Un cambio que, por un lado, parece que va a ser una versión un poquito reforzada de la claudicación de Barack Obama hace unos diez años, algunos insinúan que será económico, para que los exiliados podamos viajar a la isla, y, por otro lado, nos dejan ver la solución que los libres deseamos: la remoción de toda esa pandilla de asesinos creadores de pobreza.
Pero de que habrá un cambio, lo habrá. Por un lado, por mucho aguante que tengan los cautivos, su expulsión de la civilización e introducción en la comunidad primitiva los va a hacer llegar al punto de no retorno y tomar las calles y recuperar el poder sobre sus destinos. Les digo esto porque en la isla hay millones de madres, desde las de bebés de meses hasta las de jovencitos a punto de ser raptados por el Servicio Militar Obligatorio. Y lo digo porque pienso en mi madre: si ella me hubiera visto llorar por hambre, ahogarme de asma sin que me atendiera un médico, dormir entre mosquitos, con calor, a oscuras, mi madre le hubiera prendido fuego al bosque, como se decía en mi Cuba.
Por otro lado, Trump y Rubio han puesto su atención en el manicomio insular. Por primera vez en estos sesenta y siete años, se ha sentado en la Oficina Oval un elefante en una cristalería. Les decía el otro día: Trump es muy negociador, pero como buen empresario toma decisiones cuando la conversación no rinde frutos, cuando lo embaucan para ganar tiempo. Así lo hicieron Maduro y los iraníes, y miren dónde están. Así lo están haciendo los que negocian con él a nombre del clan de los Castro. Cuando Trump se dé cuenta de que lo único que buscan es ganar tiempo, el cielo de La Habana se va a parecer al de un 4 de julio en Miami. “Suave pa que se te dé”, decían en la Cuba posterior a mi partida.
Y hablando de Cubas, de las Cubas que todos perdimos. Ese es un tema sobre el que debemos empezar a conversar ahora que sabemos del cambio que se avecina. Ahora que, ante la total destrucción de lo que era una nación próspera, sabemos que tendremos que subirnos las mangas y entrarle de lleno a la reconstrucción de lo que queda de país.
Y en esto nos topamos con un problema: ¿cuál Cuba vamos a reconstruir?
Cada uno de nosotros ha tenido una Cuba diferente. Los que huyeron en 1959 dejaron detrás un país en el que, materialmente, todo funcionaba. Como digo en mi libro Se acabó la diversión, había pobreza, mucha, pero también había mucha riqueza y el país avanzaba hacia el desarrollo. Los que se fueron entre 1959 y 1960 abandonaron una isla que, aunque ya avanzaba hacia el manicomio en que la convirtió Fidel Castro, todavía funcionaba.
Dejaron una Cuba con industrias, agricultura, comercios, servicios públicos, con una economía autosuficiente. Faltaba mucho para ser un país desarrollado, con servicio eléctrico en los campos, pero así estaban también, por entonces, México, España y casi todo el resto del mundo.
Esa primera generación del exilio llegó a un Miami que era un pueblo de retirados. Llegaron con la esperanza de un pronto regreso a su próspera isla. Pensaban que los cubanos que adoraban a ese Orador Orate pronto abrirían los ojos. Cuando no los abrieron, mandaron a sus mejores hijos a luchar por una Cuba libre. Los mandaron a las arenas de bahía de Cochinos. Cada Navidad decían: “La próxima en La Habana”.
Luego les siguieron otros que se quedaron atrapados o que después del entusiasmo inicial reconocieron lo que significa el totalitarismo comunista para la existencia humana. Se fueron entre 1961 y 1970. Dejaron atrás un manicomio disfuncional, un país que sobrevivía gracias a los multimillonarios subsidios de la Unión Soviética. Un país que todavía conservaba la mayor parte de su infraestructura en pie, aunque ya con el racionamiento de alimentos y productos, gracias a la ineficiencia del comunismo. Dejaron atrás un país en el que el Orate hablaba de todo y sus represores reprimían a todos.
Luego vino la otra década, la de 1970. Ahí nací yo, en la avenida Ayestarán, en La Habana. En un edificio que se llamaba GACCE. Nunca supe qué quería decir este nombre porque nunca conocí a la persona que puso su capital para construir un edificio y vender o rentar sus apartamentos. El Orador Orate se lo confiscó, e imagino que este cubano robado por su gobierno se exilió como uno más de los que les acabo de contar.
