Desde que Donald Trump asumió la presidencia dejó claro a Estados Unidos, como al resto del mundo, que siempre dirá lo que piensa sin importar el caos político que pueda causar.

Durante las pasadas elecciones, el ahora mandatario estadounidense se sirvió de mensajes que le dieron buenos dividendos como: “Barack Obama y Hillary Clinton han puesto la corrección política por encima del sentido común, la seguridad y el interés de todos”.

Para el escritor Mario Vargas Llosa, aun cuando se ubica en una orilla política diferente a la de Trump, ataca la corrección política por considerarla “enemiga de la libertad y porque rechaza la honestidad, es decir, la autenticidad”.

Incluso el director de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), Darío Villanueva, la define como una nueva forma de censura perversa.

La primera mención conocida de “no políticamente correcto” se le atribuye a la Corte Suprema estadounidense, en el caso Chisholm vs.Georgia en 1792, pero la frase recién acuña relevancia a partir de 1930 en la Rusia comunista, donde se utilizaba en sentido irónico para referirse a que el interés del Partido representaba la realidad por encima de la realidad misma.

Ese aforismo se afianza en Estados Unidos entre los 70 y 80 con los movimientos feministas y progresistas, que ponen énfasis

en la importancia de utilizar un lenguaje y política que eviten expresamente ofender o poner en desventaja a individuos o grupos de la sociedad.

El concepto corrección política adquirió luego un sentido peyorativo, como crítica a los grupos denominados progresistas, que impulsaban cambios considerados superficiales y cuya efectividad e impacto en la sociedad están en duda.

Por lo general, su uso tiene connotaciones despectivas, aunque algunos lo adoptan para describir un lenguaje inclusivo o para hacer gala de civilidad.

En todo caso es innegable que este ataque a la corrección política en el establishment le haya servido a Trump para ganar las elecciones.

Por eso, quiso repetir la fórmula durante una polémica entrevista con un popular periódico británico y provocó mucha incomodidad pero no sorpresa. Un comentario que solo él podría haber hecho en vísperas de una visita oficial a uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos.

Durante la conversación con el periódico The Sun, el mandatario se refirió negativamente el plan para implementar un Brexit blando, de la primera ministra Theresa May, que persigue mantener los lazos con la Unión Europea.

También hubo oportunidad de criticar al alcalde de Londres y al secretario de Relaciones Exteriores británico que renunció la semana pasada por sus diferencia con el plan Brexit y de quien dijo: “Tiene la actitud adecuada para ser un gran primer ministro”.

Estas apreciaciones fueron percibidas por muchos ingleses como una clara intromisión en los asuntos internos, ya que dio municiones a los adversarios de May, que quieren cortar todo vínculo con la Unión Europa.

Aunque Trump admitió más tarde el impasse en una rueda de prensa, el daño ya estaba hecho.

“Dije cosas muy buenas sobre Theresa May. No creo que lo hayan puesto, pero está bien. Le dije a Theresa May que quería disculparme pero ella me dijo 'no te preocupes, es solo la prensa”.

También es cierto que el entonces presidente Barack Obama provocó en su momento una controversia, cuando dijo que el Reino Unido "iría al final de la fila" para Estados Unidos, en materia comercial, una vez que dejara de ser miembro de la Unión Europea; pero nada comparable con lo que causó Trump en su visita.

Si la corrección política causa comezón también lo hace la posverdad, que la RAE recientemente definió como una "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales".

Para el propio Villanueva, de la RAE, “muchos de los argumentos de los políticos ingleses partidarios del Brexit y especialmente los tuits y peroratas de Donald Trump, durante su campaña electoral” son posverdad.

Con esta sentencia no queda más que admitir la similitud con una vieja estrategia comunicacional no muy ortodoxa, que reza “una mentira repetida adecuadamente mil veces se convierte en verdad”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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