Vuelvo a la gran ciudad. Estoy tan feliz que creo que me va a dar un cólico nefrítico. Uno no sabe lo que es un atasco de verdad hasta que no ve a un alcalde de una capital importante asegurando que ha decidido resolver el asunto de la contaminación. La primera causa del empeoramiento de la calidad del aire en el mundo es el mal olor y nadie parece dispuesto a luchar contra eso. Está la ciudad tan llena de cosas que apestan que, en realidad, el olor a tubo de escape resulta casi un alivio en estos días. La alcaldesa está muy preocupada por la calidad del aire, pero no tanto como el aire está preocupado por la calidad de la alcaldesa.

La psicología pituitaria, aquella que estudia lo que le sale de las narices, debería detenerse en las causas que hacen que el olor a gasolina nos resulte fascinante. De ser un poco más barata, yo cambiaría mi delicioso perfume Issey Miyake por un buen frasco de gasolina sin plomo, o incluso de diésel Premium. Sin pretenderlo, hace un par de días logré un géiser de tres metros de altura originado en el surtidor diésel de una de esas gasolineras autoservicio, en las que ahora las grandes corporaciones nos obligan a manejar líquidos inflamables sin traje ignífugo, ni carnet de manipulación de mangueras, ni seguro contraincendios, ni nada de nada. De cualquier modo, todo lo que géiser, baja, así que la gasolina me empapó en su descenso pero nadie durante la tarde me dijo aquello de “apestas a gasolina”, ni “márcate una ducha, pago yo”. Todos me olisqueaban profundamente, para confesar después su secreta pasión por el olor a gasolina. Y, sinceramente, si sigue subiendo el precio del combustible, el hachazo que me da Issey Miyake por su frasco gigante de perfume quedará en una irrelevante anécdota.

Olores aparte, otro aspecto seductor de la gran ciudad es la prisa irracional. Se distingue de la prisa racional en que no existe un motivo para tal urgencia. Es decir, cuando la gente corre por la calle mientras habla por su teléfono y esquiva señales de tráfico sin que les persiga una manada de aborígenes caníbales. Les empuja la inercia. Ayer, subiendo Alcalá desde Cibeles, vi a tanta gente con tanta prisa que llegué a pensar que estaba en la línea de meta de la San Silvestre. Sin embargo, la mayor parte de aquellos tipos ni siquiera sudaban, y eso siempre se agradece, si es que estamos todos en la firme causa de evitar la contaminación del aire.

Bien pensado, la lucha contra la calidad del aire que ahora obsesiona a muchas ciudades debería empezar por deportar a los guarros. Luego ya nos podríamos dedicar a los coches. Por lo general, si dejas caer una maza de las suficientes toneladas sobre el coche de un idiota, se da por vencido en su empeño de ejecutar su derecho democrático a conducir. Especialmente si en el momento de descender la maza el tipo está dentro del coche. Pruébalo y seré el primero en llevarte flores a la cárcel.

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