A los 67 años y después de haber sido primera dama de los Estados Unidos durante ocho años, ganado un asiento en el Senado federal por Nueva York y llevado las riendas de la política exterior de Washington como secretaria de Estado, Hillary Rodman Clinton decidió aspirar a la Casa Blanca por segunda ocasión.
Los reflectores y la controversia nunca han abandonado a Hillary, una de las figuras más reconocidas de la política nacional: del caso Mónica Lewinsky, con quien su esposo, el entonces presidente Bill Clinton, le fue infiel en la Casa Blanca, a la muerte del embajador de EEUU en Bengasi, Libia, durante un ataque.
Cuando hizo el anuncio de su primera candidatura al boleto demócrata el 20 de enero de 2007 -finalmente fue derrotada por Barack Obama, por entonces un casi desconocido senador de Illinois-, Hillary tenía 59 años.
Si, finalmente, termina siendo la figura del Partido Demócrata para sustituir en la Oficina Oval a Obama y de convertirse el exgoberador de la Florida Jeb Bush en el candidato del Partido Republicano, los votantes asistirán al enfrentamiento de dos apellidos, dos familias, que han dominado la escena política norteamericana en la historia reciente.
De resultar vencedora, Hillary se convertiría en la primera presidenta de la historia del país y la segunda persona con más edad en acceder a la Casa Blanca, sólo superada por el republicano Ronald Reagan.
Hillary es una figura de grandes contrastes, desata intensas pasiones y su anuncio viene siempre a la sombra del expresidente Clinton.
En cualquier variante, la exprimera dama tendrá que librar una batalla cuesta arriba contra sus detractores dentro y fuera del Partido Demócrata y su propia historia, que podría terminar siendo su peor enemigo.