Esta semana hay definiciones. El maratón visto en los últimos días de idas y venidas entre Washington y La Habana, comisiones especializadas y discusiones de agendas antes impensadas deben dar alguna noticia favorable a la intención manifiesta desde el 17D de normalizar las relaciones diplomáticas.
Pero, ¿que significa normalizar las relaciones? ¿Anunciar embajadas donde hasta hoy hay edificios que ya fueron embajadas y serán los mismos edificios donde habrá embajadas? ¿Un simple cambio de nombre? NO. Sin dudas, será elevar un listón para tener intercambios civilizados, conversaciones normales entre países, y mejores condiciones para que cada quien cumpla los objetivos que no han ocultado ni abandonado.
Antes de eso, ambos gobiernos han tratado de lograr la mayor cosecha para esas intenciones manifiestas. No solo Cuba ha interpuesto sus condiciones: la propia responsable de las conversaciones norteamericanas, Roberta Jacobson, manifestó hace unos días que Washington requiere movimientos libres de sus funcionarios, y eso seguramente no es solo para ir a bañarse a Varadero.
Por su parte, Cuba ha dicho que debe salir de la lista de países patrocinadores del terrorismo, disfrutar de servicios bancarios y respeto por sus postulados. Para los especialistas, estos temas son fáciles de resolver.
Es más, es posible que cuando esta columna se publique ya alguno de ellos se haya resuelto. Sacar a Cuba de la lista de patrocinadores del terrorismo es un tecnicismo. El propio gobierno de Barack Obama ha comentado su arcaísmo y esto solo requiere que el ejecutivo lo comunique al Senado y la Cámara. Una vez que Cuba no esté en esa lista, algunos de los temas se resuelven solos, como la falta de un banco que se quiera comprometer con las transacciones cubanas en Estados Unidos.
Nada de esto resuelve los problemas fundamentales: para Cuba el bloqueo/embargo; para Estados Unidos los llevados y traídos derechos humanos. La eliminación del bloqueo requiere de una votación que difícilmente se logrará en las instituciones que hoy lo defienden. Pero el ejecutivo puede influir con acciones concretas y debilitarlo de una manera crucial. Esto lo saben en el gobierno, y estoy seguro que es carta bajo la manga en estas conversaciones.
Los Derechos Humanos (ahora sí en mayúsculas) ya se empezaron a deliberar. Ambas posiciones están claras y se conoce lo que cada quien quiere del otro. Cuba puede hacer mucho sin llegar concesiones ideológicas. Como hasta ahora, se pueden seguir devolviendo derechos restringidos por la política de plaza sitiada, cuando la plaza deje de estar sitiada, y otros serán consecuencia de la propia lucha interna de sectores dentro del país, que no necesariamente disienten o están en contra de la política actual del gobierno. Por ejemplo, lo que se ha ganado con la comunidad homosexual.
Desde mi punto de vista, establecer embajadas será positivo para ambos. Pero sobre todo, para el pueblo cubano, los que comúnmente denominamos de a pie, que podrán descansar un poco del lenguaje de barricada y concentrarse en lo que a lo interno pueden lograr.
Una relación normal con la emigración sería oportuna también para los planes económicos cubanos, que no han tenido en cuenta en sus leyes de inversión tanto al sector nacional interno como a sus emigrados. No son pocos los que miran al caso chino y las medidas que posibilitaron una mayor participación de sus ciudadanos que viven en otros países.
Muchos dirán que no cambiarán las cosas, pero el cambio de status quo depende de las posibilidades reales al interior del país, de los millones de ciudadanos que pueden y a su vez participan en la vida política con escepticismo y despreocupación, y de las variantes que entre ellos sean válidas. No creo que un cambio rotundo sea consecuencia de un acuerdo con el extranjero, ni siquiera si es su archiconocido enemigo. Cualquier cambio de rumbo en la política será producto del consenso nacional y con la complicidad al menos de las instituciones que hoy gobiernan sin mella en sus poderes.
Panamá puede convertirse en un punto de inflexión en las relaciones de Estados Unidos no solo con Cuba sino con el resto del continente, y marcar el territorio como no lo hace desde hace décadas. El cúmulo de organizaciones que hoy agrupan a los países del continente ha variado el esquema geopolítico y los que no se adapten, sucumbirán. Cuba es ejemplo de país cambiante en el pasado y de inmovilismo en presente. No es posible anteceder lo que sucederá, pero viendo a tantos empujando al cambio, creo que la modernidad ganará.
Esperemos que las partes envíen sus respectivas delegaciones con el ánimo de conversar e intercambiar, de lo contrario, más allá del show, habremos perdido una gran oportunidad de acercarnos al futuro.