Mis alumnos son una de mis fuentes primarias de información. Con ellos establezco una especie de toma-daca grotowskiano que me mantiene actualizado sobre las tendencias actuales en materia de videojuegos, música, series televisivas o algún libro de moda. A manera de riposta, siempre intento traducirles sus invaluables aportes en corrientes sociológicas, posiciones sociales o principios estéticos.

En el intercambio matutino que sostenemos a través de Zoom, acotar que, según Financial Times, triplicó en marzo su valor en la bolsa, me pedían un resumen sobre series históricas o científicas que pudieran disfrutar en este status de resguardo por el coronavirus, y evocaba uno de esos filmes que se tatúan en la memoria: Viaje fantástico (Fantastic Voyage).

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Es un clásico de la filmografía científica en la historia del cine. Fue dirigido por Richard Fleisher y estrenado en 1966: alzándose con dos premios Oscar. Cuando las miradas de la humanidad se centraban en el espacio exterior, Fleisher, lo hace, introspectivamente, organizando un viaje al interior del cuerpo humano.

La misión es eliminar el trauma cerebral que sufre un destacado científico. El ardid usado es la miniaturización de una nave, inoculada, junto a sus tripulantes, a través de una arteria. La lucha contra glóbulos blancos y otros peligros aportan intensidad al conflicto.

Durante estos días todos los temas confluyen en el coronavirus. Por eso, imaginaba una versión de la película en tiempos del SARS-CoV-2, nombre del virus que genera la enfermedad nombrada como COVID-19. Sería ilustrativo desandar el recorrido de este virus por el organismo, comenzando por el momento en que se inhala desde el estornudo de una persona contaminada, a través de su expiración, o al contactar una superficie donde reposa hasta su destrucción.

Los virus son parásitos que hackean la maquinaria celular y dominan su núcleo ordenándole que lo repliquen. Al introducirse en el organismo a través de las vías respiratorias, su tendencia es a adherirse a las placas o láminas de la garganta. A diferencia de otras formas de coronavirus, este genera afectaciones en el tracto inferior del mecanismo respiratorio –tráquea, bronquios, bronquiolos, alvéolos, pulmones– causa por la que desencadena neumonías u otros fallos orgánicos.

Desde hace milenios los virus conviven con los seres humanos. Releía el libro de Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero, y el autor describe el impacto de ellos en las guerras de conquista europeas en América. Los indoamericanos fueron víctimas de viruela, sarampión, tuberculosis, tifus o gripe, al no poseer los anticuerpos y la inmunidad genética de los conquistadores, quienes permanecieron durante miles de años junto a hospederos de los virus como vacas, caballos, patos, gallinas o cerdos. De 2 a 2.5 millones de indígenas fueron aniquilados por esas epidemias, siendo representativa la figura del líder azteca Cuitláhuac (1520) por doblegar a Hernán Cortés y a su tropa.

Si realizamos una retrospección histórica, descubrimos a los ancestros del actual coronavirus en el siglo IX a. C. Los estudios desarrollados en la década de los 90 de la pasada centuria revelan la existencia de brotes del Betacoronavirus en el 3300 a. C., del Deltaconoranivus en el 3000 a. C., del Gammacoronavirus en el 2800 a. C. y la propagación del Alfacoronavirus en el 2400 a.C. Ya el coronavirus del siglo XVIII, hospedado en el ganado bovino, se asocia al humano, y en la última década del período decimonónico (1890) se perciben las primeras expresiones coincidentes con el virus actual. Desde 1960 hasta la actualidad aparecieron siete formas de coronavirus, incluyendo en el 2003 el SARS –770 muertes– en China y, en febrero del 2012, los primeros pacientes aquejados por el MERS –850 muertes– en Arabia Saudita.

Descifrar la secuencia genética del SARS-CoV-2 es vital. La aplicación de modelos matemáticos y bioinformáticos –a los primeros dedicaré un próximo comentario– permiten reconstruir la historia evolutiva de ellos, sirviendo en un inicio, por ejemplo, para percatarse de que este virus es diferente al que fustigó a China en el 2003 (SARS) o a Arabia Saudita en 2012 (MERS).

Aunque no conozcamos con exactitud al vector primario del COVID-19 la comunidad científica se inclina por el murciélago. A finales del mes de enero, un informe publicado por James Gorman en The New York Times señala al murciélago grande de herradura chino (Rhinolophus ferrumequinum). Ellos –únicos mamíferos capaces de volar– son hospederos por excelencia de los coronavirus. Siendo portadores asintomáticos de todos los virus: a excepción de la rabia. Según el virólogo del Departamento de Enfermedades infecciosas del Imperial College de Londres, Stathis Giotis, los murciélagos poseen un potente sistema inmunológico, potenciado por el aumento de las dinámicas de su metabolismo durante el vuelo y la elevación de la temperatura corporal hasta alcanzar los estados febriles humanos. Su alta capacidad de respuesta antiviral y antinflamatoria obliga al virus a ser más agresivo para poder sobrevivir en su huésped. Quizás, una de las condicionantes de la hostilidad del SARS-CoV-2 con los humanos.

Es preocupante no tener la certeza del paso del virus del murciélago al hombre, ni conocer al animal que sirvió de intermediario. Aun cuando es recurrente en la comunidad científica identificar como eslabón perdido a las serpientes o a los pangolines, sin desdeñar a quienes defienden la Teoría de la Conspiración, culpando al gobierno chino de haber diseñado la transmisión del virus.

En la historia cuando una pandemia ha atacado a una comunidad esta se adapta o perece. Razón para que la comunidad científica continúe la desenfrenada búsqueda de un tratamiento farmacológico eficaz, una vacuna, y desarrollemos aún más la obtención de inmunoglobulinas anti-COVID 19 derivadas del plasma de pacientes.

Urgen inminentes soluciones para romper con este temor a la muerte que nos sume en un perenne inmovilismo, refugiándonos, una vez más, en internet, en tiempos que exigen de una fe raigal, y donde muchas veces me pregunte, como el premio Pulitzer, Thomas Friedman, si podremos encontrar a Dios en el ciberespacio.

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