En uno de los comentarios anteriores hice referencia a las probabilidades de victoria de una selección u otra. Los análisis parten de variables sustentadas en la historia, la calidad de las figuras que componen una selección y la propia praxis futbolística. Aunque cuando hablamos de un equipo paradigmático, es recurrente apelar a la socorrida sentencia: viene de menos a más o lo hará.

Pudiéramos preguntarnos, quién no atribuyó el empate Islandia-Argentina a la grandeza del país insular, sin percatarnos de que era el preludio de una hecatombe futbolística, comparable a lo sucedido en Estados Unidos 1994.

Uno de los lastres mundialistas fue la eliminación de las selecciones latinoamericanas. Brasil perdió en cuartos, Argentina y Uruguay en octavos de final.

Previo al partido Argentina-Francia vaticiné el favoritismo de los franceses. Si frente a los nigerianos la albiceleste venció a puro corazón, el gol de Marcos Rojo llegó cuando todo parecía perdido, ante los galos debieron jugar fútbol.

La caída 3-0 con Croacia fue una debacle, solo superada por la derrota ante Checoslovaquia 6-1 en 1958. Esa anarquía tuvo como preámbulo el paso de tres técnicos, siendo el último Jorge Sampaoli.

Sampaoli llegó envuelto por una aureola de grandeza. Era considerado por la FIFA como uno de los mejores del mundo. Fue seleccionado como la gran figura técnica de la liga española al dirigir el Sevilla y alcanzó la gloria en Chile al ganar la Copa América Centenario. Debía salvar a Argentina, como lo hizo Ronaldo con el Brasil previo al mundial de 1994, pero se equivocó. Al analizar el estreno de la película “Moneyball”, basada en la obra de Michael Lewis, aseguraba: no nos centremos en la sabermetría, es un pretexto del autor. La clave del éxito de Billy Beane, gerente general de los Atléticos de Oakland, fue su capacidad para tomar decisiones, principal herramienta de un técnico en cualquier deporte.

A Sampaoli le faltó. Súmele la visión para proyectar o el tiempo. Pero un mundial no admite errores conceptuales. Un jugador como Mascherano no podía estar en la selección, en algún momento contaminaría con su anarquía viral. Ni Di María o “El Kun” Agüero. Sin embargo, excluyó a Lautaro Martínez, delantero del Racing, con la estirpe de Gabriel Omar Batistuta, un jugador de 20 años que se perfila como una de las estrellas albicelestes.

La prensa de ese país llegó a definir a la selección como “Messi y su banda”. La decisión de la Asociación de Fútbol de Argentina (AFA), fue mantener a Sampaoli al frente de un equipo que solo una revolución futbolística puede articular. El propio Lio Messi devino rotundo fracaso. Basta mencionar el partido con los franceses al jugar como 9, no lo hacía desde el 2014 con el Barcelona de Guardiola, terminando en esa posición un Enzo Pérez aplastado por Varane y Umtiti.

El cruce con Francia en octavos fue lapidario. A la postre el equipo que está en la final, derrotando no solo a la albiceleste, sino a Uruguay, resentido por la ausencia de Edison Cavani. Junto a Suárez y a la dupla Godín-Giménez, Cavani conforma la columna vertebral del juego en esa selección. Los uruguayos protagonizaron un excelente mundial, aunque fueron eliminados en cuartos, reafirmándose el prestigio de Óscar Washington Tabárez como técnico.

El caso de Brasil es sui generis. Al llegar como técnico Adenor Bacchi (Tite), la selección estaba en el sexto lugar del ranking FIFA. Una de sus virtudes fue no dejarse impresionar por la estirpe de un gran equipo, sino tratarlo como lo que era: un barco a la deriva. El paso de Dunga y Luis Felipe Scolari dejó huellas difíciles de subsanar.

En Brasil 2014 sufrieron la mayor humillación de la historia mundialista, siendo derrotados por Alemania 7-1. Dos años después, fueron eliminados en la primera fase de la Copa América Centenario.

De la mano de Tite se clasificaron para el mundial, derrotando a Paraguay. El pasado mes de abril se ubicaron en el primer lugar del ranking FIFA, algo que no pasaba desde el 2006. Los jugadores ya habían retomaron su capacidad para soñar sobre la cancha. Es el caso de Thiago Silva, a quien Dunga privó del brazalete de capitán y jugó una excelente Copa del Mundo.

La debacle de “el país del fútbol” o del “jogo bonito” sobrevino en cuartos de final. Allí cayeron frente a la poderosa Bélgica. Pesó el desempeño de Neymar, quien no fue un referente futbolístico para la “verdeamarela”. No dio muestras de estar a plenitud de capacidades, tras la operación de que fue objeto en el pasado mes de marzo. La prensa carioca llegó a calificarlo por su juego como un “futbolista vulgar” o como “un niño consentido que juega para sí”. Pero tampoco Marcelo estuvo a su altura, ni Fágner sustituyendo a Danilo por su lesión, ni la formación Neymar-Gabriel Jesús- Phillippe Coutinho. Ni Willian, al sustituirlo Fernandinho dejó mucho que desear, solo Thiago Silva estuvo a gran altura, Douglas Costa cuando entró por Gabriel Jesús o Miranda. Pero Tite salió de este mundial con la frente en alto, aun cuando su planteamiento no funcionó fue el adecuado.

Colombia quedó eliminada pero demostró ser competitiva, junto a Perú y México. En el caso de la “Tricolor” o los peruanos, nos quedamos con deseos de verlos jugar más adelante en el mundial.

La Copa del Mundo está cercana a tener un campeón. Será Francia o Croacia. Un equipo europeo. En Alemania 2006 los latinoamericanos no estuvieron en semifinales. La historia se repitió en esta oportunidad, evidenciando que el viejo continente domina la geopolítica futbolística global.

Argentina, junto a Alemania, fue la gran decepción. Más allá de los errores técnicos o de los jugadores, el actual desarrollo de los clubes europeos, su monetización, la integración del desarrollo científico y la fortaleza física de sus jugadores, son factores que signan el avance de las selecciones de Europa, condicionando, además, el apagón futbolístico que vivimos en este mundial.

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