No tengo ni idea de lo que ha vaticinado la marmota Phil este año, pero es obvio que todavía hace un frío paralizante. Escribo tiritando, con Olaf en el hombro, haciéndome cosquillas con la punta de la zanahoria (Nota para profanos: hablo de Frozen, mi película de cabecera). Y tú, con estas temperaturas glaciales, en el último suspiro del invierno, querrás un novio, para tener algo que abrazar frente a la chimenea en los pocos domingos que quedan hasta que se derritan las nieves. Hasta ahora te abrazas a un periódico porque te divierte ir lanzando las páginas leídas al fuego, pero te recomiendo que no intentes hacer lo mismo con pedazos de tu nuevo chico, salvo que tu objetivo final sea casarte con un funcionario de prisiones. Siempre me ha parecido muy gracioso lo de ser esposa de un policía.

El mercado invernal de parejas está abierto. A fin de cuentas, febrero es el mes de los enamorados, según Jeff Bezos, y este año mis instagramers de cabecera se han fotografiado el día 14 con la única compañía de sus gatitos, lo que vaticina otro invierno demográfico y, tarde o temprano, la muerte de miles de felinos por coronavirus. A cambio, supongo, habrá un montón de solteros mirando con melancolía a los ojos a esos gatos y preguntándose cosas como: “¿por qué el ser y no la nada?”. Descuida, en cuanto comiencen los deportes violentos en televisión se les pasará el arrobo socrático.

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Y te lo he dicho más veces: a la hora de elegir compañía no hay que precipitarse. La pareja es algo que llega para quedarse, si debe irse, y que se marcha, si debe quedarse. Así que aunque no le hables y no le prestes atención, si tienes un novio, lo normal es que permanezca erguido junto a ti todo el maldito día, y hay momentos en los que puede ser exasperante tener a un tipo con las manos en los bolsillos mirándote fijamente, como esperando a que le rasques en la cabeza, o le lances un cacahuete, o algo. Es horrible una presencia así cuando, por ejemplo, estás a punto de atracar un banco, o si eres cirujana y estás operando a corazón abierto –bellísima metáfora–.

Veamos. Si lo único que necesitas es un poco de cariño, cómprate un perezoso que, al igual que Nuestro Dios, es lento a la cólera y, en general, es lento a cualquier cosa. Toma en consideración que también es lentísimo recogiendo el lavaplatos, pero en eso no notarás la diferencia con ninguno de los musculosos sobre los que haces clic cada noche desparramando tontamente corazones.

Ya, ya lo sé, tal vez quieras algo más que una mascota. Quizá desees alguien con quien poder hablar sobre el color de las cortinas o sobre la teología del cardenal Newman. Quizás requieras un hombro en el que llorar y, en definitiva, un hombre que no se desmaye al escucharte pronunciar muy lentamente la palabra “biberón”. Echa un ojo a cómo resuelven este asunto en el mundo animal. Es posible que el emparejamiento de la mayoría de los animales no sea del todo romántico, y estoy seguro de que su modelo relacional choca con las leyes de tu país –salvo que vivas bajo la ley islámica–, pero hay algunas cosas que puedes aprender viendo National Geographic, válidas para ambos sexos: si exhibes todos tus encantos de madrugada en mitad de una fiesta de bestias salvajes, lo normal es que atraigas al pájaro más rápido, no necesariamente al más inteligente; si conviertes a eso en padre de familia, no debería extrañarte que se vuelva loco, trate de morder a los de su misma especie o incluso intente emular aquel luctuoso cuadro de Goya protagonizado por Saturno. Un drama.

Para colmo de males, dicen ahora las feministas que no necesitas un príncipe azul. De acuerdo. ¿Entonces, qué se supone que necesitas? ¿Un siervo amarillo? Ardo en deseos de saberlo. La naturaleza humana no ha nacido para la soledad, sino para la sociedad; que es una inclinación tozuda, y acabarás buscando algo, sea lo que sea. Desengáñate. Si no es un príncipe azul, será cualquier otra cosa y no necesariamente mejor, incluido un dromedario, y esto último es un problemón si la ilusión de tu vida era casarte por la iglesia. No saben utilizar el reclinatorio y jamás les caben las alianzas.

Me dices como colofón que, como eres muy moderna, tal vez prefieras casarte en Las Vegas. Me parece bien. La iglesia es solo para las parejas que realmente se aman. Y, además, lo bueno de Las Vegas es que después de la boda, siempre puedes jugarte a tu marido a la ruleta rusa y perderlo, porque no creo que estés pensando en serio lo de quedarte toda la vida con un tipo que acepta una boda así. Hazme un favor. Prueba a deletrearle lentamente la palabra “biberón”. Es para una cosa. ¿Ves? Te lo dije. Llama a un ambulancia.

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