La semana pasada, señalé como la comisión encargada de analizar la intervención de Reino Unido en la guerra de Irak había entregado su informe final y cómo el propio Tony Blair había reconocido errores que iban de una inteligencia más que defectuosa a aceptar una intervención apresurada de Irak, pasando por una ausencia de plan de posguerra que pudiera ser adecuado. 

El informe indicaba que, seguramente, al fin y a la postre, habría que haber intervenido en Irak, pero que apenas se pudo hacer de peor manera. La pregunta que resultaba obligada era cómo quedaba la administración Bush en relación con una guerra que, para ser sinceros, al igual que sucede con la de Afganistán, no tiene conclusión a la vista. 

Desde luego, hay afirmaciones que podemos señalar ahora con absoluta certeza. La primera es que, en el caso de la administración Bush, existen indicios más que poderosos para pensar que la inteligencia no sólo funcionó mal –como en el caso de la británica o de la española– sino que además el Gobierno manipuló los informes de que disponía y los presentó de una manera que, como mínimo, hay que calificar de engañosa.

Nunca existió la menor prueba de que Saddam Hussein estuviera fabricando armamento nuclear –y así quedó demostrado– ni tampoco de que tuviera relación alguna con Al Qaida ni de que dispusiera de unas armas de destrucción masiva que, efectivamente, no existían.  Blair o Aznar seguramente erraron.  Si Bush se equivocó –que es dudoso– es porque alguien de su administración lo engañó. 

El apresuramiento por entrar en la guerra –que restó legitimidad a la intervención– y la falta de base real vinieron acompañados por una ausencia absoluta de plan de posguerra. 

Durante la Segunda Guerra Mundial, los aliados trazaron por varios años no sólo lo que sucedería tras el final del conflicto en Europa sino incluso la remodelación del mundo.  La administración Bush no había planificado nada y cometió un gravísimo error tras otro.  El presidente pudo aparecer en un portaaviones anunciando que la guerra había concluido con una victoria y que los combatientes regresaban a casa. No era cierto. Saddam Hussein había caído, pero el conflicto apenas estaba comenzando y se prolonga hasta el día de hoy.  En paralelo, el caos se apoderó de Irak –allí sigue– surgió ISIS y, sobre todo, la zona quedó desestabilizada de tal manera que, a día de hoy, sólo se puede intentar equilibrar a regímenes tan poco recomendables como los de Irán y Arabia Saudí para que no se imponga uno u otro. 

Difícilmente, se pudo hacer peor y se pudo causar más daño. Todo ello sin contar con las repercusiones internas.  De la misma manera que Vietnam significó la congelación –¡hasta el día de hoy!– de buena parte de los proyectos sociales del presidente Johnson, Irak ha significado el final de proyectos mucho más cercanos a los ciudadanos de Estados Unidos que una guerra distante. 

Baste decir que hasta 2010, se había gastado en tan inútil y contraproducente conflicto el equivalente a lo que hubiera costado la atención sanitaria para todos los estadounidenses durante medio siglo.  Para los enemigos de un sistema de salud universal quizá haya sido una bendición que el dinero que hubiera podido costearlo se haya dilapidado en una guerra que ha costado más de un millón de vidas, que ha desestabilizado Oriente próximo para generaciones y que todavía continua, pero, personalmente, no comparto esa opinión.  Es doloroso reconocerlo, pero si Blair y Aznar son culpables de haber apoyado confiados la guerra de Irak, las responsabilidades de la administración Bush son muchísimo más graves.      

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