En Venezuela llevamos mucho tiempo sin dormir. Entre los teléfonos con llamadas angustiantes por hijos, hermanos, sobrinos y conocidos apresados, torturados y/o desaparecidos, llegan las primeras luces del día. Los periodistas pegados a los chats confirmando las nocturnas arremetidas de pranes, colectivos, policías y guardias nacionales que se han convertido en su solo cuerpo de terror, disparando ráfagas de metralletas, armas automáticas y semi-automáticas, lanzando bombas lacrimógenas en las cercanías y dentro de los hogares, destrozando paredes, tumbando con sus vehículos blindados rejas, cercas y portones causando pánico entre los habitantes que responden a tanta agresión con el ruido de sus cacerolas vacías, gritos y mentadas de madre. Así transcurren las noches en este país al cual llegó hace 19 años una “revolución” que ha acabado con todo.

Este pueblo está en constante vigilia. Nadie sabe a qué hora puede ser una víctima más de la tiranía que ha instaurado con fuerza un terrorismo de Estado, donde impera la brutalidad, la corrupción y el hamponato, donde la libertad ha sido secuestrada. El gran legado de quien llegó con la promesa de una Venezuela justa y de oportunidades se llama Nicolás, un ser con pasado opaco, nacido en cuatro lugares diferentes, sin partida de nacimiento que lo acredite como venezolano, carente de una historia infantil, desprovisto de impresiones fotográficas de un cumpleaños, bautismo, carnaval o juego metras con vecinos de cualquier barriada venezolana. No hay una prima, tía o compañerito de escuela que haya guardado un recuerdo de esos primeros años de quien amenaza continuar y profundizar el desastre que llama “revolución”.

“Si fuera destruida la revolución bolivariana nosotros iríamos al combate, nosotros jamás nos rendiríamos y lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas”, ha dicho el indocumentado, declarando así definitivamente la guerra contra los venezolanos. Y es que tras 3 meses de una oleada de manifestaciones en contra del régimen, de casi 100 muertos, miles de heridos y detenidos, los ciudadanos continúan en el asfalto a todo lo largo y ancho del territorio nacional, enarbolando banderas y consignas de cambio.

No entiende la dictadura que la lucha que se libra en las calles no es de chavistas contra opositores o viceversa y el mejor ejemplo de ello, es que esta semana militantes de ambos sectores han apoyado las actuaciones de la Fiscal Luisa Ortega Díaz, por percibirlas correctas. Lo que viene sucediendo en el país, es un reencuentro entre venezolanos hartos de la ineficiencia y la represión de un Estado que encarcela y asesina. Desde el empresario hasta el buhonero, el profesional u obrero, artista o deportistas, adultos y jóvenes, hombres y mujeres, creyentes o no, día tras día todos salen a protestar, a desplegar su descontento y rabia producto del hambre y la escasez que a todos nos tocó en mayor o menor grado.

Cuando el estomago está vacío, cuando se nos muere un ser querido por falta de medicamentos, cuando no hay sueldo que cubra nuestras necesidades primarias y no se cuenta con luz, agua o transporte ya que lo paralizan en castigo a la protesta, pero en contraste se observa a los jerarcas del régimen gordos y bien vestidos, con grandes carros y rodeados de espalderos, ostentando su riqueza mal habida, no hay fuerza en el mundo, temor o miedo que no pueda ser derrotado por el deseo de libertad.

La revolución finiquitó la producción, la salud, el comercio, la educación y separó a las familias lanzando al exilio a algunos de sus miembros. La revolución acabó con cientos de miles de puestos de trabajo arrojando a hombres y mujeres productivos a la angustia que produce el desempleo. Este sistema autoritario liquidó la seguridad física y jurídica, la paz y la tranquilidad de los ciudadanos. Pero lo que no pudo ni podrá jamás el dictador, es extinguir la dignidad de un pueblo decidido a conquistar su libertad.

Por un tiempo seguiremos en vigilia, pero Maduro, de que se va…se va.

pereznitu@gmail.com

@NituPerez

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