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@DesdeLaHabana

LA HABANA. - Luego de ocho horas laborando en la sala de rehabilitación de un policlínico al oeste de La Habana, en Cuba, Laritza, terapeuta, 39 años, camina casi dos kilómetros hasta su casa. Cuando llega, la madre está sazonando los frijoles negros de la comida. Mientras acomoda las cremas y un par de toallas dentro de un bolso negro gastado que usa para dar masajes a domicilio, le dice al hijo: “por Dios, baja un poco esa música”. Pero el muchacho no se da por enterado.

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La voz ronca del reguetonero El Micha amplifica el bullicio del entorno. Una mujer grita desde el balcón contiguo que llegó al pollo a la carnicería. Un vendedor ambulante desde la calle vocea que vende galletas y un vecino tocando en un piano desafinado tortura el oído de los vecinos. Son las cuatro y treinta de la tarde.

Laritza vive en un chapucero edificio gris de doce pisos construido con tecnología de la antigua Yugoslavia comunista. “Es horrible. El elevador siempre está roto. Menos mal que vivimos en el segundo piso”. Antes de marcharse, requiere de nuevo a su hijo: “Apaga esa música escandalosa, recoge el cuarto y ponte a hacer la tarea”.

Cuenta Laritza que la idea de dar masajes en casas particulares fue de un compañero de trabajo. “Siempre teníamos que hacer 1.000 maromas para llegar a fin de mes. Pero la ‘Tarea Ordenamiento’ -reforma monetaria implementada por el régimen en enero de 2021- lo puso todo patas arribas. El dinero nunca nos alcanzó. Pero ahora se evapora. Mi esposo es ingeniero civil, y por la izquierda hace trabajos de albañilería y le lleva la contabilidad al dueño de una cafetería. Mi hijo, que tiene 16 años y estudia en un tecnológico, reparte ‘el Paquete’ (compendio audiovisual copiado clandestinamente de televisoras extranjeras) en el barrio. Y mi madre vende pudines, natillas y flanes".

Trabajar sin descanso

Ella era la única que tenía un solo empleo. Llegaba a la casa y se ponía a ver novelas brasileñas. “Pero después de que los precios se dispararon, el compañero de trabajo me conectó con un extranjero que vive en Cuba. Le doy masajes tres veces a la semana. Las cosas marchan bien. Tengo cinco clientes y cuatro de ellos me pagan en dólares”. Tengo dos empleos, mi esposo tres, mi hijo uno y mi madre además de su pensión y de hacer dulces, a veces cuida niños. Y las cuentas no cuadran. Es una locura”.

Laritza devenga un salario de 4.700 pesos al mes, equivalente a 66 dólares en el mercado informal donde un dólar se cotiza a 75 pesos cubanos, pues los bancos estatales en la Isla, que lo tasan a 25 pesos, jamás han vendido divisas. Su marido gana 5.500 pesos mensuales (73 dólares en el mercado negro). “Este mes compramos 15 libras de pescado y 15 libras de carne de puerco y gastamos 6.000 pesos (alrededor de 80 dólares). A eso súmale la compra de arroz, frijoles, viandas, hortalizas y frutas. A pesar de que vivimos casi a oscuras y el aire acondicionado solo lo ponemos un rato por la noche, la cuenta de la electricidad no baja de 1.500 o 2.000 pesos” (equivalente a unos 30 dólares).

Gracias al trabajo extra, pudieron comprar una taza de baño nueva, pintar el apartamento y comprarle ropa a su hijo. "Ahora estamos ahorrando para ver si mi esposo se mete en el negocio de las mulas (compra y venta de bisuterías y ropa barata). Vivir en Cuba es un suplicio”, se queja Laritza.

Ramona, 51 años, trabaja en la OFICODA, una institución estatal que parece sacada de un libro de Orwell y es la encargada de regular hace sesenta años el racionamiento alimenticio en la Isla a través de la llamada libreta.

“Gano 3.600 pesos, una cantidad que se gasta en una noche tomando tragos en un bar particular. Tengo dos entradas más de dinero: recojo la bolita en mi barrio y vendo croquetas. Las croquetas las hago con lo que aparezca, pero como tengo una receta secreta, me quedan riquísimas. Estoy pensando vender también refresco instantáneo para acompañar las croquetas. Así y todo, siempre estoy sin un peso en la cartera. La inflación me lleva de la mano y corriendo”.

Sitio para el robo

Nora, 64 años, es dependienta en una sucia y abandonada cafetería estatal. Pasa un paño por el mostrador y prende un cigarro fuerte. En una bandeja de aluminio, escachadas en las puntas, quedan ocho hamburguesas por vender. Un enjambre de moscas merodea la bandeja. Nora las espanta con un periódico viejo. Un tipo pasado de trago se para frente al mostrador y le pregunta si están buenas las hamburguesas.

“Acabadas de freír”, responde. ¿Dé que son?, inquiere. “Creo que de pollo”, le dice Nora. El hombre examina las hamburguesas. Al final no compra ninguna. “¿De pollo?, eso no se lo cree nadie. Eso es harina na’más, estafadora”, reprende el beodo. Nora discute con el hombre. Al poco rato mira el reloj y le dice al administrador que se marcha.

Desde hace 35 años trabaja en gastronomía estatal. Su salario es el mínimo, 2.100 pesos, 28 dólares al cambio informal. “En gastronomía siempre se ha pagado una miseria. Mi sueldo es un estipendio. Pero en la cafetería siempre se pega algo. Antes de esta nueva versión del ‘período especial’ implantada por Díaz-Canel, se hacía dinero. Ahora, date con un canto en el pecho, si te puedes llevar un poco de arroz y una botella de aceite”, confiesa Nora, quien dentro de un año se jubilará.

Adivina qué

“La mayor parte del dinero lo gano tirando las cartas. A la gente le encanta saber cuál será su futuro. Antes cobraba 20 pesos por consulta, ahora 70. Tengo clientes VIP, que me pagan hasta 500 pesos por una consulta”. En un mes, con el Tarot puede llegar a ganar 4.000 pesos. “Cómo está la vida en Cuba, no es mucho, pero voy tirando”.

Nora comenta que suelen haber tres preguntas habituales en sus consultas. “Si su pareja no le pega los tarros (le es infiel), si su futuro es marcharse del país y cuándo se va a caer el gobierno. Para las dos primeras preguntas, las respuestas están en las cartas. En la última digo: más rápido de lo que usted se imagina”.

Como esa última respuesta complace a sus clientes, siempre le dejan propina.

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