El 2021 inició con una esperanza colectiva deseando la luz al final del túnel en este episodio de nuestra historia tan “atípico” que se vino encima con la pandemia del COVID-19. Sin embargo, a pesar de los avances con las vacunas y el rebote económico en varias sociedades, seguimos sin un sendero claro a la vista, ahora con una nueva variante del virus, llamada ómicron, que amenaza con regresar a las sociedades a ese mundo “zombie” donde no hay, demanda, no hay oferta, y donde el largo plazo son las 5 PM de la tarde.
Es, en las palabras de Mervyn King, afamado exgobernador del Banco de Inglaterra, un entorno de “incertidumbre radical” caracterizada por miedo generalizado ante centenares de vidas perdidas y el colapso de sistemas de salud, sobre todo en economías emergentes. De hecho, los expertos en la materia confirman que debemos empezar a ver el futuro como uno donde los humanos aprendan a convivir con el nuevo coronavirus, y sus variantes, en vez de seguir en modo de “espera” hasta que este desaparezca.
Por otro lado, varios países latinoamericanos han profundizado un fuerte malestar colectivo, ante las terribles consecuencias económicas del colapso de actividad y comercio que representó la pandemia. Se cayó la demanda, pero también la oferta; el comercio exterior, se concentró sólo en lo esencial. Las deudas, pública y privada, explotaron; y con ello, los déficits fiscales y el deterioro en los balances financieros de empresas, familias, y vaya, los bolsillos de la gente cotidiana.
En el campo político, autócratas de todos colores y sabores (derecha, izquierda, arriba, abajo, del centro, lo que sea) han aprovechado la tempestad para montarse en una nueva ola de lo que Mario Vargas Llosa caracteriza como “caudillismo rampante”—desde el despotismo de Ortega de meter a la cárcel a quien se le ponga enfrente, o la bizarra decisión en Argentina de prohibir la compra de pasajes aéreos con tarjeta de crédito, por no decir la auténtica locura de Bukele de imponer el bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador. Los ejemplos abundan, y el guion es siempre el mismo: necesitamos un mesías tropical que logre salvar al pueblo del “neoliberalismo,” y que nos proteja, nutra y gobierne, como si fuésemos, en las propias palabras de Andrés López Obrador en México, unos pobres animalitos.
Empero… como ironizaba George Orwell en su alegoría La Granja de los Animales, cuando los cerdos se consolidan en el poder: “todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros.” En la realidad que vivimos, los retratos perfectos de la autocracia del 1% son esos virreyes llamados Ortega, Díaz-Canel, Maduro, la señora Cristina, y le siguen atrás al propio AMLO (viviendo como gran rey en pleno Palacio Nacional), Bukele, y ahora Castillo en el Perú. Lo dijo bien Enrique Krauze el año pasado: “soplan vientos autoritarios.”
Aun así, en nuestras sociedades latinoamericanas, hemos observado ciertos episodios de luz, y de esperanza creíble. Los triunfos de Guillermo Lasso en Ecuador y de Luis Lacalle Pou en Uruguay son ejemplos de cómo el sendero de la libertad no es un sueño distante, sino una oportunidad para definir el camino hacia una auténtica prosperidad incluyente. De igual forma, las reacciones y los disensos que hemos observado en Argentina, hasta en Chile, son muestra de que, en el campo de las ideas, estamos obligados a pensar “fuera de la caja” e impulsar las ideas de democracia liberal, re imaginando narrativas que permitan una expresión clara y convincente de estas ideas dentro del vox populi.
Las manifestaciones y reclamos populares en La Habana, el 11 de julio, fueron una muestra dramática de cómo, en ausencia de oportunidades para vivir más allá del día a día, los ciudadanos no tienen otra opción que ir a las calles y proclamar en alto “libertad.” La narrativa popular alrededor de la maravillosa canción reggae “Patria y Vida” nos enseña justamente lo que significa el sendero de la libertad—vida, vitalidad, y oportunidad. No muerte, sino vida. Y así le dijo, en otro momento dramático este año, el presidente Lacalle Pou de Uruguay al dictador Díaz-Canel en México, ante la reunión de líderes latinoamericanos que se celebró en septiembre de este año.
El CEO de Atlas Network, Brad Lips, publicó un ensayo sensacional este año, intitulado Libertad y la Sociedad Libre 2021, donde nos resalta que el futuro le pertenece a quienes “abrazan la razón, la civilidad, y la oportunidad” para salir adelante, para cosechar prosperidad incluyente y progreso humano. Ese es el sendero la libertad para nuestras sociedades.
Este es el tema general de la conferencia insignia de Atlas Network, The Path Forward, que se va a llevar a cabo los próximos días 13 y 14 de diciembre próximo, destacando a las voces populares e intelectuales públicos más sobresalientes en la región latinoamericana. En este evento veremos como la tramitología y la expansión de la burocracia administrativa representan barreras enormes para hacer frente a la crisis. Y que el enfoque para permitir la mayor adaptabilidad debe ser: reglas sencillas para un mundo ahora mucho más complicado. Es la oportunidad para digital y consolidar una ecología institucional que sea facilitadora, y que deje trabajar.
Hablaremos también sobre el futuro de Cuba, y de cómo, a pesar del cinismo político y pesimismo generalizado, de ese caudillismo rampante que tanto daño nos hace en México, Nicaragua, Perú, Argentina, por no decir Cuba y Venezuela, este es el momento para la libertad en América Latina. No debemos perder la fe en el progreso humano. Tal como apunta Marian Tupy, director del gran proyecto digital www.humanprogress.org, hace 200 años 80% de la humanidad vivía en la pobreza extrema. Hoy en día, la pobreza extrema apenas llega al 10%.
Es por ello por lo que la innovación, la adaptabilidad y la disrupción tecnológica exigen la sociedad abierta, que respete la libertad de elegir, la libertad de seguir nuestros propios senderos. La libertad es no tan sólo un valor en sí mismo, sino la única opción viable para recuperar una normalidad que sea congruente con la prosperidad incluyente. El odio y la división polarizante de los caudillos son eso—odio y división.
Al contrario, nuestra convicción es que, a pesar de los enormes desafíos y la incertidumbre radical que predomina en este proceso postpandemia, sí se puede.
Por: Roberto Salinas León, director, Centro Latinoamericano, Atlas Network