viernes 24  de  julio 2026
PERIODISTA Y ESCRITOR SATÍRICO

Meditaciones de un holgazán

Eran estos, días de discernir el futuro y valorar propuestas. Prepararse para la guerra de la tinta. Eran días de preparar el trabajo, de atar cabos. Pero desde esta costa lo que apetece es soltar amarras, a esta hora maravillosa que los españoles dedican a la siesta.

Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Escribo desde la playa. Una silla plegable. Unas gafas de sol. Libros. Y un mojito. La brisa, suave, me eriza la piel. Rompen las olas con pereza, espuma blanca que embriaga de humedad el ambiente. Tan solo un par de estudiantes en el otro extremo. Rusas, francesas, suecas, tal vez. Soy incapaz de adivinarlo por el idioma, pero su aspecto es el de cualquier equipo ganador de cualquiera de esos deportes llenos de chicas guapísimas, y muchísimo hielo, y en los que el público se muere de frío. Solo ellas y yo en el arenal. No creo que haya nada más inspirador que una playa casi vacía, el rumor del mar, y una temperatura agradable.

Ha salido el sol en esta costa atlántica y nadie se atreve a someterse a su rigor a la hora de comer. Los periódicos están llenos de advertencias para evitar quemaduras. Este siglo enfermo de hipocondría no te permite ni broncearte en paz. Todo tiene su razón de ser. Pero no me convence. Llevo calcinándome dos horas y creo que con vuelta y vuelta más estaré listo para ser parte del almuerzo. La carne de cerdo sigue siendo de las más cotizadas.

Que lento y pacífico pasa el tiempo en la tumbona cuando la mayor de tus preocupaciones se concentran en conseguir levantar una pequeña concha blanca con ayuda de dos deditos del pie. Les parecerá irrelevante, pero el mundo a veces depende de las cosas más pequeñas. Imaginen que en el trasvase de un pie a otro, la concha se cae a la arena. La decepción en mis filas sería terrible, habría revueltas entre las conchas de la playa, y hasta las rusas o suecas vendrían a mostrarme su desilusión y a afearme mi falta de destreza con los deditos.

No sé si lo han notado. Disfruto de unos días de solaz, puente entre dos proyectos, pero con este cielo azul, el intenso olor a mar, y el aroma a lima del mojito, me invade la tentación de la jubilación anticipada. El periodismo es una actividad extenuante. Además, acabo de leer en una revista que estoy en la edad perfecta para dedicarme a la jardinería. Voy a darme un baño y ahora se lo cuento mejor.

Por alguna razón que se me escapa, cuanto más bella más fría. Ocurre con la mayoría de las mujeres y con las playas de este lado del Atlántico. Hasta los tobillos, golpe razonable. Al subir la marea a las rodillas, una especie de artrosis severa juvenil ha invadido mi cuerpo, quedándome casi inmovilizado. Y lo peor, obvio, la línea de flotación. Dolor y parálisis. Escalofrío. Salgo del agua y descarto lo de la jardinería. Las rosas tienen espinas y poseo una peligrosa habilidad para pincharme o ser mordido por animales cada vez que me acerco al campo. Las rosas son campo. El jardín quiere ser bosque salvaje con aspecto domesticado, pero no deja de ser campo artificialmente acotado.

Desde la tumbona, avioncitos diminutos surcan el cielo. Imagino a cientos de personas llegando tarde a todas partes. Pocos placeres mayores que contemplar el mundo sin prisa cundo todo viaja entre sudores. Cierro los ojos y pierdo el hilo. Chasqueo los dedos y pido otro mojito. Las abejas han aprovechado mi baño para apoderarse del anterior. Son muy peligrosos los insectos ebrios. Pican sin control y sin mirar donde ponen el aguijón.

Eran estos, días de discernir el futuro y valorar propuestas. Prepararse para la guerra de la tinta. Eran días de preparar el trabajo, de atar cabos. Pero desde esta costa lo que apetece es soltar amarras, a esta hora maravillosa que los españoles dedican a la siesta.

Tendré que esperar a que se ponga el sol para saber si del paréntesis saltamos a los puntos suspensivos. La playa es tentadora como destino final. Creo que podría vivir aquí. Alimentarme de moluscos. Hacer jabones con algas. Construir una cueva entre rocas. Y morir dignamente engullido por un buen tiburón. Tampoco veo mucha diferencia entre eso y regresar a la primera línea de fuego de la batalla periodística. Y los mojitos saben mejor aquí. 

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