El pasado miércoles de madrugada recibí una notificación de Instagram: “A Chris Dickey le ha gustado tu foto”. Al veterano periodista le había gustado una imagen mía tomada en un playa de La Coruña, al noroeste de España, y que acompañé con el texto: “la ciudad del mar. La vitamina que me faltaba es la salitre”. Recordé entonces que le debía un mail. Pero no me ha dado tiempo. Pocas horas después llegó desde París la triste noticia de su repentina muerte. Tenía 68 años y una larga vida profesional: desde The Washington Post y Newsweek hasta su reporterismo en la guerra de El Salvador, en América Central y Medio Oriente. Desde hace diez años era jefe de World en The Daily Beast.

En 2015 yo estaba cerrando etapa en España. Había conseguido demasiado joven todas las cosas que soñaba en la profesión periodística. Estaba agotado y aburrido y hacer algo diferente en España parecía imposible. Por eso intenté que varios medios me dejaran probar fortuna con mis letras en Estados Unidos. Nadie me hizo caso, excepto dos grandes periodistas: John Avlon y Christopher Dickey. El primero, entonces editor de The Daily Beast, le dijo a Chris que echase un vistazo a mi propuesta. Y Chris se encontró conmigo: un tipo un tanto excéntrico, demasiado joven para estar tan harto, con un estilo humorístico difícil de traducir. Yo mismo me habría mandado al infierno. Pero Chris no.

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Se estudió mis trabajos, le divirtió mi humor, y decidió hacerme un hueco en The Daily Beast, asumiendo él mismo la labor de traducción de mis artículos. Me hizo ilusión, entre otras cosas, porque uno de mis autores favoritos escribía allí, mi admirado P. J. O’Rourke. Pero sobre todo, me sorprendió que un periodista de 63 años y de su imponente trayectoria estuviera dispuesto a traducir las tonterías de un niño de 35 años que, como todos los periodistas jóvenes, en el fondo quería ser Hunter S. Thompson, John Belushi y el Papa. Pero todo al mismo tiempo.

Trabajé con él varias historias para el Beast, primero bajo la dirección de John Avlon y después bajo la de Noah Shachtman. Cada pieza que hacía con Chris era un posgrado de periodismo. Cuando la amenaza yihadista golpeaba Europa, Chris nos reunía a todos los corresponsales en largas cadenas de mails porque quería tener la mejor información. Se afanaba en traducirme con fidelidad. Hacía siempre que mis artículos fueran mejores. Incluso cuando mi enfoque ideológico no coincidía con el suyo, era rigurosamente respetuoso en la traducción, y sutilmente divertido cuando necesitaba reconducir alguno de mis planteamientos estúpidos. Gracias a la oportunidad que me dio Chris en el Beast en 2015, hoy mis trabajos se publican también en muchos otros medios estadounidenses, como el National Review, The American Spectator o The American Conservative.

Hace dos semanas le conté que la Universidad de Barcelona había detectado que el coronavirus ya circulaba en las aguas residuales de esta ciudad hace más de un año. Le propuse escribir algo para el Beast. Me dijo que no creía que fuera una historia para ellos, pero añadió: “estoy interesado en echarle un vistazo al estudio, envíame un link”. Así era el periodista Christopher Dickey. Aunque no fuera a publicar la historia, quería conocer de primera mano la fuente.

En 2017 yo entré en el equipo de asesores de Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte y Portavoz del Gobierno de España durante el mandato de Mariano Rajoy. Cuando los independentistas catalanes intentaron su golpe de estado secesionista en España, la prensa internacional estaba ofreciendo una versión falsificada de los hechos. Así que le propuse a Chris contar a mi manera lo que estaba pasando. Aunque él confiaba en mi, de algún modo yo ahora estaba implicado en el Gobierno, y eso le planteaba un problema ético. Así que solo me puso una condición: que señalásemos en mi pequeña biografía del Beast mi nueva posición como asesor de un ministro del Gobierno antes de publicar la pieza “Cataluña para dummies”. Acepté y ese fue el primer reportaje internacional en defender sin fisuras el buen nombre de la España constitucional frente a las manipulaciones de los independentistas.

De Chris lo admiraba todo. Desde sus crónicas en The Daily Beast hasta su Instagram, donde demostraba ser también un excelente fotógrafo, capaz de captar el alma cotidiana de ciudades como París y Nueva York. Su estilo, riguroso y ameno, discretamente irónico, y su manera de dirigir y editar con carácter y libertad, ha permitido al Beast tener durante estos años una de las mejores secciones de internacional del mundo. La nota común en todas sus actividades era el amor. Amaba el periodismo: contar algo a alguien, aprenderlo, tocarlo, y sentirlo, para después ponerlo por escrito, o analizarlo como experto en televisión, en MSNBC, CNN o France 24.

Esa pasión la puso también en la reedición de los poemas crepusculares de su padre, el célebre escritor James Dickey. Cuando me hice con un ejemplar de Death, and the Day’s Light, con un maravilloso foreword de Chris, comprendí mejor la sensibilidad que el padre legó al hijo: “Of a whole thing. Show me the sea, / Second son, for the one time: the one time. Of all. Real God, roll. Roll”. “James Dickey construía imágenes enormes, preciosas, y espeluznantes”, escribí entonces en DIARIO LAS AMÉRICAS, “que zarandean el alma, la imaginación, que nos despiertan del tedio del verano”. Ahora sé que es lo mismo que podías sentir al contemplar la obra de Chris que, tal vez en un guiño póstumo a los poemas de su padre, murió en día marinero, el 16 de julio, cuando el mundo católico celebra la patrona del mar, Nuestra Señora del Carmen.

Al poco de conocerse su muerte, Twitter se inundó de mensajes preciosos. Todos destacaban la bondad de Chris. No es un tópico. Era esencialmente un hombre bueno. Uno de esos pocos tipos que consiguen que todo el que se le acerca se convierta en mejor persona. La periodista Tessa Miller contó ayer una anécdota que define bien su personalidad. En 2015, cuando ella enfermó y la ingresaron en el hospital, recibía cada semana en su correo fotografías de las velas que Chris iba encendiendo por ella en iglesias de todo el mundo… ¡hasta sumar un total de 37 velas!

Estoy convencido de que la luz prendida en esas 37 iglesias le estará iluminando a esta hora el camino hacia la eternidad. Al Buen Dios le conmueven los corazones limpios, grandes y generosos como el de mi querido maestro Christopher Dickey.

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