Madrid lleva semanas sumido en la tristeza. No hay flores sino musgo en los árboles y bronce en las piedras. Y es que en este barrio, el bronce tiene forma de letras, y las letras apariencia de verso y el verso vestidura de estrofa. Y la gente, al caminar, lo pisotea.
"Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín."
Es primero de abril aunque luzca más a febrero. Las lluvias enriquecen las migrañas de un joven que anda cojo y deshilachado, esquivando torpemente los versos, admirando a veces el bronce. La ciudad deja ver sus resquicios de invierno y este chavea, acorralado por el febrero en pleno mes de abril, dejó de leer las piedras y volvió a su hogar: un apartamento destartalado por cuatro habitantes de distintas tradiciones que, a pesar de sólo compartir idioma, no hablaban entre ellos. El joven sin nombre y sin verso se arropó en la cama. Trató de recordar las formas del metal:
"Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín."
Maletas, valijas, bolsones y macutos pasaron por encima de estas letras, encaminándose tras Ella, una mujer que guiaba a su equipaje como Moisés, y volaba sobre los versos sin cortar mares ni tensar velas. Con la energía de los metales y el cantar de las estrofas adivinaba en los portales cuál sería su hogar. Se detuvo en el número 12, un portal de verjas negras e interior de mármol, con las barandas de charol y las entradas a los apartamentos forjadas con madera noble.
(El chaval sin apodo no estuvo ni cinco minutos arropado. Obcecado en recordar la silueta bróncea había salido a adivinar los versos entre cojeras y temblores por el frío.)
"Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela
un velero bergantín."
Volvió a su casa, esquinó el zaguán y recorrió aquel largo y oscuro pasillo que moría en un salón diminuto, de repente plagado de maletas, valijas, bolsones y macutos.
Ella le saludó.
Él quedó mirando sus ojos de mar acuchillado y nubes trenzadas, su inocencia de velero.
¿Vives aquí? - preguntó Ella.
Ahora yo también - añadió, como si no le sorprendieran aquellos temblores y formas deshiladas.
Él sonrió - parece febrero - dijo, no sabía que decir. Y es que no podía dejar de mirar esos ojos, los hubiera afilado el viento y tejido las lunas, recordado el cielo o fraguado las aguas, era incomprensible, como también era incomprensible la sonrisa, los gestos y la voz, pareciera de aire su ademán y de nimbo sus pupilas. Pareciera un verso en sí misma, llena de lluvia y empapada en símbolos.
Siguió lloviendo hasta el siguiente febrero, pero esta vez llovía bronce. El cielo doraba los árboles, nacieron pétalos del musgo y lirios en los paseos.
Parece abril - me dijo Ella
Nos detuvimos sobre las piedras. Miramos bajo nuestros pies, andábamos sobre los versos:
¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?