Israel celebra el 74° aniversario de su independencia, ocurrida un 14 de mayo en el Museo de Arte del Tel Aviv, al finalizar el mandato británico sobre Palestina. Ya en 1917 el gobierno de su Majestad había aprobado “haber visto con favor el establecimiento allí de la casa nacional del pueblo judío”, pero la ONU decide en 1947 dividir Palestina en dos Estados: uno árabe palestino y otro judío, quedando la mítica Jerusalén bajo régimen internacional.

Más allá de los debates, no pocos sesgados e ideologizados a que da lugar ese proceso, lo relevante son los contenidos del manifiesto de independencia que en la ocasión lee David Ben-Gurión, acaso el principal mentor del Estado de Israel. Es lo que importa. Son los que se intentan poner en entredicho por quienes militan dentro del progresismo globalista o, recién, el pasado 4 de febrero, los que anuncian al mundo y a Occidente en lo particular una Era Nueva. Me refiero a China y a Rusia, que así lo acuerdan en los días previos al aldabonazo de la etapa crucial de la guerra que esta lleva contra Ucrania desde 2014.

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La cuestión es que somos testigos de una guerra animada por la reivindicación de legitimidades geopolíticas que se dicen obtenidas tras la Segunda Guerra Mundial, ante un Occidente que se ha declarado huérfano de raíces y se avergüenza de su memoria, a diferencia del pueblo judío.

Extrapolando las palabras de don Augusto Mijares, quien defiende lo afirmativo venezolano, Ben-Gurión entendió en aquel instante memorable que lejos estaba el acto de la independencia que proclamaba de una duda existencial. Optó por el somos, no por el estar. Israel, lo dice, es “un país construido más en las personas que en el territorio”.

La guerra de agresión rusa –que para algunos puede resultar ajena a sus intereses o al motivo que motivan estas líneas– se nos presenta, así, como una paradoja de sentido. Se celebra la independencia del pueblo judío mientras los ucranianos intentan alcanzarla, inmolándose su pueblo en Holocausto.

¿O acaso esta experiencia, que se cuece tras la caída del Muro de Berlín, no llama o trae a colación la repartición de los grandes espacios vencidos tras las Grandes Guerras del siglo XX sin consideración de su víctima más protuberante, el pueblo judío? China y Rusia, justamente, en esta circunstancia de la guerra y previo a la misma han expresado que su cometido es volver al estatus quo de 1945.

Lo relevante a considerar es que, desde la caída del socialismo real cuando la comunidad de los Estados cede en sus seguridades éticas más que políticas, relaja sus formas de identidad social, lo que es peor, relativiza los valores comunes y universales que renueva el Holocausto y nutren al orden mundial todavía en vigor, aquél se nos muestra incapaz de rasgar con fuerza igual a la conciencia contemporánea.

Las ideas de la razón pura y de la razón práctica, fundadas sobre la realidad humana que trasciende y apuesta a la esperanza, más allá de sus contenidos religiosos, es, ha sido y seguirá siendo lo característico de los universales que predica la cultura occidental en su vertiente judía, y asimismo en su vertiente cristiana.

Es, al cabo, lo que medra en el trasfondo del patrimonio intelectual occidental a riesgo de remitir hoy. No por azar los Estados y sus gobiernos, y sus independencias, y sus soberanías sobre los asuntos domésticos, todos a uno no pueden franquear impunemente la obligación de respeto a la dignidad humana.

Israel, al efecto, como lo predica su Declaración de Independencia, que por ende adquiere inusitada actualidad, “creó una cultura cargada de significado universal [...] y el pueblo judío mantuvo su lealtad a ella en todos los países en donde permaneció en diáspora”. No les bastaba a los judíos, como tampoco basta a los cristianos dada su prédica de la Resurrección, el mundo del «aquí» y «ahora».

El «ser» o el «no ser» sobre el que contiende ahora la Humanidad en el campo de batalla luego del desmoronamiento comunista, usando como altar a la cuestión ucraniana, que es la puerta de entrada y salida del Occidente de las Leyes y el Oriente de las Luces, busca, a fin de cuentas, apolillar el sentido finalista del manifiesto leído por el pueblo de Israel en su cuna: “Aquí escribió la Biblia y la dio al mundo”, reza este.

Lo cierto es que los miedos del siglo XXI, los de esta hora y que nos inundan, se cuecen en el marco de sociedades desmembradas y que desplazan el significado raizal de la vida y de la vida en democracia y de la personalidad y la ciudadanía, como experiencias de lo humano. Occidente se avergüenza de lo que es y por ello derrumba íconos, quema iglesias, reclama de perdones por haber nacido, y hasta ha dado a Dios por muerto para cultivar las enseñanzas de Nietzsche.

En el «aquí» y «ahora» se vienen creando repúblicas imaginarias vaciadas de nación y de culturas. Su objeto es prohijar la amnesia o el revisionismo de la historia, a fin de proclamar otras independencias sin partidas de nacimiento. Son franquicias u objetos al detal, al arbitrio de sus mandones y traficantes de ilusiones, los dictadores del siglo XXI.

Probablemente, como lo creo, la guerra corriente entre los eslavos es el parto de otra Edad. La evolución geo/bio/morfológica terráquea de más de 40 milenios acaso se verá desplazada y podrá quedar subordinada a la virtualidad e instantaneidad del Metaverso; salvo que la Humanidad, sin intentar revertir la genialidad de sus recientes revoluciones industriales, les imprima el sello humano y su teleología. Leer el manifiesto de Ben-Gurión les sería de utilidad. Ayuda a entender que las ideas del “deber” y del “valer”, no tanto las del «aquí» y «ahora», son los fundamentos intelectuales de un Occidente desorientado.

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