La primera ley: ponte en lo peor. Una visión realista de las cosas es importante a veces. Hay que saber que el propio confinamiento tendrá también consecuencias catastróficas para toda la Humanidad. De hecho, es muy probable que Paulo Coelho aproveche el encierro para escribir otro libro.

La segunda ley: vístete como quieras. Estos días Twitter está lleno de tipos en pijama que tuitean desde casa que lo más importante de todo es que no estés en pijama. Ponte el pijama y mándalos al carajo. Eso sí. La nueva vida social se da ahora en la ventana. Tú verás si quieres que todo el mundo te recuerde con el pijama verde de hipopótamos rosa. Tengo un vecino que se pone chaqué para cruzar de su habitación al baño, solo porque pasa por delante de una ventana. Ese es el espíritu.

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La tercera ley: come todo lo que puedas. Los nutricionistas insisten en que debes controlar la comida para que cuando termine el confinamiento seas capaz de salir por la puerta sin necesidad de llamar a los bomberos. Pero nadie te asegura que esto vaya a terminar, de modo que por el momento, come lo que tengas, porque tal vez mañana tu país se convierta en Cuba. Mis científicos de cabecera han podido confirmar que solo hay un medicamente eficaz contra la depresión por confinamiento: el chocolate.

La cuarta ley: no lo hagas todo el primer día. El problema de que otros países lo hayan sufrido antes, es que resulta fácil copiarnos: los aplausos por la ventana, los conciertos desde casa, y esas cosas. Los españoles, por ejemplo, intentamos hacerlo todo durante el primer día de confinamiento –los conciertos, los diarios, las historias de Instagram, los aplausos, los carteles en la ventana, la limpieza en casa, el curso de chino y la fiesta en los balcones–, y ahora llevamos dos semanas devorándonos unos a otros como si hubiéramos celebrado la Fiesta de la Droga Caníbal.

La quinta ley: sigues teniendo vecinos. La prohibición de salir de casa no incluye un permiso extraordinario para organizar conciertos de percusión, hacer cursos de claqué por Skype, o celebrar espectáculos pirotécnicos en el salón.

La sexta ley: no compres papel higiénico. En serio, los vecinos tienen los armarios a rebosar de papel y ya no saben dónde meterlo.

La séptima ley: monta una enfermería en casa. Durante estos días no debes ir al hospital. Da igual lo que te pase. Si el corazón late, quédate quieto. Lo ideal sería que estuvieras así todo el rato, pero como no vas a ser capaz e inevitablemente te vas a golpear con algo, o te torcerás un tobillo, o te quemarás una mano, tener una enfermería en casa te resultará práctico. Si no tienes ni idea de medicina, anota esto: casi todo se cura con paracetamol, alcohol –preferiblemente whisky–, o amputación. Procura evitar la amputación si no quieres pasarte el resto del día limpiándolo todo.

La octava ley: ataca el aburrimiento con algo grande. Mucha gente se aburre porque intenta aplacar un hastío vital insoportable viendo una serie, canturreando o mirando por la ventana. Error. A grandes males, grandes remedios. Si estás aburrido de verdad, monta unas olimpiadas en el tejado, atraca la casa de un vecino ausente o construye un tirachinas y trata de golpear las antenas de los edificios aledaños con garbanzos. Apunta bien o búscate un buen abogado.

La novena ley: tras el coronavirus es muy probable que llegue el virus de la recesión. Reza lo que sepas. O la Virgen de Fátima hace un milagro o acabaremos recordando con cierta nostalgia los días de confinamiento, cuando no teníamos dónde gastar nuestro dinero.

La décima ley: esto no pasará rápido. Y desecha también la idea de que muy pronto volveremos a abrazarnos. Personalmente, dejaré pasar tres glaciaciones antes de que alguien vuelva a estrecharme la mano y tal vez, y solo si me reencarno en pangolín, dejaré que alguna vez alguien vuelva a darme un maldito abrazo.

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