La última moda es agotadora y cursi. Desde niño observo con extrañeza a esa gente que corre siempre más que los demás, que necesita llevar la prenda más rompedora del momento, leer lo que todos están leyendo o beber lo que todo el mundo está bebiendo. Si no, se sienten terriblemente fuera de juego, les invade el tedio, se frustran, y si nada los detiene, me temo que terminarán atracando bancos o atropellando viejecitas sin cargo alguno de conciencia.

Lo peor de la última moda es que nunca es la última. Y eso explica por qué tenemos un armario en casa con un montón de aparatos obsoletos que llegaron para transformar el planeta y finalmente todo lo que transformaron fue el armario, que ahora tiene más cables sueltos que Joe Biden bajo la chaqueta. También encuentro en mis cajones ropa que inexplicablemente estuvo de moda y solo me consuela pensar que a día de hoy sus promotores estarán ya a disposición judicial.

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La moda es la urgencia del cambio, la fiebre de la novedad, que no es capaz de comprender que si hay cosas que duraron siglos no es porque a nadie se le haya ocurrido cambiarlas sino porque estaban bien, como por ejemplo la cerveza, las ruinas romanas o las suecas que visitan España con los calores de julio.

Tengo un vecino tan obsesionado con el último grito que cada año se alista a una tribu urbana diferente. Antes seguía de cerca sus delirios. Recuerdo una vez que apareció vestido con ropa que podría ser de mi abuelo, porque se había hecho hipster, y montaba en bicicleta con acabados de cuero, y se untaba el tupé con grasa de caballo; después se lo comió la barba y ya no supimos más de él. Y ahora ha reaparecido y lo que le va es la cultura japonesa, y sale a la calle disfrazado de cómic, tanto que cuando me lo cruzo en el ascensor ya no sé si darle los buenos días o dibujarle un bocadillo lleno de exclamaciones en el cristal.

Se distingue muy bien al tipo que está enfermo de última moda porque adopta de inmediato cualquier neologismo o coletilla estúpida que, como un virus lingüístico, comience a expandirse por nuestro idioma, saltando a menudo de las televisiones a los consejos de administración, y de ahí a las peluquerías, donde definitivamente se consuma el atentado contra la lengua. Tengo amigos que jamás llegan tarde a su cita con la cursilería hablada y he conocido a tipos, en el mundo de las finanzas y la empresa, que para conversar con ellos necesitas un diccionario grueso de la Lengua Española, para atizarles con él en la cabeza.

Tampoco pretendo mostrarme tan cascarrabias como soy. Un poco de moda está bien. De lo contrario todavía iríamos vestidos en taparrabos y nos pondríamos plumas en la cabeza como si fuéramos, no sé, Evo Morales. Pero un exceso de moda puede resultar extenuante, además de ser una ruina para tu economía. Y además, la mayor parte de la gente no sabrá valorar tu esfuerzo por leer detenidamente las modernas secciones de moda en las revistas masculinas, que están repletas de chicos de dudosa naturaleza, vistiendo cosas tan llamativas que podrían ser tendencia en la cárcel de Guantánamo.

La presión del mercado por el cambio me parece razonable, pero me preocupa más la respuesta de la masa a esos estímulos. No valoramos lo suficiente el deleite del gusto individual, y es fruto de nuestra libertad, es decir, una de las cosas maravillosas de la vida. Supongo que germinar estética e intelectualmente en masa es más cómodo, pero un cierto espíritu crítico te puede liberar del yugo de sorprenderte a ti mismo vestido de un modo que haría sonrojar a un colibrí cubierto de lentejuelas para la fiesta de Nochevieja.

Al final, incluso para ir al último grito hay que tener un cierto criterio personal, como reflejan las sabias palabras de Cicerón en el siglo I a. C. sobre, supongo, la minifalda: “Una cosa es saber y otra saber enseñar”.

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