¡La esperanza se siente en el exilio! Cubanos y nicaragüenses se unen a los venezolanos para festejar este día histórico
MIAMI.- Poco después de la 1 de la madrugada, los bombarderos estadounidenses iniciaron su operación sobre los centros militares más importantes de Caracas, La Guaira y Maracay, en un despliegue que marcó el inicio de un hecho histórico: la captura de Nicolás Maduro, líder no y sucesor de un régimen que durante décadas había restringido las libertades y sumido al país en la peor de las crisis.
Mientras en Venezuela se desarrollaban los acontecimientos, las primeras imágenes comenzaron a inundar las redes sociales; los exiliados en Miami seguían minuto a minuto las informaciones por televisión e internet. Nadie imaginaba que este 3 de enero el sueño que para la gran mayoría parecía imposible se convertiría en realidad, pero con la esperanza latente de ver, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de un cambio real en la nación sudamericana.
El reloj apenas marcaba las 4 a.m. en este lado del mundo cuando los primeros venezolanos se reunieron en El Arepazo del Doral. La ciudad dormía, pero en este local los corazones de la primera decena de asistentes latían al ritmo de la noticia que comenzaba a recorrer el mundo: Donald Trump anunciaba oficialmente, a través de su cuenta en X, que Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores se encontraban bajo custodia de las fuerzas armadas estadounidenses.
Desde entonces, la multitud comenzó a congregarse mientras salían los primeros rayos del sol. Algunos llegaban solos, otros en familia y hasta con niños pequeños, todos con el mismo ánimo: celebrar un hecho histórico que llevaba años esperando. Al encontrarse, muchos se reconocieron en un mismo sentimiento, como si el acontecimiento les hubiera dado permiso para soltarse después de años de frustración y distancia de su tierra. No importaba si eran caraqueños o maracuchos; esta vez, el amor por la Patria de Bolívar y por la bandera tricolor era el único lazo que los unió.
Con el paso de las horas, las inmediaciones del lugar se llenaron de banderas, gorras y entre tanto pullovers con mensajes de libertad, mientras consignas como “¡Venezuela libre!” y “¡Maduro fuera!” se mezclaban con canciones tradicionales que salían de las bocinas de los carros, entre el aroma del café de la mañana y de las arepas recién horneadas del reconocido emprendimiento. Cada grito se acompañaba de abrazos espontáneos; algunos lloraban de alegría, otros alzaban las manos hacia el cielo, como queriendo agradecer por ese instante de esperanza. Los desconocidos se convertían en compañeros de celebración, compartiendo risas, lágrimas y fotografías para inmortalizar el momento. Otra vez se escuchaban las mismas frases de unidad e ilusión, mezcladas con ritmos que evocaban la nostalgia por la tierra natal y, al mismo tiempo, invitaban a bailar incluso a las personas mayores. La distancia se sentía irrelevante: cada grito, cada movimiento y cada aplauso eran un eco de las más de dos décadas de lucha y de la expectativa de un cambio trascendental.
Llegué y sentí ese mismo sentimiento, como si mi Cuba fuera libre, como si la noticia abriera de golpe la puerta de la libertad para los míos. Se me arrugó el corazón al pensar en que ese momento pudiera llegar y, al mismo tiempo, cumplir uno de mis sueños profesionales: reportar que mi Patria es libre… pero sin amo, como dijera José Martí en Nuestra América.
Cogí mi micrófono con las manos temblorosas; sabía que tenía que contar esta historia. Quería entrevistar a cada persona, uno por uno, y por primera vez nadie me dijo que no. Todos querían hablar, compartir su emoción, sus lágrimas y su alegría. Cada voz se convirtió en un pedazo de historia, en un eco de años de espera, lucha, sacrificio y sentí que aquel instante quedaría grabado no solo en mis notas y mis imágenes, sino en el corazón de todos los presentes.
José A. Lombillo, exiliado de Nicaragua, resumió el sentir de los suyos:
“Todos los nicaragüenses nos sentimos triunfantes, porque si no fuimos nosotros, los hermanos venezolanos ya están libres del comunismo internacional, de lo que nos afecta a nosotros allá en nuestra tierra. Nos sentimos satisfechos, gozosos de que ese pueblo prácticamente ya es libre. ¡Viva Venezuela sin comunismo!”
