Transcurridas dos generaciones desde su toma del poder en Cuba, el 26 de julio de 1989 predica Fidel Castro lo que le es elemental: “Si mañana o cualquier día nos despertásemos… con la noticia de que la URSS se desintegró, cosa que esperamos que no ocurra jamás, ¡aún en esas circunstancias Cuba y la revolución cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo!”, afirma.

El pacto de estabilidad cubana y su vocación expansiva y metastásica hacia América Latina ya dura, así, cuatro generaciones. Sin dejar de ser lo que es en su conocida y malvada entraña, lejos de la formal prédica marxista que inaugura 30 años atrás, en 1959, se remoza para fluir durante los 30 años que siguen al paulatino ingreso del mundo en la Era de la Inteligencia Artificial y la disolución de los Estados, a partir de 1989. Sus albaceas se declaran socialistas del siglo XXI, lo que el propio Castro califica –para manipular a propios y espantar a tontos– como “comunismo… el que el propio Marx definió como comunista”.

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Se trata de un cambio de empaque, para que fluyan los negocios de siempre y esta vez en el mercado de otra generación mejor ganada para la política de descarte y al detal, negada a los sólidos culturales, desasida de raíces.

Imposible contar ese pacto de estabilidad con un mejor contexto para lo que tanto le ha costado sostener en pie, al punto de tener que sacrificar, casualmente en ese mismo año de 1989, a su operador mayor, el general Arnaldo Ochoa.

Con vistas al período que sigue y se inaugura en 2019 con una pandemia de orígenes chinos y para conjurar las otras rémoras que le han desnudado en su procacidad utilitaria y durante los 30 años precedentes, el narco-fidelismo y sus socios –he allí el Grupo de Puebla o su mascarón de proa– regresan otra vez a las aguas bautismales.

El peso de Odebrecht, la pauperización de su barco emblema y fuente nutricia que ha sido la hoy exangüe Venezuela, les impone un nuevo realineamiento estratégico. Según parece, excluye, sin que lo hagan evidente, al guachimán colombo-venezolano, prescindible como Ochoa, Nicolás Maduro.

Esperan controlar a Colombia. Ya tienen a manos, sin pedirlo de su gobierno ni que este se declare “progresista”, el territorio hondureño. Y de Nicaragua, ni se diga. Son los puentes de entrada hacia el territorio norteamericano vía México, cuyo gobernante, Andrés Manuel López Obrador, recién ordena liberar y dejar de perseguir al hijo de “El Chapo” Guzmán.

La nueva franquicia es la corrección política, el así llamado globalismo a secas y su nutriente intelectual, el progresismo, para un más efectivo y renovado mercadeo de las drogas y sus dineros sucios, manchados de sangre inocente.

Joseph Nye apunta bien que el citado neologismo –el globalismo como marca renovada de la franquicia que deje atrás al socialismo del siglo XXI– se refiere a los movimientos de integración y fragmentación identitarias que implican a tribus y naciones, colectividades y nacionalidades, grupos y clases sociales, trabajo y capital, etnias y religiones, desdibujado como se encuentra el orden mundial de los Estados (Octavio Ianni, La Era del globalismo, Siglo XXI Editores, 1999). Es el clásico divide y vencerás que emerge de manera espontánea por obra de la globalización y que ayer no sabe aplicar Luis XVI, para contener a los jacobinos durante la Revolución Francesa y frenar su régimen del terror.

De modo que, mientras unos quieren ser-como-el-centro ajeno y extraño y otros intentan ser-nosotros-mismos (Eduardo Devés-Valdés, Pensamiento periférico: Una tesis interpretativa global, Ariadna Ediciones, 2018), al cabo, en la dispersión que avanza, todos, sufriendo un igual daño antropológico, hemos dejado de ser-hombres-racionales y mudado en realidades periféricas, prescindibles, narcisistas, incapaces de autogobernarse, procreadoras de la indignación de los egoísmos descentrados, esos que laten tras la violencia de calle que recorre al Occidente. Entre tanto el narco-globalismo celebra a sus anchas.

Lo primordial a destacar es el móvil de la lucha agonal que contra USA llevan a cabo ajenos y propios, dentro de su territorio, no por ser capitalista sino por lo que el Foro y sus aliados del “progresismo” no están dispuestos a tolerar, la “guerra andina contra el narcotráfico”. Eso rezan los documentos del primero.

¿Acaso se olvida que llegado 1999 Hugo Chávez pacta en agosto, por escrito, su alianza con el narcotráfico colombiano y las FARC? ¿No se recuerda que en 2005 José Luis Rodríguez Zapatero esgrime su Alianza de Civilizaciones para evitar que USA persiga al terrorismo? ¿O que, en 2016, Evo Morales afirma ante la propia ONU que la lucha contra el narcotráfico es el instrumento del imperialismo para oprimir a los pueblos?

Sea lo que fuere, para reflotar y situarse ante los desafíos de la globalización, en pleno COVID-19 se coluden el Foro de Sao Paulo y el Partido de la Izquierda Europea. Declaran con solemnidad que “las fuerzas gobernantes de derecha benefician a los sectores financieros (…), contaminan el medio ambiente, causan pérdida de soberanía” [e] incentivan “el odio, la xenofobia, el autoritarismo y el miedo”. Es el narco-globalismo en acción. Es el telón que oculta a la obra en acto, la del control por el narcotráfico del gobierno digital global que desborda a los actores de los Estados y domina las transacciones virtuales, los espacios por los que discurre y sobre todo vigila e informa de “modo conveniente” a la gente, incluso a las replegadas en sus madrigueras de cuarentena. Algo acabadamente orwelliano.

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