viernes 20  de  febrero 2026
OPINIÓN

Maduro arremete contra los trabajadores

La estadística de venezolanos aplastados no hace más que crecer. Es muy importante no dejarlos solos. Eso es lo que el régimen desea, que los olvidemos

Diario las Américas | IBÉYISE PACHECO
Por IBÉYISE PACHECO

El chavismo destruye obras y las que planifica no las concluye, eso sí, se queda con el dinero. De las pocas obras que culmina destacan sus prisiones. Yare II y Yare III entre ellas. Los cálculos sobre la cantidad de los allí detenidos son tenebrosos: proyectadas para alojar Yare II 680 internos y Yare III 432, actualmente ambas albergan aproximadamente más de 43 mil. Y el número no se detiene. El hacinamiento es incalificable.

A ese infierno están mandando a los trabajadores de las empresas petroleras cuyo delito es denunciar la corrupción, o reclamar sus derechos laborales. Y quien lo ordena es el que se autodenomina “presidente obrero”.

La información que trasciende sobre los apresados es obtenida subrepticiamente ya que luego de que los detenidos son sometidos a desaparición forzada, los familiares son amenazados de que sus seres queridos recibirán castigos aún más severos, que se extenderían a ellos mismos, si se atreven a hacer pública la desaparición.

Terrorismo.

El sector petrolero es altamente sensible para el régimen por razones obvias. La irresponsabilidad e ignorancia ejecutadas por Hugo Chávez con la violenta expulsión masiva del capital humano que llevó al colapso de la meritocracia y aceleró la oscura politización de la empresa, con Maduro ha avanzado en destrucción y corrupción.

Desde que Maduro está en el poder el deterioro y el asalto se han extendido grotescamente. Allí permanecen las cicatrices de Tareck El Aissami y sus más de 20 mil millones de dólares que aún deben estar navegando en negocios del crimen organizado.

A pesar del progresivo deterioro y de ser continuamente asaltada, la empresa petrolera aún alimenta la maquinaria corrupta del régimen. Y quien se interponga en ese asalto es severamente castigado.

Todo el que denuncia cualquier negocio opaco o que se atreve a exponer casos de corrupción o de ineficiencia operativa y de injusticia laboral, termina en prisión acusado de los delitos convenientes para la dictadura como incitación al odio o terrorismo.

De esta manera en las últimas semanas más de 80 trabajadores de las plantas de El Palito en Carabobo, en Anzoátegui y en Paraguaná, estado Falcón, han sido llevados a prisión.

“La política de agresiones contra los trabajadores no es tema reciente, pero ha ido a peor”, precisa Pedro Eusse, secretario de la Central Unitaria de Trabajadores de Venezuela y miembro del Partido Comunista, quien tiene casos registrados de la criminalización de la lucha laboral desde que Maduro asumió el poder.

Para el dirigente sindical el régimen se ha propuesto controlar todas las organizaciones de la sociedad, las comunales, las culturales, las campesinas y las de los trabajadores. Quiere controlarlas para someterlas o para destruirlas.

También Maduro pretende aleccionar. Para intimidar se ha llevado por delante en estas últimas semanas la libertad de esos trabajadores, acciones que promete extender a otros sectores que anteriormente también han sido castigados, como las empresas básicas o el magisterio.

Todo esto es parte de un plan diseñado por los cubanos -como siempre-. Las acciones represivas primero han avanzado con la jauría de la DGCIM encargada de apresar y torturar a la dirigencia política a la cual se han propuesto liquidar física y emocionalmente. En paralelo ha sido criminalizado al liderazgo social, las organizaciones profesionales y de trabajadores como sindicatos, gremios entre ellos los de periodistas, economistas, defensores de derechos humanos, estudiantes y más.

Y no debemos olvidar que también centenares de militares han sido pulverizados. Con ellos el escalpelo torturador se ha ensañado.

Este accionar no ha logrado doblegar a los venezolanos, mucho menos ha reducido su voluntad y decisión de sacar a Maduro del poder.

A esa fortaleza le teme Maduro, así como a la articulación entre organizaciones políticas. Él sabe que un pueblo organizado y con fuerza de choque lo expulsaría del poder, de ahí su desesperación y su paranoia que buscan bloquear la comunicación entre venezolanos. Por eso ordena hacer desaparecer a todo vocero con credibilidad que denuncie injusticias y que agite al pueblo para no decaer. Y para liquidar ese aliento, la orden es borrar a voceros escuchados en el espacio público; las torturas infligidas procuran reducirlos a la nada, debilitarlos, convertirlos en seres frágiles, fantasmales, inseguros, incapaces de retomar su liderazgo ante la comunidad.

La estadística de venezolanos aplastados no hace más que crecer. Es muy importante no dejarlos solos. Eso es lo que el régimen desea, que los olvidemos. Por eso día tras día debemos recordar su padecimiento, su inocencia, su indefensión. Tanto de civiles como de militares. Difundamos sus historias como víctimas y como pilares valientes, muy valientes, de la lucha contra la dictadura.

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