Es difícil no ceder a la tentación de considerar la actual situación de Venezuela como una verdadera pesadilla para nuestro pueblo. Por un lado, está el acoso de las criaturas oníricas, que anuncian la continuación de la destrucción interminable que acosa al pueblo venezolano desde la llegada de Chávez al poder hace ya más de dos décadas. Bajo la máscara de una revolución popular que se suponía iba a corregir los legados de pobreza y corrupción de la mal llamada IV República, el chavismo-madurismo ha transformado a nuestro país en el más pobre del continente después de Haití, una tierra insomne donde se tortura y reprime a mansalva, como han terminado por reconocerlo tanto la ONU, como la OEA y la Corte Penal Internacional. El último capítulo de la parasomnia nacional es el horrífico espectáculo de los náufragos de Güiria: más de 29 venezolanos, entre ellos varios niños, perecidos en el mar, tratando de huir de un país que se les había tornado invivible.

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Al cataclismo del régimen del mal, se le une la pesadilla de una resistencia incapaz de unificarse y de actuar con una estrategia sin definir para enfrentarse al enemigo del pueblo venezolano. Es difícil no indignarse frente al espectáculo de la oposición, una suerte de hidra de varias cabezas que intentan desesperadamente tenderse zancadillas y morderse una a otra, mientras los verdugos de Venezuela celebran su última trapisonda, el fraude del 6D para acabar con el último reducto de democracia, la AN. Es necesario reconocer que Guaidó y el gobierno interino, han mantenido una actuación digna y valiente en defender la soberanía del pueblo. Pero luego de cumplirse esa jornada épica, donde los principales actores fueron millones de venezolanos, en Venezuela y en la diáspora, ahora nos encontramos, nuevamente, en las arenas movedizas de la incertidumbre.

Cuando deberíamos estar evaluando cómo se emplean los resultados de la Consulta Popular para enviar un mensaje claro a todos los países democráticos del mundo, y construir una estrategia de reunificación de las fuerzas opositoras que pueda hablarle a todo el país; cuando deberíamos celebrar la participación popular como un acto de desafío cívico y ciudadano al régimen, nos encontramos sumidos en nuestras propias inconsistencias, en nuestros propios egoísmos, en nuestra propias agendas personales y políticas.

A espaldas del pueblo y su sufrimiento, se sigue haciendo la pregunta ¿Para quién es el mandato de la Consulta Popular? La respuesta es evidente e ignorada al mismo tiempo. El mandato del soberano es, en primera medida, para que el usurpador cese en su tropelía contra la Constitución. Lo es también para la AN y todos los organismos nombrados por esta. Y, por último, el mandato popular debe ser obedecido por todos los sectores de la nación, civil y militar, convocados a la lucha por el restablecimiento de la Constitución, violentado por la acción del régimen.

¿Qué es lo que no está claro en el mandato del soberano? ¿Cómo se pretende llevarle nuestro caso al presidente de los Estados Unidos, si no hay claridad sobre la permanencia de la AN y el gobierno interino hasta que pueda haber una convocatoria a elecciones presidenciales y parlamentarias libres? La sociedad civil, la ciudadanía de Venezuela se ha ganado el derecho de exigir a la dirigencia política que se reencuentre, que cesen las disputas estériles y prematuras por un poder inexistente. Que cese la disputa por una botella vacía.

Desde VenAmérica, se ha hecho un esfuerzo constante por avanzar propuestas a la resistencia y su liderazgo para salir de la crisis inhumana que aqueja a Venezuela. La AN tiene una oportunidad excepcional con la revisión del Estatuto de la Transición, que está en plena discusión, de ir más allá de simplemente extenderse el mandato y avanzar con audacia en promover un gobierno de transición que pueda usar de manera efectiva los resultados de la Consulta Popular y del fraude del 6D como dos caras de la misma moneda del rechazo de los venezolanos al régimen de Maduro.

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