El presidente Richard Nixon (1969-1974) estaba convencido de que, a pesar de la ideología comunista la República Popular China, había que abrirle las puertas al país asiático para contener los ímpetus expansionistas de la entonces Unión Soviética.

“Desde los primeros días de su presidencia, Nixon envió señales a los líderes chinos de que estaba dispuesto a hablar a través de París y Varsovia, sirviéndose de los líderes de Rumania y Pakistán”, según señala The National Archives.

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La llamada “diplomacia del Ping Pong” y el viaje secreto del otrora asesor de Seguridad Nacional de Nixon Henry Kissinger a Pekín en 1971, abrieron el camino para concretar años más tarde la apertura de relaciones, en 1979, durante la presidencia de Jimmy Carter (1977-1981).

Antes, los contactos eran prácticamente nulos, luego de que el Partido Comunista Chino venciera al Partido Nacionalista en 1949 y se hiciera con el poder, fundando la República Popular China y desterrando a la isla de Taiwán al gobierno de la República de China.

En este contexto, el reciente viaje por Asia de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, con una controversial escala en Taiwán, la que China llama “la isla rebelde”, desató la ira en Pekín, mientras la administración Biden enviaba mensajes confusos.

La visita de cualquier estadounidense a Taiwán ya es vista en China como un signo hostil, por considerarse un desafío deliberado a un acuerdo diplomático bilateral de larga data.

Bajo la llamada política de Una China, Estados Unidos se compromete a reconocer al gobierno de Pekín como representante oficial del pueblo chino y, de hecho, los vínculos diplomáticos oficiales son con China y no con Taiwán.

Dicho esto, Washington tampoco vería con buenos ojos cualquier cambio en el statu quo, es decir, que China absorbiera a la democrática Taiwán, ya sea por medios diplomáticos o por la fuerza.

En este sentido, Estados Unidos ha mantenido durante décadas una complicada relación, no oficial con Taiwán, proporcionando armas para que defienda de un posible ataque militar chino.

Según el Departamento de Estado: “Como democracia líder y potencia tecnológica, Taiwán es un socio clave de Estados Unidos”.

Por lo tanto, la presencia en Taiwán de Pelosi, tercera en la línea de sucesión para ocupar la Casa Blanca, fue controversial.

Hay buenas razones para argumentar que la presidenta de la Cámara de Representantes debería poder ir de visita a Taiwán sin temer a las advertencias del líder chino XI Jinping.

Cierto es que la reacción de China fue escandalosa y peligrosa, disparando misiles balísticos de corto alcance al mar cerca de Taiwán y Japón y lanzando un ejercicio militar agresivo.

Si Pelosi hubiera llegado a Taiwán sin publicidad previa, ¿La reacción de Pekín habría sido menos beligerante?

El presidente Biden nunca aprobó el viaje, aunque tampoco le correspondía. Sin embargo, el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional, John Kirby, dijo que Estados Unidos estaría en condiciones de proteger el avión donde Pelosi viajaba hacia Taipéi.

Estos mensajes mixtos probablemente aumentaron las sospechas en China de que el viaje de Pelosi fue una especie de conspiración de Washington que violó la llamada política de Una China.

Es obvio que el Pentágono desaconsejara el viaje, dadas las crecientes tensiones entre la armada estadounidense y China en la región indo-pacífica, especialmente en el mar de China Meridional.

Por otra parte, hay que mencionar que Taiwán es el principal fabricante por contrato del mundo de chips semiconductores, y su industria está en auge a pesar de las tensiones en la zona.

Estos chips se encuentran en la mayoría de los dispositivos electrónicos, incluidos los teléfonos inteligentes, las computadoras, los vehículos e incluso los sistemas de armas que dependen de la inteligencia artificial.

“Las empresas en Taiwán fueron responsables de más del 60% de los ingresos generados por los fabricantes de semiconductores por contrato del mundo en 2020”, según un artículo de Lindsey Maizland, del Council on Foreign Relations.

Algunos expertos argumentan que la dependencia de Estados Unidos de las empresas de chips taiwanesas “aumenta su motivación para defender a Taiwán de un ataque chino”, sostiene Maizland.

¿Entonces, valió la pena el viaje?

El viaje de Pelosi fue breve pero las consecuencias podrían durar mucho tiempo.

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