El seminario “Gobernanza Global y Crecimiento en Libertad”, auspiciado por la Iniciativa Democrática de España y las Américas, IDEA, en asociación seminal con el Miami Dade College, el Instituto Atlántico de Gobierno de Madrid, y la escuela de gobierno Benjamin Franklin, ha dejado lecciones y desafíos para el pensamiento y la acción, muy urgentes de atenderlos.

En una tarea de reflexión y análisis informado sobre las realidades inevitables que plantea la globalización y los peligros muchos que significan sus desviaciones, para la libertad, sobre todo para el Occidente judeocristiano y milenario, recuerda que una concepción equivocada de aquella, cuando se vuelve «globalismo progresista», abona la deconstrucción acelerada de nuestras sociedades. “Pareciera que estamos presenciando el canto del cisne de la modernidad, con su subjetivismo y su relativismo” y en “el globalismo, que pretende emerger como nueva cultura dominante, lo propiamente humano aparece postergado”, precisa José Rodríguez Iturbe.

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Es lo que hace posible, ahora, sobre la dispersión social y la negación del hombre occidental –varón y mujer- como de sus raíces culturales propias, que los espacios artificiales del Leviatán se encuentren secuestrados por la criminalidad transnacional, mudada en “organización política”. Es lo que, con dejo de galimatías, postula el Grupo de Puebla al predicar el “derecho social” al “Estado”, como suerte de constructo incluso distante del mismo Leviatán de Hobbes, pues dice que resolverá, sin resolver la anomia social que a la vez le sirve y es útil, haciendo valer la necesidad de los autoritarismos y los mesianismos.

Tras tres décadas de recorrido en la liquidación de nuestros sólidos culturales: el mismo Francisco, al término del 2019, señala que “no estamos ya en un régimen de cristianismo”, el Foro de São Paulo y su causahabiente, el Grupo de Puebla, en alianza con las civilizaciones integristas en pugna contra la nuestra: la musulmana y la china, le ponen término a sus simulaciones, al fraude democrático –el uso del voto para luego acabar con las libertades– que en buena hora denuncia el expresidente Luis Alberto Lacalle.

A partir del COVID-19 y de los regímenes de excepción impuestos en las Américas y Europa, arguyéndose la obvia primacía de la salud, quienes ayer abandonaron la violencia y se dijeron dispuestos al camino electoral para acceder al poder –usándolo y luego vaciándole de contenido finalista– de manera desembozada ponen sus cartas sobre la mesa en esta hora nona. Y es que, como lo describiese con crudeza Markus Schultze-Kraf: Desde el fin de la Guerra Fría, los límites entre las organizaciones criminales y los grupos de insurgentes, terroristas, paramilitares, se han vuelto cada vez más borrosos; y han pasado tres décadas desde entonces.

El caso es que, en las agendas globales, incluidas la de la ONU-2030 y la del Foro de Davos, no hablemos de la de Puebla, media una manifiesta desvalorización de las cuestiones relacionadas con la democracia y el Estado de derecho. Es como si la libertad y los derechos fundamentales afirmados sobre la primacía de la ley y vistos como el desiderátum de la democracia, pudiesen subsistir al margen de ésta y de aquél; casi al punto de dársele carta de legitimidad a la “legalidad criminal” o a la “crimi-legalidad” emergente.

¿Se trata de algo viejo y nada nuevo, como la banalización de la maldad absoluta que desgrana en sus escritos Hanna Arendt? ¿Tenemos vino nuevo, o vino viejo?, se pregunta y nos pregunta el expresidente Jamil Mahuad.

El expresidente José María Aznar dice bien, gravemente preocupado, que “desde el año pasado, desde el comienzo de la pandemia, nos hemos dado cuenta de que vivíamos, probablemente, la crisis más grave en el orden internacional después de la Segunda Guerra Mundial. La pandemia lo que ha hecho es acelerar la tendencia, por poner en cuestión lo que ya estaba puesto en cuestión. Y lo que estaba en cuestión era el orden liberal nacido de aquella guerra. La retirada del mundo occidental, la retirada de los EE. UU. en Afganistán, ha confirmado de nuevo, y de una manera muy dramática, los cambios que se están produciendo en la gobernanza global”.

El dato actual, descarnado e incisivo, es el apoyo global que Rusia, mientras desafía a USA en su patio vigilando las negociaciones entre el régimen narco-criminal imperante en Venezuela y una representación del mundo político democrático, le ha otorgado a Álex Saab, pieza de oro de la criminalidad política transnacional. El experto Hugo Acha conoce sus entresijos y los explica a cabalidad durante el seminario.

Entre tanto, los emisarios del régimen de Caracas le suscriben cartas patentes como emisario diplomático a Saab, encarcelado en Cabo Verde y le suman, en acto de provocación deliberada –sobre los estertores del ominoso precedente de Afganistán– como integrante de su delegación en la mesa de diálogo establecida en ciudad de México. Al cabo, tienen como anfitrión a Andrés Manuel López Obrador, quien, a la sazón, recibe como paradigma de ese nuevo orden de relativismo absoluto esperado, al represor cubano Miguel Díaz-Canel.

La cuestión de fondo en juego y crucial, lejos del desenmascaramiento y los diagnósticos, la sintetiza con lucidez el profesor Francisco Plaza, de Atlantic University. Es la pérdida del fundamento antropológico que diera soporte al orden mundial del siglo pasado, y que fenece luego de la terminante declaración del secretario de la ONU, Antonio Guterrez: “El talibán ganó, le pedimos moderación, mantendremos un diálogo”.

He aquí, pues, la enseñanza: “Cuando una comprensión equivocada de la tolerancia impide ver que la democracia es principalmente una forma de vida, que encarna un conjunto de verdades concretas sobre el ser humano, la democracia ya no es capaz de contener el impulso de las fuerzas contrarias a su espíritu”, concluye Plaza.

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