Christopher Lasch escribió La cultura del narcisismo (1979) cuando Occidente aún creía en su propia estabilidad. Fue una obra incómoda, porque no venía a denunciar una conspiración externa ni un enemigo ideológico, sino una decadencia interna: la transformación del alma moderna en una superficie frágil, ansiosa, centrada en sí misma. Una civilización que se mira al espejo con angustia y que ha reemplazado la virtud por la visibilidad.
Lasch no describe simplemente a una persona ególatra. Habla de una cultura entera estructurada para proteger al individuo de todo juicio externo, de todo deber superior, de toda verdad trascendente. El narcisista moderno no se ama a sí mismo: se teme. No se admira: se administra. Busca validación constante porque ha perdido su centro moral. Y cuando este patrón se institucionaliza, produce lo que él llama “la sociedad terapéutica”: un mundo donde el lenguaje moral desaparece y es reemplazado por el lenguaje de la autoestima, la culpa impersonal y el trauma.
La universidad moderna —según Lasch— es uno de los epicentros de este narcisismo colectivo. Allí, los antiguos ideales de autodisciplina, búsqueda de la verdad, exigencia intelectual y grandeza moral han sido reemplazados por la obsesión con la identidad, la vulnerabilidad subjetiva y el reconocimiento emocional. Ya no se forma carácter: se gestiona malestar. No se enseña a vivir bien: se enseña a no ofenderse.
El estudiante narcisista no soporta el conflicto, pero exige validación. No busca saber, sino afirmación. No pregunta por el sentido, sino por su lugar. Exige espacios seguros, pero vive en una inseguridad interior permanente. Por eso reacciona con hostilidad ante el desacuerdo, con ansiedad frente al silencio, y con furia si se le recuerda que la vida es algo más que una construcción social.
Y los profesores —cuando no están absorbidos por la misma enfermedad— caminan sobre hielo delgado. Se han convertido en facilitadores terapéuticos que deben cuidar de no herir, de no incomodar, de no “invalidar vivencias”. No son maestros: son mediadores emocionales entre el contenido y la sensibilidad del alumno. Y así, la autoridad intelectual desaparece, no porque haya sido vencida, sino porque ha sido desactivada.
En Occidente, en general, se ha abrazado este modelo con entusiasmo. Se forman profesionales sin raíces, egresados expertos en autoexpresión pero huérfanos de convicciones. Jóvenes que conocen su perfil psicológico mejor que su tradición cultural. El narcisismo no es un vicio de carácter: es la pedagogía intercontinental.
Y, sin embargo, Lasch no era un nihilista. Su crítica al narcisismo era un acto de resistencia moral. Creía que la salud de una civilización dependía de su capacidad para recuperar el lenguaje de la virtud: responsabilidad, sacrificio, verdad, límite, alegría, comunidad. Palabras que hoy parecen anticuadas, pero que son —justamente— las que pueden salvarnos.
Porque el narcisismo es una prisión, sí. Pero es una prisión construida por el miedo. Y allí donde hay miedo, aún hay posibilidad de redención. El alma humana, incluso en su versión más frágil y narcisista, conserva un deseo irreprimible de verdad. De bien, de belleza. Lo que necesita no es más acompañamiento emocional, sino el testimonio de adultos verdaderos.
Si la universidad quiere dejar de producir espejos rotos, debe volver a ofrecer ventanas. Abrirlas hacia el mundo real, hacia el pasado que incomoda y hacia el futuro que exige. Y para eso se necesita lo que esta época menos tolera: grandeza.