Estados Unidos enfrenta amenazas que no provienen únicamente del exterior, sino también del debilitamiento de los valores, instituciones y principios que hicieron posible su grandeza. La polarización, el populismo y el avance de ideologías históricamente fracasadas exigen una ciudadanía consciente de que la libertad y la prosperidad nunca están definitivamente garantizadas.
Hace unos días, mi amigo Luis Fernández, abogado, hombre de gran talento y profunda humanidad, un enamorado de la grandeza de este generoso país, me envió copia de una conversación que sostuvo con una amistad de muchos años, en la que ambos expresaban preocupación por el futuro de Estados Unidos, mientras se preguntaban si sus nietos tendrían que aprender el idioma chino, recomendación que no descarto, pero que recibo con gran pesar.
Después de la lectura, llegué a la conclusión de que comparto las consideraciones de los dos amigos. Todavía más, cuando hacen alusión a un comentario atribuido al presidente Ronald Reagan de que “la libertad se puede perder en la próxima generación”, me entran escalofríos, ya que es un pronóstico que advierte del probable final de la forma de vida que nos ha conducido a un estado de bienestar imperfecto, pero más que satisfactorio.
Luis, colocando todo en el fuego, recuerda cómo fueron desapareciendo los grandes imperios de la historia al involucrarse en guerras interminables, conflictos internos e irresponsabilidad fiscal, además del debilitamiento de sus instituciones, dolorosas realidades que nos amenazan.
Cierto es que Estados Unidos es muy diferente a los imperios del pasado. Su sentido de la solidaridad, su comprensión de las diferencias y hasta su uso de la fuerza, que no comprende la ocupación de los más débiles, sino la promoción de cambios que favorezcan mejores condiciones de vida, son distintos. No obstante, sigue siendo un poder hegemónico que contraría intereses, incurre en injusticias y cosecha enemigos.
La charla entre Luis Fernández y su amigo fue realmente interesante y ruego que sus preocupaciones nunca se hagan realidad. Pero creo firmemente que el ciudadano medio estadounidense debe tomar conciencia de lo que tiene y de lo que puede perder si no asume una participación activa y responsable en la gestión pública.
Temo que la falta de atención a los valores tradicionales de la nación, entre los que destacan la tolerancia, el respeto a las diferencias, la libertad individual y la igualdad de oportunidades, cualidades que todos deberíamos cultivar, haga que estos no se respeten como en el pasado. Además, se aprecia un serio deterioro del respeto al trabajo y de la voluntad de progreso, condiciones que hicieron notable a este país, atributos que lo han alejado siempre de purgas y gulags al estilo soviético. Son factores cuyo deterioro conduce inexorablemente a tener nietos pobres de abuelos que fueron ricos y tuvieron hijos parásitos.
Terminado el comentario sobre la conversación de mi amigo Luis, quiero señalar que también me alarma la inclinación de algunos sectores de la política estadounidense hacia el populismo más ramplón, una particularidad que conduce a los pueblos a una confrontación en todos los campos y desgarra profundamente a los países. Es una situación sobre la cual Alexis de Tocqueville advirtió en su obra La democracia en América, al señalar que uno de los grandes peligros para el futuro de Estados Unidos no vendría necesariamente de una amenaza externa, sino de las fracturas internas y de nuevas formas de despotismo.
Le temo a los extremos, sean de derecha o de izquierda. En su momento me alarmé, y lo sigo estando, cuando los neoyorquinos eligieron a Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad de Nueva York. Igualmente, me inquieta el auge de facciones del Partido Demócrata que se identifican como socialistas. Y es que no comprendo que la utopía más fracasada de la historia de la humanidad siga siendo, a pesar de sus más de cien millones de muertos, incontables frustraciones y desencantos, una propuesta electoral viable. Sobran personas que eligen ser ciegas y sordas ante la realidad, como todavía hay quienes niegan que campos de la muerte como Auschwitz-Birkenau y Treblinka, entre muchos otros, hayan existido y causado la muerte de millones de personas.
No obstante, hay que asumir, como mi madre siempre me dijo, que los peores ciegos y sordos son los que quieren serlo. Y, al parecer, el mundo está lleno de incapacitados con títulos universitarios y talento suficiente para hacerse ellos mismos la soga con la que van a ser colgados, como se atribuye a Lenin. Porque publicar un documento celebrando el centenario del nacimiento del verdugo mayor de las Américas, Fidel Castro, como han hecho los Socialistas Democráticos de América, significa que siguen atados a ideologías que destruyen la dignidad humana, propuestas que hasta las repúblicas bananeras están dejando en el pasado.
Conclusión
La historia demuestra que ninguna nación, por poderosa que sea, está exenta de decadencia. Preservar la libertad estadounidense requiere responsabilidad ciudadana, respeto a sus valores fundamentales y rechazo a los extremismos que dividen y empobrecen a las sociedades. El futuro dependerá, en buena medida, de nuestra capacidad para reconocer esas amenazas antes de que sea demasiado tarde.
Autor
Pedro Corzo es un historiador, ensayista, periodista e intelectual público cubano especializado en historia política de Cuba y América Latina, con una trayectoria profesional de varias décadas en investigación, medios de comunicación y producción documental. Es colaborador habitual de importantes medios en español como El Nuevo Herald, La Prensa, El Mundo y Montonero, así como de múltiples plataformas digitales enfocadas en análisis político y memoria histórica. Corzo es conductor del programa Opiniones en WLRN Canal 17, donde lidera debates y conversaciones en profundidad sobre temas políticos y sociales contemporáneos. Ha producido 16 documentales históricos, entre ellos Zapata, Boitel vive, Los sin derechos, Muriendo a plazos y Las torturas de Castro, muchos de los cuales abordan la represión política, el exilio y la resistencia. Es autor de 23 libros, entre ellos Guevara: Anatomía de un mito, El espionaje cubano en Estados Unidos y La República que perdimos, y actualmente se desempeña como vicepresidente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio y del PEN Club Cubano en el Exilio.
Publicado originalmente en el Instituto de Inteligencia Estratégica de Miami, un grupo de expertos no partidista especializado en investigación de políticas, inteligencia estratégica y consultoría. Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Más información del Miami Strategic Intelligence Institute en www.miastrategicintel.com