuchar más.

Con “Noche de ronda”, de Agustín Lara, regresamos a un tiempo en el que el amor parecía guiar el quehacer humano; una época en la cual enamorarse, entregarse y decir “te amo” no eran gestos que debieran ocultarse. Ruiz prolonga cada nota con un vibrato singular, amalgamando dominio técnico y emoción sin caer en excesos.

La sección de vals nos transporta a los salones europeos del siglo XIX, aunque la interpretación nunca pierde su identidad hispanoamericana. Es música ajena al paso del tiempo: dentro de veinte años podremos volver a escucharla y seguirá haciéndonos sentir en casa. Aquí, la voz de Ruiz alcanza el color, la proyección y la nobleza de un tenor, demostrando cuánto ha madurado su capacidad interpretativa.

“Quién”, de Charles Aznavour, despliega una orquestación rica en acordes y transiciones, capaz de hacernos olvidar por unos minutos los pesares cotidianos. El bolero sostiene la primera sección y el cha-cha-chá irrumpe en el estribillo, transformando el lamento en movimiento. Más adelante aparece el vibráfono, cuyo color transparente abre espacio para que la voz dialogue con las flautas y los metales. Las trompetas con sordina añaden elegancia sin invadir el discurso ni fatigar el oído.

El sabor del cha-cha-chá vuelve a deslumbrarnos en “Corazón, corazón”, de José Alfredo Jiménez. Concebida con el brillo de una gran banda de jazz latino, esta lectura consigue un delicado equilibrio entre tradición y contemporaneidad. La voz se entrelaza en un dúo a intervalos de tercera, mientras un breve solo de flauta recuerda a aquellos instrumentistas que hicieron de este género una expresión de gracia, ligereza y picardía.

Aunque la presencia del bongó se aleja por momentos del color más tradicional del cha-cha-chá, la fusión funciona y aporta una energía renovada. En sentido general, Ruiz logra vestir este clásico con un sabor propio, sin borrar la memoria de la canción original.

Como cierre, aparece “Uno”, célebre tango de Mariano Mores y Enrique Santos Discépolo. El bandoneón, con su sonido herido y nostálgico, se funde con el danzón y con la amplitud sonora de la jazz band. El resultado es un híbrido sorprendentemente orgánico: Buenos Aires y La Habana parecen encontrarse en una misma esquina musical.

Una modulación eleva la tesitura y lleva al cantante hacia una zona de mayor intensidad. Ruiz responde sin dificultad, conservando intactos el color, la potencia y la calidad de su voz. El acorde abierto del final no ofrece una conclusión definitiva; queda flotando en el aire, como una puerta entreabierta que invita a continuar escuchando.

Rey Ruiz pertenece a ese reducido grupo de intérpretes capaces de transitar con autoridad por la salsa, el bolero, la balada, el cha-cha-chá, la guajira y otros géneros sin perder su identidad. Su vibrato emerge controlado y prolongado; su fraseo sabe cuándo acariciar una palabra y cuándo levantarla con toda la fuerza de su garganta.

La evolución de este gran artista cubano, convertido ya en una figura internacional profundamente querida por el público hispano, demuestra que el verdadero talento puede sobrevivir a los altibajos, las modas y las exigencias de una industria musical siempre cambiante.

Aunque no tuvo a su alcance el público de su país natal para crecer profesionalmente, Rey Ruiz encontró otras multitudes que lo recibieron, lo abrazaron e hicieron de su voz refugio, memoria, lecho de amor y también pista de baile.

Rey sigue teniendo mucho que ofrecer y seguramente continuará haciéndolo, más allá de lo que dicten el mercado o las tendencias. Porque un artista como él no vale únicamente por las cifras que alcanza, sino por aquello que su voz logra conquistar.

Y la voz de Rey Ruiz, cuando canta, parece conquistar el infinito.

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