La Declaración de Caracas es sin duda un nuevo impulso democrático para Venezuela y un soplo de esperanza para los venezolanos que necesitan -hoy más que nunca- sentir el apoyo de la comunidad internacional. El texto firmado por 27 expresidentes de países democráticos viene a suplir el ejercicio de oposición interna que con tantas dificultades apenas se está pudiendo desarrollar bajo la bota del chavismo.
Con Leopoldo López, Antonio Ledezma y Daniel Ceballos encarcelados, acciones como la de estos dirigentes políticos o las multitudinarias marchas del fin de semana pasado ayudan a mantener viva la esperanza de que otra Venezuela es posible.
Chocan sin embargo algunos silencios muy ruidosos de mandatarios latinoamericanos que han sido muy activos en el pasado a la hora de denunciar abusos autoritarios y que en esta ocasión no han pedido tajantemente la liberación de los presos políticos. Es el caso de la presidenta chilena, Michelle Bachelet, y de la brasileña Dilma Rousseff.
El español José María Aznar, el colombiano Andrés Pastrana, el mexicano Felipe Calderón o el chileno Sebastián Piñera, juntos con el resto de expresidentes, están dando una lección de coraje y compromiso denunciando la anomalía democrática venezolana encarnada en las figuras de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello.
El hecho de que el chavismo no esté dando muestras de cambio, no debe desanimar a los expresidentes ni a los ciudadanos en su insistente labor de denuncia. Como ha repetido tantas veces Leopoldo López, “el que se cansa pierde” y no es este el momento para desfallecer. Estamos convencidos de que con la persistencia en la denuncia, la democracia acabará imponiéndose y veremos a López, Ledezma y Ceballos paseando en libertad por una renovada Venezuela.