Como escritor, el peor momento de mi vida es siempre cuando alguien me pregunta: “¿y qué escribes?”. A menudo, cuando mis amigos me presentan a alguna persona, en el intercambio de saludos le cuentan que me dedico a la cosa de las letras y los libros, surge la cuestión, y siempre busco desesperadamente una azotea por la que arrojarme, una copa de vino que tirar al suelo para distraer la atención o intento quemar a alguien con un cigarrillo, que es la mejor manera de levantar una cortina de humo.

Imagino que es una curiosidad tan razonable como preguntarle a un futbolista en qué demarcación juega –o juerga si es del Real Madrid–, al profesor con qué materia golpea a sus alumnos, o a un cantante de reggaetón en qué momento decidió salir del infierno y atormentar al resto del mundo. Pero es difícil responder a eso, salvo que la respuesta sea completamente inventada, como esa que das durante la final del Mundial, cuando alguien te pregunta si has visto las llaves del coche. En una ocasión intenté la invención. Me preguntaron y dije “novela negra” y aunque han pasado 10 años de aquella insigne mentira, los amigos del Club de la Novela Negra me siguen invitando a su cena anual y me tienen por uno de los suyos. No sé si por autor, por novelista o por negro.

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Durante las últimas dos décadas, he publicado casi una decena de libros, varios miles de columnas, cientos de reportajes, crónicas y artículos en varios países. Se supone que debería saber responder a la pregunta –¿y qué escribes?– pero no lo sé y es un drama que me está costando la salud, o al menos, la paciencia.

Si se trata de cuantificarlo al peso, es posible que haya escrito una mayor cantidad de estupideces más o menos simpáticas, y eso debería poder encuadrarse en el “humor” pero, en honor a la verdad, mis libros son un asunto muy serio. Además, siempre que digo que escribo humor ocurren dos cosas: que el auditorio está esperando que mi comportamiento sea extremadamente gracioso incluso aunque venga de que me operen un testículo sin anestesia, y que alguien exclama: “¡tan soso y se pretende humorista!”, algo que por otra parte tiene fácil respuesta si aludes con cierta audacia a su madre.

Si hay que ser precisos, dedico muchas de mis columnas a la actualidad política pero yo no diría que mi oficio es ese, al menos mientras los encargados de ensartar en palillos las aceitunas de los bares no se consideren toreros.

He dedicado sesudos textos a ayudar a la gente a engordar hasta reventar, a instruir al lector sobre cómo despedirse de una exnovia, cómo jugar al tenis en la playa molestando al mayor número posible de bañistas, o cómo ligar en un funeral sin que se entere el muerto, que no deja de ser como la novia en una boda, lo que sitúa su actitud entre la excitación y la arrogancia. He declarado la guerra a los fabricantes de tapones de seguridad de los medicamentos, a los tipos que llevan los dedos al aire –en general, a los tíos que llevan cualquier cosa al aire–, al inventor del diccionario predictivo del móvil –ese que predice con precisión aquello que jamás querría escribir– a todos los electrodomésticos que presumen de inteligentes mientras derraman, queman o trituran cosas que no deberían, y he sacado a pasear historias y versos de mis poetas, escritores, cantantes y ladrones favoritos. He matado a un gurú de internet en el título de una de mis obras y he puesto banda sonora a los últimos cuarenta años de vida en el pop español. E incluso he escrito una obra que sigue sorprendiendo porque se trata del único manual existente en el mundo con el que aprender a cocinar mal.

Estas y otras gansadas están reunidas en bonito volumen titulado El siglo no ha empezado aún. Crónicas de un periodista en búsqueda activa de descanso. Y, en fin, esto es lo que he escrito, que he logrado enumerar velozmente, porque al hacer recuento me doy cuenta de que en estos veinte años he escrito lo que no está escrito. Así que la próxima vez que me lo pregunten voy a darles la misma respuesta que el asistente de Google, ese que habla siempre con entonación de gran sorpresa, aunque le preguntes lo mismo de siempre. A ver si salgo del paso, o al menos genero la confusión suficiente como para que me trague la tierra, tan pronto como acabe de tragarse a Pedro Sánchez tras su vergonzante choque con el dedo estirado y jactancioso de Donald Trump.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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