Mientras, Ira Morales, exiliada venezolana, reflexionaba sobre una larga trayectoria de firme resistencia:
“Tenemos veintiséis años luchando: primero contra Chávez y ahora contra Maduro, Diosdado y su cúpula corrupta y podrida. Esto es una mezcla de emociones muy bonitas, porque hoy hemos logrado lo que por tanto tiempo hemos buscado.”
Leonardo Rosales, otro emigrante forzado, relataba entre lágrimas contenidas cómo la noticia le llegó en llamada desde su tierra natal, marcada por recuerdos familiares:
“Mis hijas salieron de Venezuela con seis años y no conocen su cultura; se la hemos enseñado aquí, en otro país. Nos sacaron a patadas de nuestra propia tierra donde nacimos. Gracias a Donald Trump por ayudarnos a salir de esa peste que nos quitó la vida.”
María López, cubana residente desde hace 55 años en Miami, se unía al júbilo con un guiño a su propia experiencia con dictaduras:
La emoción culminó con Norkys Portillo, quien con su traje típico recordó la fuerza de la fe:
“Gracias a Dios por todas las oraciones del pueblo venezolano y de todo el mundo, que estuvo doblando rodillas pidiendo este día. Este es el día que hizo el Señor; nos gozamos y nos alegramos en Él, porque a Él le damos toda esta victoria y esta libertad.”
A mediodía, la atmósfera cambió por completo. Me trasladé hacia el icónico restaurante Versailles, corazón de la comunidad latina en la ciudad del Sol. Las afueras del local se llenaron de banderas, cánticos, pancartas y también lágrimas, abrazos. Me atrevo a decir que había más cubanos que venezolanos, o personas de otras nacionalidades, todos unidos por un mismo sentimiento de alegría y devoción.
Ante mi cámara, políticos, opositores y ciudadanos también compartieron sus emociones, testimonios y reflexiones sobre lo que representaba para ellos este hito, dejando ver que la fe, la lucha y el deseo de libertad trascienden fronteras y generaciones.
Gustavo Galaborde, presidente del Venezuelan American Republican Club, destacó la importancia del momento:
Marta Mesa, fundadora de LatinosGOP, hizo un llamado a la acción más allá de Venezuela:
“Lo que hicieron con Cuba, mire la destrucción; lo que hicieron con Nicaragua; y lo que potencialmente está pasando en Colombia. Entonces tenemos que seguir luchando, y aquí seguiremos apoyando a los luchadores de la libertad, como el presidente Trump.”
Arlet Sosa, refugiada venezolana, narró el regocijo que sintió, desde la comodidad de su cama y a través de su celular, cuando supo lo ocurrido:
“A las dos de la mañana recibí una llamada de mi familia en Venezuela. Son esas llamadas que uno piensa: ‘wow, ¿qué pasó?’, pero en realidad nos trajo mucha alegría. Ya se abrió la puerta a la libertad, y aquí estamos para apoyarla y seguir este arduo camino.”
Efraín Rivas, cubano exiliado, cerró con un mensaje de unidad continental:
“Si Venezuela tuvo el coraje, el valor y la unión para lograr su libertad, si Cuba se une, Cuba lo logra. Y como Cuba, le decimos a Nicaragua y a todos los países dictatoriales del mundo que estamos en contra de las dictaduras. Que haya democracia, paz y amor en el mundo entero.”
Desde la madrugada en El Arepazo hasta estas horas, mientras escribo desde el parqueo del Versailles, la comunidad hispana sigue convirtiéndose en una sola: vive emociones que van del suspenso y la nostalgia, a la celebración desbordada y al optimismo compartido.
Un mismo grito de libertad recorre calles, casas, medios de prensa y, sobre todo, corazones: el de un pueblo que mira hacia un futuro donde la democracia vuelve a ser posible. La diáspora celebra y recuerda que la lucha aún continúa, y desde hoy, la ilusión renace con más fuerza que nunca.
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