Uno de mis primeros recuerdos en ese edificio, debo haber tenido como cuatro años, era bajar las escaleras a recoger un litro de leche. A sacarlo de una caja de alambres que contenía doce litros de leche. Alguien, imagino que un lechero, lo dejaba en la puerta del GACCE, frente a una transitadísima avenida habanera. Nadie se robaba un pomo y alguien te lo dejaba en la puerta.
Cuando eso la locura castrista llevaba apenas unos quince años. Yo crecí y crecí, y con once años vi cómo más de cien mil cubanos se abarrotaban en unas lanchas para escapar de esa locura, mientras otros cientos de miles los apaleaban, violentaban, ofendían y les lanzaban huevos. Todavía había huevos, tanto de los valientes que se subieron a las lanchas como de los cobardes que les lanzaban los proyectiles avícolas.
Crecí y crecí. Durante todos los años 80, el Orate se la pasó hablando de un desarrollo que nunca llegaba, de no pagar una deuda externa que yo no había adquirido y de un “internacionalismo proletario” que mandaba a mis vecinos a matar africanos en África. Terminé esa década con la certeza de que mi futuro no estaba en esa isla “soberana y digna”, pero como me gustaban tanto las chicas, pospuse el pensamiento y me dediqué a lo mío.
Y lo mío me trajo una hija, una hijita divina. Y con una hija tú dejas de ser el centro de tu vida. Justo ahí la suerte del Orate tuvo una crisis y desapareció el socialismo soviético. Desaparecieron los subsidios que mantenían medio a flote el manicomio y su tozudez, intransigencia ideológica y perversidad nos metieron en un caos al que él llamó “período especial”. Hambre, apagones y palos. También le agregó prostitución y asesinatos.
En agosto de 1994 miles de cubanos valientes salieron a las calles a pedir libertad. Otros miles de cubanos, cobardes, los reprimieron brutalmente. Irse de la isla se convirtió en la principal aspiración de una buena parte de la juventud cubana, entre ellos quien les habla. Unos se subieron a un remolcador y fueron asesinados por esos mismos cobardes. Asesinaron a madres y niños, sin piedad.
Hora de irse o de morir. Yo me fui. No me enorgullezco, pero siempre soñé con ser libre. Junto a mí, cada quien por su lado, se fueron casi todos mis amigos, conocidos, compañeros de clase y hasta algún hijo de puta enemigo. Todos dejamos esa Cuba, que no era la de los que se fueron en 1959 o en 1980, era la nuestra.
Luego vinieron otras Cubas, para los que se quedaron y para los que nacieron en estos últimos veintiséis años, los que han transcurrido entre el año 2000 y el día de hoy. Ellos han vivido una Cuba que yo no he vivido. Solo he visto y leído sobre ella. He visto y leído que en estas últimas décadas el país que yo dejé, lejos de mejorar, solo hizo empeorar. Primero el Orate, luego su hermano acomplejado y después la Junta Militar que hoy la desgobierna llevaron a Cuba en una espiral constante hacia la catástrofe humanitaria que hoy hunde a sus cautivos.
Esos cautivos, muchos de los cuales escaparon durante la política migratoria cómplice de Joe Biden, dejaron una Cuba muy diferente a la que yo dejé. Dejaron un país improductivo y opresor, en el que ellos siempre fueron ciudadanos de segunda. Rectifico: solo eran de segunda, no eran ni siquiera ciudadanos.
Ahora tenemos delante la próxima e inevitable reconstrucción. No está de más preguntarnos qué Cuba vamos a reconstruir, porque es un hecho que ninguna de las anteriores será la que surja después de esta destrucción que ha durado sesenta y siete años.
Será una nueva Cuba, con virtudes y defectos como la que el comunismo destruyó. Indudablemente, por muy mal que la reconstruyamos, será una Cuba mejor que la desdichada que es hoy. Más que una reconstrucción, será una refundación, pero empecemos a pensar cuál Cuba queremos porque, al día de hoy, cada uno de nosotros viene de una Cuba diferente.