Hace ya 27 años que acampaste en el Cielo un día como hoy y, si te digo la verdad, todo sigue igual. Continúo veraneando en nuestra ría, tomo tu café en los mismos lugares y el gobierno sigue trabajando sin pausa para hundir la nación. Espero que allí arriba estéis felices, con la abuela Lola, los abuelos, y la familia. Aquí estamos encerrados desde hace un mes, por un virus que ha derribado nuestra paz y nuestra seguridad. En estos días raros me acuerdo más aún de tu temple y tu sonrisa, esa que repartías incluso en los malos momentos. Tal vez aquella lección que aprendí de niño estaba reservada para ahora.

Verás. Fue imposible lo de ser el sustituto de Butragueño. Lo intenté pero al poco de marcharte llegó un chavalito, un tal Raúl, que sentó al Buitre en el banquillo, arruinando toda mi esperanza de heredar su dorsal en el Real Madrid. Al fin me hice escritor y periodista, dando continuidad a tu talento, y llevo más de veinte años contando lo que ocurre en el mundo. Y sin embargo, a la hora de escribir estas letras no sé ni por dónde empezar.

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Me bloquea el recuerdo tan vivo de aquella Semana Santa negra, en la que te perdimos de pronto, tiñendo de luto la alegría cotidiana de mi niñez. Era 1993 y la iglesia parroquial de Ribadeo estaba más oscura y fría que nunca. No te veía –creo– desde la pasada Navidad, cuando imagino que nos juntamos en La Coruña, porque tu corazón se detuvo una noche de abril, mientras estabas con la abuela pasando una de esas temporadas en el Alicante que tanto disfrutabas, a orillas del Mediterráneo, templado el clima, el calendario y la vejez. Con el cortejo fúnebre, vi llegar al pueblo a mi abuela desconsolada, y la vi también recomponerse con los años y el empeño, siempre en tu recuerdo, y supe al fin que es mentira que no existe el amor para toda la vida. Ella te quiso con toda el alma. Y no me extraña.

A menudo me vienen a la memoria nuestras partidas de ajedrez, en las que solo era capaz de ganarte haciendo trampas, y era éste un asunto que no te hacía ni pizca de gracia. Recuerdo también las quinielas compartidas, los partidos de fútbol que comentábamos durante toda la jornada, los desayunos ribadenses bajo la luz del sol azulada del comedor, o la tapa de tortilla del Olimpia; aunque hoy ni se parece a lo que fue y no queda nadie de los de antes, aún conserva la barandilla que bordeaba cuando me enviabas a la barra a pagar, o a pedirle un mosto a la abuela. Esas horas de conversación –“¡cuéntame otra historia de tu vida, abuelo!”– que también festejamos en el café El Mirador de Ribadeo, donde había unas maquinitas que eran como el bisabuelo de la Wii; hoy el local es un bazar. No he vuelto a pasar por su acera.

Recuerdo el bolsillo secreto de tu gorra de la que sacabas por sorpresa monedas de chocolate, la misa de San Pablo a la que íbamos los domingos, aunque ya no viven los curas de entonces, y que los días de fiesta caminábamos hasta el bar de los calamares fritos, cuyo nombre se me ha desvanecido en la memoria. Fui alguna vez, tiempo después, y pedí tus calamares. Durante años mantuvimos tus botes de madera surcando la ría, los botábamos cada verano. Llegué a sacarme mi carnet para poder llevarlos y recorrí en ellos los rincones que nos enseñaste.

La guerra de la que nunca me querías hablar de niño, y que dejaste escrita, me llegó gracias a que mi padre pudo rehacer tu historia y editarla. Releo aquello cuando la vida se pone cuesta arriba, para recordar que, como nieto de tanto dolor, mis asuntos nunca son demasiado graves.

Me guardo para mí algunas andanzas, porque sospecho que esta carta la leerá alguien más que San Pedro al recogerla del buzón celestial –el Cielo está lleno de santos, sí, pero bastante cotillas–, pero te diré que todo ha ido bien, que mantenemos alto tu recuerdo, que tu ejemplo late en nuestros hogares, y que aún cultivamos ese sentido del humor agudo e inteligente que nos legaste. ¿Sabes? Yo también tengo a la Virgen de Villaselán en la mesilla de noche.

Da un abrazo a los muchos abuelos que estarán llegando al Cielo estos días. Ya te contaré bien el lío que tenemos por aquí. Tú por si acaso pídele a San Roque que desinfecte esta carta, como en la peste medieval. Y cuéntale siempre a Jesús cosas buenas de nosotros.

Te quiere, tu nieto.

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