martes 13  de  enero 2026
ANÁLISIS

Solidaridad clandestina: Se reconocen, se arriesgan y se ayudan

En un sistema social donde lo “político” suele ser contenido de alto riesgo, ese impulso de empatía es precisamente lo que más teme una dictadura: la idea de que el dolor del otro no es “extranjero”, sino un espejo

Diario las Américas | RENE BOLIO
Por RENE BOLIO

En los regímenes autoritarios, la solidaridad no puede salir a las calles. Usa otras vías: Viaja en comentarios que duran minutos antes de ser borrados, en capturas de pantalla reenviadas a grupos cerrados, en memes que dicen una cosa y significan otra, en audios de WhatsApp que pasan de teléfono en teléfono. A ese fenómeno, cuando la información y el apoyo cruzan fronteras selladas, podemos llamarlo solidaridad clandestina.

El artículo de Vision Time del pasado 6 de enero, describe un caso revelador: una ola inusual de apoyo en redes chinas a las protestas en Irán, especialmente en Douyin (el TikTok usado en China), donde usuarios elogiaban a los manifestantes, criticaban a los gobernantes y, sobre todo, se identificaban con la rebelión como si fuera propia.

En un sistema social donde lo “político” suele ser contenido de alto riesgo, ese impulso de empatía es precisamente lo que más teme una dictadura: la idea de que el dolor del otro no es “extranjero”, sino un espejo.

En el artículo de Vision Times, hay un detalle que importa más que el volumen de comentarios: la consistencia emocional. En vez de repetir el reflejo nacionalista habitual (defender al “Estado” contra el “caos”), muchos usuarios se alinearon con la calle y no con el poder.

Esa identificación nace de experiencia propia:

  • Quien vive bajo censura reconoce la censura del otro.
  • Quien ha visto represión se reconoce en los mismos adjetivos: “vándalos”, “terroristas”, “agentes extranjeros”.
  • Quien ha vivido la intensa propaganda reconoce el silencio y la manipulación.

Por eso, la solidaridad clandestina es un diagnóstico compartido: “esto que le hacen a ellos, nos lo pueden hacer, o ya nos lo hacen, a nosotros”.

La literatura sobre difusión de protestas nos muestra que las redes y la proximidad en conexiones sociales facilitan que las movilizaciones se expandan entre países: no necesariamente copiando tácticas exactas, sino copiando marcos narrativos (“sí se puede”, “no son invencibles”, “no estamos solos”).

Lo decisivo no es que “Siria inspire a Irán”, o Venezuela a Cuba como consigna automática, sino que ciertos hechos rompen el mito central de toda autocracia: la inevitabilidad.

Irán entra en 2026 con protestas extensas y una represión cruel y creciente; parte de la cobertura reciente subraya el salto desde reclamos económicos hacia consignas abiertamente anti-régimen y un endurecimiento del control informativo.

Aquí aparece un patrón ya clásico: cuando el régimen pierde el control de la calle, intenta recuperar el control de la narrativa.

  • Apagones de internet para impedir que circulen pruebas, coordinación y presión internacional.
  • Con ello la sociedad usa canales alternos (incluyendo conexiones satelitales intermitentes) para “sacar” evidencias y sostener la movilización.
  • Medios estatales funcionando mientras lo demás se oscurece: la dictadura no apaga la propaganda; trata de apagar a la sociedad.

En ese contexto, la solidaridad clandestina es también infraestructura: te enseña rutas, VPNs, espejos, y te dice “no estás solo” cuando el régimen quiere que sientas aislamiento total.

Lo que hace singular el episodio descrito por Vision Times es el medio: “Douyin”, dentro de un ecosistema conocido por su moderación estricta y campañas periódicas para “limpiar” contenidos considerados indeseables.

Que un volumen relevante de usuarios se haya volcado a apoyar a manifestantes iraníes, y a trazar paralelos con su propia realidad, es significativo por dos razones:

  • Desborda el guion oficial (que suele presentar las protestas externas como caos inducido).
  • Expone a los usuarios a riesgos reales (borrado, sanciones de cuenta, vigilancia, represalias).

El punto no es romantizarlo: es entender el mecanismo. La solidaridad clandestina aparece donde el costo de hablar es alto, por eso se expresa en claves: comentarios, humor, analogías, alusiones históricas, capturas reenviadas antes de que desaparezcan.

Ahora bien, esto es cada vez más replicado en el mundo En la última semana, medios internacionales han reportado la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y un reacomodo político inmediato en Venezuela; el tema ha sido tratado como un giro mayor en la región.

Mientras tanto, en Cuba, lo que se observa no es una explosión “abierta” de debate plural (eso sería inusual bajo un sistema represivo),

En Cuba, el espacio natural de la solidaridad clandestina (y del disenso) suele ser el circuito cerrado: WhatsApp, Telegram, Facebook/Instagram cuando están disponibles; y cuando no, VPNs y herramientas de evasión. En el 11J de 2021, el Estado restringió redes y mensajería para cortar la comunicación social.

Ese antecedente explica por qué, ante un shock regional como el de Venezuela, la conversación social puede crecer sin hacerse visible “en plaza pública”. La solidaridad clandestina es, en Cuba, también una cuestión de supervivencia: hablar demasiado alto puede costar la libertad.

Cuando el poder controla el micrófono, la sociedad responde con archivos. Y esos archivos viajan como contrabando: capturas, PDFs, memes, cadenas, repositorios espejo. (Solidaridad clandestina, otra vez.)

En dictaduras, el “silencio” de medios tradicionales no siempre es ausencia de cobertura: es cobertura alineada, selectiva, que criminaliza a la protesta y borra a las víctimas. Por eso las redes cumplen tres funciones clave:

  • Evidencia (video/foto/documento).
  • Coordinación (lugares, horarios, rutas, alertas).
  • Amparo moral (saber que afuera te ven).

Por eso los regímenes responden con el paquete clásico: bloqueos, apagones, leyes para castigar “contenido falso”, campañas de “purificación” del internet, persecución. Irán y Cuba muestran ese patrón con claridad.

La solidaridad clandestina es la forma moderna de una vieja historia: los oprimidos se reconocen. Lo nuevo es el vehículo: un comentario en Douyin que dura lo que tarda un censor en actuar; un audio desde La Habana que circula a puertas cerradas; un video desde Irán que logra salir pese al apagón; un acta venezolana reenviada mil veces para que no la puedan enterrar.

Las dictaduras quieren fronteras herméticas. Pero la solidaridad, aun cuando es clandestina, traspasa todos los obstáculos.

Rene F. Bolio

Presidente de la Comisión Mexicana de Derechos Humanos

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