El inconformismo es una característica natural de muchos seres humanos y ahora en tiempos de restricciones y de ausencias seguimos siendo iguales. El fútbol regresó, ya vivimos la segunda semana de la pelota rodando en la Bundesliga alemana, y también es la segunda semana que nos deja el regreso del fútbol viviendo la misma sensación agridulce de estar asistiendo a una ópera inconclusa.

Los partidos se juegan y desde los análisis futbolísticos nos queda la certeza de equipos que se han preparado a conciencia y evidencian la disciplina y el compromiso con el que se manejan deportistas y dirigentes en una liga de primer mundo.

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Los protocolos de seguridad, por razones sanitarias, son estrictos a tal punto que sigo sin entender cómo jugadores que han sido examinados al extremo y encerrados previamente a este retorno, terminen por no expresar en las celebraciones, la alegría colectiva de un gol. Si están en la cancha es porque no hay riesgo de contagios. ¿Cuál es el temor? José Gavilán, periodista español, experto en la Bundesliga y con varios años cubriendo este torneo, nos explicaba esta semana que la respuesta a esa inquietud es meramente cosmética y se hace para generar conciencia. Más o menos cada celebración del gol en Alemania es un "comercial" institucional llamando a la prudencia.

Quizá tengan razón desde ese ángulo didáctico y académico para los alemanes, pero parte del "libreto" espontáneo del fútbol es la emoción natural que se pierde entre mensajes subliminales y buenas intenciones.

Esta semana tampoco nos importó mucho el arrollador paso del Bayern y la nueva versión que exhibe con Hans Flick, ni la velocidad de ese chico canadiense que va como una bala intentando convertirse en el mejor jugador de la Concacaf ante el mundo, que es Alphonso Davies. Tampoco nos detuvimos demasiado en ver el duelo de punta entre el Bayern venciendo sin contemplaciones al Frankfurt, ni el triunfo a domicilio del Dortmund frente al Wolfsburgo, ni menos que fue un fin de semana en donde no gritamos goles de Haaland.

Esta semana nos siguió importando el volver a ver estadios vacíos. Sabemos muy bien que esta es la "nueva normalidad” y que debemos acostumbrarnos, pero, en lo particular, a mí me cuesta y mucho. Insisto en que la materia prima del fútbol son los jugadores; del espectáculo en escena es el dinero, pero la esencia del deporte, y especialmente del fútbol, es el aficionado.

Es triste un partido sin público. No se trasmiten las emociones que genera la tribuna en ese "matrimonio" sin contrato que dura 90 minutos y que genera emociones de la cancha hacia arriba y recibe aplausos o reproches de la grada hacia abajo. El fútbol está hecho para el público y es bien cierto que la televisión o las plataformas digitales de hoy nos permiten verlo todo, pero parte de la escenografía está ausente. Diría que la principal escenografía no existe. No hay a quien brindarle un resultado que estimule de inmediato. El aplauso del televidente no se escucha, los gritos terminan en el sillón y el protagonista se queda sin saberlo.

Es verdad que todo está planeado por el bien común, para que la sociedad misma se proteja, para que aprendamos todos el sentido natural y el significado real de la palabra solidaridad. Sobre esas bases lo entendemos. No es un reproche a las normas, es simplemente resaltar las ausencias.

Así nos llega el fútbol, con sonidos de entrenamiento, con el lenguaje natural del futbolista pidiendo una pelota o reclamando un cierre, con el arquero como líder desde el fondo dando gritos que antes ignorábamos y ahora escucha el planeta, con la euforia de un técnico que ignora el barbijo cuando celebra un gol y parece contener la crudeza que está a punto de expresar porque piensa en los silencios.

Regresó el fútbol, volvió a rodar la pelota, está de vuelta el espectáculo, pero falta en el "teatro" a quien va dirigido. Un partido sin público es como tocar violín junto a una catarata.

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