Arrugas. En la frente. Oigan, tal y como se lo cuento. Arrugas auténticas, risueñas, desafiantes. Las he encontrado por casualidad y me ha invadido un dramatismo histérico similar al de James Stewart cuando se asoma al abismo del puente en la navideña "It's a Wonderful Life". Confundido por el nerviosismo del momento, he cometido el peor error de mi vida: acercarme más al espejo para escudriñarlas. Hacía tiempo que no veía un tejido tan magullado, palidecido y carente de la lógica distribución celular humana. Es probable que haya muerto hace un par de semanas y nadie hasta ahora me ha puesto al tanto de tan relevante circunstancia. Sopeso la posibilidad de llamar a la funeraria para preguntar por mí pero lo más probable es que si he fallecido me digan que no puedo ponerme al teléfono. La lógica de los servicios funerarios resulta descorazonadora.

Me acerco más al espejo. Desconozco si es posible que pueblen mi rostro millones de células muertas pero, viéndolas en primer plano, lo que es seguro es que como mínimo están de resaca; tal vez anoche salieron a bailar con los glóbulos rojos. Y en todo caso esas pequeñas venas vacías, que como meandros del río de la muerte se extienden por mi piel, no han sido autorizadas, ni responden a mi jovencísima condición.

Me he frotado los ojos por si todo fuera una pesadilla. Al abrirlos, seguían ahí, incluso más acusadas, por la tensión de la emoción. Han venido para quedarse. He desenfundado el teléfono con intención de avisar de la emergencia al hospital más cercano, pero al no saber describir la gravedad de lo que está pasando, he decidido acudir antes a SIRI:

—¡Tengo arrugas, SIRI! ¿Qué hago?

—Lo lamento, señor Díaz.

—Que las tengo de verdad. Las estoy viendo. Alargadas y profundas. Es tenebroso.

—Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir, señor Díaz.

—SIRI…

—¿Si?

—¿Esta es toda la inteligencia artificial con la que te han dotado?

—Deslumbrante, lo sé.

—Está bien. Activa el Modo Avión.

—Si activas el Modo Avión, SIRI dejará de estar disponible, como su finísimo cutis, señor Díaz.

—Brillante. Por eso. Activa el Modo Avión.

—Feliz tarde, señor Díaz.

En ocasiones me cuesta entender por qué, con la cantidad de cortocircuitos que se producen en el mundo a diario, ninguno se ocasiona en mi teléfono a la altura de donde tiene su guarida SIRI. Esa máquina me pone de tan mal humor como esos gurús de la psicología posmoderna que insisten en que debemos amar cada una de nuestras arrugas. Amar a una arruga es algo que se me antoja tan complicado como enamorarse de un extracto bancario.

He contemplado mis nuevas arrugas pensando en que las llaman “los surcos de la sabiduría” y, por un instante, me he felicitado por haberme vuelto más listo así de repente. Después he girado sobre mis pies, sonriente y evadido como una adolescente enamorada, me he puesto a silbar y he intentado salir del baño sin abrir la puerta. El golpe me ha hecho reconsiderar la postura happy-acomodaticia sobre el envejecimiento.

Ahora tendré que empezar a untarme cremas raras, mi rostro quedará oculto bajo brebajes pringosos y, los días de viento, seguro que se me pegan en la cara las hojas secas del otoño; así que además de viejo pareceré una fábula de animación 3D. Tendré que revisar cada día que no hayan crecido las arrugas, o si se han multiplicado, y el médico me dirá que he de mejorar mi alimentación y hacer deporte, que es algo que recetan bajo cualquier circunstancia y a todos los pacientes.

Estoy a punto de que los forzudos repartidores de Amazon me cedan el paso en los ascensores, de que los niños me abran la puerta y de que las jovencitas me miren por la calle con ternura geriátrica. He pensado en estirármelas con ayuda de un par de Post-it, pero siempre hay un imbécil que anota su número de teléfono o alguna rima ordinaria en el papel amarillo cuando estás esperando a que se ponga en verde el semáforo, lo que haría que además de arrugado parezca un tipo realmente estúpido.

Tengo que asumir de una vez por todas que no tiene solución, considerar que en la sección de frutos secos del mercado hay albaricoques que están mucho peor y que no todo es tan negativo; al fin y al cabo, ahora al fruncir el ceño puedo pasar por un hombre más sabio siendo el mismo idiota de siempre.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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