La Primera Enmienda de la Constitución estadounidense garantiza la libertad de expresión, de reunión y prensa y el derecho a expresarse libremente. Y también garantiza el derecho a reunirse pacíficamente y presentar peticiones al Gobierno.

Los límites de esta ley incluyen la obscenidad, el fraude, la pornografía infantil, el discurso que forma parte de una conducta ilegal, el discurso que incita a una acción ilegal inminente, así como la formulación de amenazas reales.

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Ahora, cuando comienza una nueva transición política, el país busca entender cómo y porqué miles de partidarios del presidente saliente Donald Trump, en nombre de la libertad y la democracia, irrumpieron de manera violenta en el Congreso, considerado el corazón de los valores democráticos grabados en la Constitución.

Libertad, y no libertinaje, conlleva responsabilidad.

Los disturbios ocurridos en el Capitolio el 6 de enero sumieron al Gobierno federal en una crisis de proporciones mayores, faltando apenas unos días para que el presidente electo Joe Biden tome su juramento al cargo.

Según la página web del Departamento de Justicia, hasta la redacción de esta columna de opinión son 13 las personas acusadas en un tribunal federal del Distrito de Columbia en relación con los crímenes cometidos en el Capitolio.

“La destrucción ilegal del edificio del Capitolio fue un ataque contra una de las instituciones más importantes de nuestra nación”, señaló el fiscal federal interino Michael Sherwin, quien añadió “estamos comprometidos a encontrar los responsables de estos actos delictivos vergonzosos, y a cualquiera que pueda estar considerando participar o incitar a la violencia en las próximas semanas, sepa esto: será procesado con todo el peso de la ley”.

La pregunta que ahora todos se hacen es ¿puede esta promesa alcanzar al presidente Donald Trump?

“Hay que luchar como el infierno” dijo Trump minutos antes del suceso, dirigiéndose a la multitud de seguidores en su intento por revertir los resultados electorales confirmados por el Colegio Electoral.

Los demócratas del Congreso han prometido que los responsables rendirán cuentas, empezando por el mandatario, a quien se le acusa de incitar al delito.

Estos sucesos han puesto al Partido Republicano contra las cuerdas.

Por lo pronto, los miembros del Comité Nacional Republicano condenaron los hechos, pero cuidándose de vincularlos con el Presidente.

“Estas escenas de violencia que hemos presenciado no representan actos de patriotismo, sino un ataque a nuestro país y a sus principios fundamentales”- señaló un comunicado.

Y es que, en su última reunión, el Comité Nacional Republicano respaldó al presidente Trump como líder de la agrupación política, desligándolo de la agitación en Washington.

Las repercusiones políticas continuarán porque hirieron profundamente a una democracia que es el orgullo de Estados Unidos.

La convocatoria al desastre en un tuit enviado por Trump una semana antes de Navidad rezaba: “Gran protesta en DC el 6 de enero. Esté presente, será salvaje”, bestial.

Con o sin COVID-19, no hay duda de que la política actual se define en las redes sociales, por la rapidez e impacto que imparten las opiniones y las reacciones de la gente.

Durante su presidencia, Trump utilizó Twitter, Facebook o Instagram como nadie, lo que lo mantuvo siempre en control de sus propias noticias.

Esas mismas plataformas hoy le han dado la espalda esgrimiendo el mismo argumento que se utilizará para condenarle: incitación a la violencia en contra del Gobierno de Estados Unidos.

Después de los resultados de los comicios electorales de 1981, que ganó Ronald Reagan, el Partido Republicano se llenó de un gran optimismo luego de haber arrastrado el engorroso título de fuerza minoritaria en el país por años.

La crisis financiera mundial, conocida como la Gran Depresión, y luego el éxito de los programas reformistas del presidente demócrata Franklin D. Roosevelt, conocido como el Great Deal, durante la década de los años 1930, contribuyeron al declive republicano.

Entonces llegó Ronald Reagan y cambió el panorama.

Durante su discurso de despedida presidencial Reagan dijo: “De nuevo defendimos la libertad. Se que siempre lo hemos hecho, pero en los últimos años, el mundo nuevamente, y en cierto modo, nosotros mismos, lo redescubrimos. Ha sido un gran viaje esta década, y nos mantuvimos juntos a través de algunos mares tormentosos. Y al final, juntos, llegamos a nuestro destino”.

¿Podríamos ahora decir lo mismo?

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