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MIAMI.- No son pocos los que creen que las fuerzas opositoras al Gobierno de Donald Trump han desatado una “cacería de brujas”, pero cuando vemos a quien fue jefe de campaña, Paul Manafort, ser detenido y acusado de sobornar a un testigo de la supuesta interferencia rusa, las cosas podrían comenzar a tomar otro color.

Según el fiscal especial Robert Mueller, el encarcelamiento de Manafort es necesario “para que no influya en los testigos” que acudirán a su juicio.

No obstante, el exjefe de campaña de Trump negó rotundamente las acusaciones y se declaró “no culpable” de los cargos presentados por Mueller.

“Ese encarcelamiento significa una victoria para el fiscal especial, quien ha tratado de documentar que Manafort es culpable de conspiración para obstruir a la Justicia y de entorpecerla”, opinó a DIARIO LAS AMÉRICAS Charlie Anderson, profesor de ciencias políticas de George Washington University.

De esta manera, Manafort tendrá que esperar en la cárcel a ser juzgado por su aparente relación con la trama rusa durante las pasadas elecciones presidenciales.

Mueller añadió al expediente de Manafort los cargos de conspiración para obstruir a la Justicia y de entorpecerla, que se suman a los que ya enfrentaba desde octubre pasado, cuando fue detenido por 24 horas y enviado a casa bajo libertad condicional: conspiración para lavado de dinero, no presentar informes de cuentas en bancos del exterior, ser un agente extranjero no registrado y falsedad al declarar.

El fiscal independiente también atribuyó esos delitos a Konstantin Kilimnik, el hombre de confianza de Manafort en Ucrania y vinculado directamente con el Kremlin, que se vio afectado por primera vez en la instrucción del caso.

Según la investigación de Mueller, “ambos trataron de persuadir de manera corrupta a dos testigos entre febrero y abril pasado para influir en los testimonios oficiales en relación al caso ante el tribunal federal del Circuito del Distrito de Columbia”.

“Vaya, qué resolución tan dura para Paul Manafort, que ha representado a Ronald Reagan, Bob Dole y muchas otras importantes personalidades políticas y campañas”, tuiteó Trump al conocer la noticia.

“No sabía que Manafort era el jefe de la mafia”, Trump dijo con ironía. “¿Qué hay de Comey, la torcida de Hillary y todos los demás? ¡Muy injusto!”, recalcó.

No obstante, hay quien opina que no se trata de ser injusto, sino de realista. “No se puede tapar el Sol con un dedo ni podemos juzgar en base a lo que un individuo pudo haber hecho bien antes. Tampoco debemos perdonar a alguien porque haya otras personas que no han sido juzgadas por presuntos delitos. La vida, y la humildad, nos enseña a tomar las cosas como son”, opinó el académico de ciencias políticas.

Dos juicios

El proceso contra Manafort es complicado porque es producto de la trama rusa, pero no está relacionado directamente con las actividades que pudo haber desempeñado entre junio y agosto de 2016 como jefe de la campaña del ahora mandatario, de donde dimitió tras descubrirse que había ocultado el cobro de 12,7 millones de dólares por asesorar a Yanukóvich.

De cualquier manera, Manafort tendrá que encarar en los próximos meses dos juicios: uno fijado para el 24 de julio en Virginia y otro que comenzará el 17 de septiembre en Washington, siete semanas antes de las elecciones legislativas de noviembre.

“Podríamos tener el resultado del primer juicio antes de las elecciones del 6 de noviembre y eso podría ser decisivo para muchos votantes”, anotó Anderson.

Una decisión en contra de Manafort podría ser interpretada como una descalificación para Trump y por ende el Partido Republicano que se juega la supremacía en ambas cámaras del Congreso de la nación.

Si el segundo juicio es resuelto antes de la elección, el efecto sería aún más influyente. Todo depende de quien logre imponer su versión de los hechos.

De hecho, el fiscal independiente Mueller, que fue asignado por la secretaría de Justicia, investiga desde mayo de 2017 supuestos lazos entre miembros de la campaña de Trump y el Kremlin para interferir en las elecciones de 2016.

El exjefe de campaña, según Mueller, trabajó entre 2006 y 2017 para Gobiernos extranjeros, incluido el Ejecutivo prorruso del expresidente ucraniano Víktor Yanukóvich (2010-2014) y otros oligarcas rusos, a los que ayudó a mejorar su imagen en Washington sin comunicárselo al Gobierno de EEUU, lo que constituye un delito.

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