Ayer comenzó la trigésimo quinta edición del Festival de Cine de Miami, como un sonoro y deslumbrante tren recorriendo, a toda velocidad, los rincones más insospechados de la ciudad, hasta el 18 de marzo.

Es el más importante que se celebra bajo el amparo de una institución universitaria en los Estados Unidos y sigue siendo la puerta de entrada del talento hispanoamericano al competitivo y complejo mercado de esta gran nación, tan dada a la historia del séptimo arte desde sus inicios.

Miami todavía es una urbe capitalina joven, aunque vamos creciendo a los cuatro vientos, a veces de manera desmedida, y otras de modo precioso. El desarrollo urbano y el atractivo internacional nos hacen más adultos pero la edad, en términos históricos, sigue siendo la de una adolescente presumida.

Desde que el Festival nos puso en el mapa cinematográfico mundial, está demostrado que nuestra población, tal vez por el gran componente iberoamericano y habría que hacer una encuesta para comprobarlo, es eminentemente cinéfila.

Disfrutamos los estrenos especiales con directores y actrices, así como las alfombras rojas y otras festividades que giran alrededor del cine como una atractiva galaxia. Cuando nos convocan, concurrimos a esos momentos fascinantes, que suelen ser irrepetibles. En este momento me viene a la mente el gran actor Ricardo Darín, “echando un pie”, durante una de nuestras celebraciones. Se le veía muy feliz y complacido. De eso y de muchas cosas más tratan los festivales de cine.

Este año, dos clásicos vivos engalanan la importancia del evento de Miami, la inigualable actriz francesa Isabelle Huppert, leyenda viva de la gran pantalla, con más de un centenar de filmes a su haber, y el maestro de maestros Carlos Saura, padre del cine moderno español, con una carrera que sobrepasa el medio siglo. Ambos serán homenajeados por filmografías deslumbrantes y aparecerán en pantalla con sus más recientes películas.

Un pariente me enseña un filme que está viendo en su reloj, otro me lo muestra en el teléfono inteligente. Yo les digo, sí, todo muy tecnológico y actual, pero el cine de verdad se disfruta en la sala oscura, acompañado de público, donde se siente la risa y el llanto, frente a la pantalla que es más grande que la vida misma, por eso ha seguido existiendo y ninguno de estos artilugios electrónicos ha logrado disiparlo en nuestros gustos.

El Festival de Cine de Miami es el tributo más grande que le hacemos al séptimo arte cada año, con el esfuerzo de cientos de voluntarios y gentiles patrocinadores, además de la prensa que nos cubre con esmero.

Luego de acontecimientos que han ensombrecido el brillante sol del sur de la Florida, es el evento que nos merecemos, un contacto único con el universo para celebrar las virtudes que nos unen y todo lo que queda pendiente para contribuir con un mundo mejor.

El cine tiene la capacidad de sintetizar, como ninguna otra manifestación cultural, la aptitud del ser humano para sobrellevar tantos sinsabores. En su gran espejo nos miramos, casi siempre para aprender quiénes somos.

El desafío que les propongo es temerario pero fascinante, son cientos de películas, de todos los géneros e historias. Tuvieran que viajar por el mundo para poder ver la mayor cantidad posible y desde ayer y hasta el 18 de marzo, están en nuestro traspatio.

El programa también se encuentra al alcance de la mano en miamifilmfestival.com, poco más les puedo agregar y espero verlos en el cine.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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