Termina septiembre y aún queda, nominalmente, parte de la temporada ciclónica que concluye al finalizar noviembre, aunque ya poco antes, algún que otro frente frío temprano nos vaya quitando de encima la posibilidad de lidiar con otro fenómeno natural de envergadura.

Florence les jugó una mala pasada a nuestros vecinos del norte, quienes ahora se encuentran en franca recuperación. Nosotros sabemos de esas tribulaciones, somos uno de los estados en riesgo permanente cuando de huracanas se trata: “Nadie es perfecto” diría el comediante.

Unos especialistas especulan de que las tormentas recientes son más largas y sostenidas, otros se refieren a los ciclos naturales que todo esto conlleva. Hasta los primeros días de septiembre las temperaturas del océano Atlántico eran más bien frías, pero luego se calentaron y de pronto, como una danza que no quisiéramos bailar, aparecieron tres disturbios en el horizonte, uno devastador sobre la costa este de los Estados Unidos.

A veces nos informan que la corriente de El Niño nos beneficiará y luego, cuando más lo necesitamos, el infante desaparece y quedamos desamparados a expensas de ráfagas y aguaceros.

A todas luces, no nos estamos portando bien con la madre naturaleza y con la única casa grande que hemos encontrado en el firmamento estelar.

El espectáculo lamentable de miles de peces, delfines y ballenas arribando muertos a las costas del oeste de la Florida, debido a un inusual envenenamiento provocado por algas que parecen del infierno, es como un aviso lumínico: “Peligro, el ecosistema también se muere”.

Todo lo que hagamos para revertir esa tendencia será poco. Como somos una península con mares y océanos a nuestro derredor nos resulta fácil atestiguar lo que no anda bien, casi de manera inmediata.

Todavía, en pleno Siglo XXI, hay industrias poderosas que vierten desperdicios dañinos en reservas naturales de agua. En ocasiones nos prohíben bañarnos en las playas porque aparecen contaminadas de heces fecales. Con frecuencia observamos como la arena de la orilla comienza a desvanecerse.

Recientemente volvimos a romper el récord de visitas turísticas a la Florida, una de las bases más sólidas de nuestra economía. Pero si las cosas siguen como van, los visitantes escogerán otras costas más cuidadas del Caribe y de otros lugares del mundo.

Atender el medio ambiente en la Florida equivale a proteger las bellezas naturales que son el imán de miles de visitantes: la pureza del aire y sus aguas cristalinas, además de otros atractivos.

Al mismo tiempo se está velando por una fuente de ingresos capital para el desarrollo y bienestar de la península. Por eso, un evento meteorológico como el que acaba de golpear con rudeza el territorio nacional, recientemente, nos debería hacer meditar sobre todo lo que resta por hacer, no para evitarlo, lo cual es sencillamente imposible, sino para seguir creando consciencia sobre cómo no agredir, con nuestra indolencia, lo que la naturaleza nos regala tan generosamente sin lo cual la vida, como la conocemos, hubiera caducado hace mucho tiempo.

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